2016: Centenario de El Inquieto Anacobero

AYER Y HOY: MIRANDO A CUBA

2016: Centenario de El Inquieto Anacobero

  • Daniel Santos junto a su esposa cubana Eugenia Pérez y Danielito, hijo de ambos, nacido en 1948.
    Daniel Santos junto a su esposa cubana Eugenia Pérez y Danielito, hijo de ambos, nacido en 1948.

A pesar de haber nacido un domingo, Daniel Doroteo de los Santos Betancourt parecía haber llegado al mundo un miércoles, por su capacidad para ser un heterodoxo, un díscolo, un alborotador, un sedicioso, un rebelde.

En pocas palabras: un atravesado, como el miércoles en la semana.

Es él, quien tendrá 12 matrimonios reconocidos y 14 hijos. Él, que estuvo en chirona lo mismo en República Dominicana que en Ecuador o en Cuba. (Esas estancias carcelarias le inspirarían las piezas El preso, Cataplum pa’dentro, Anacobero, Cautiverio y Amnistía. Él, que en medio de un duelo —con un cementerio como escenario—, le dice a su contendiente que aquella dama no vale la pena como para que se maten, y todo lo resuelven con un par de cigarrillos embriagantes.

El hombre

Aquel personajazo (Santurce, Puerto Rico, 1916-Ocala, Florida, 1992), se ganaría motes como El Jefe y El Inquieto Anacobero (aseguran enterados etimólogos que esta última palabra significa, en una lengua africana, “diablillo”).

Hijo de costurera y de carpintero, vendría al mundo en uno de los que, quienes tratan de camuflar la porquería social, denominan de forma edulcorada como barrios marginales. El triste asentamiento se llamaba El Fanguito. Abandonará la escuela elemental en cuarto grado, para limpiar zapatos.

Se dice que alguien, bien conectado en los medios musicales, lo escuchó mientras cantaba en la ducha de su casa. Y que a partir de ahí surgió su exitazo.

Hay quienes aseguran que en 1938, mientras trabajaba en un casino neoyorquino, cantó Amor perdido, sin saber que su compositor, Pedro Flores, estaba escuchándolo. Al autor le encantó la interpretación e invitó a Daniel a unirse a su tropa.

Se ha declarado, con toda la razón del mundo, que con el pasar del tiempo haría de Cuba su escenario natural, y que no podía vivir sin el aire del Malecón. Él mismo iba a confesar que en este país siempre se la había pasado “gozando y jodiendo”.

Aquí, iba a dejar mil huellas. Frente a los micrófonos de las radioemisoras RHC Cadena Azul, Cadena Suaritos y Progreso. O entregándole su voz irrepetible a la Sonora Matancera y a los Jóvenes del Cayo. O cuando protagonizaba colosales parrandas en la alta noche de cabarets como Ensueño, El Atelier y Las Vegas. O cuando amanece en una celda del Castillo del Príncipe, y solo es liberado gracias a la intervención de una seguidora: la madre del presidente. (No sería quien únicamente lo admirase. García Márquez lo convirtió en personaje literario en su Relato de un Náufrago. Daniel le reciprocó en su grabación Homenaje de El Jefe a Gabo, que contiene un vallenato titulado “El hijo del telegrafista”).

El patriota

Transcurre la Segunda Guerra Mundial, 1942. Es llamado a filas por las fuerzas armadas norteamericanas, y va a dar a lejanas zonas del Pacífico, donde se lucha contra Japón, integrante del eje.

No alberga dudas en cuanto a lo despreciable que es la potencia militarista asiática. Pero le asquea combatirla bajo la bandera de quienes ocupan su país.

Por eso, había sido la voz que interpretase Despedida, de Pedro Flores, pieza en la cual un joven soldado se duele de partir hacia el frente, dejando atrás a su noviecita y a la madre enferma.

 Este número musical marcaría el resto de su vida. Igual que lo sucedido con diversas figuras del arte —como Charles Chaplin—, el torvo sabueso que se llamó John Hoover fue engrosándole un expediente en los estantes del FBI.

Cuando regresa de la guerra, es ya un convencidísimo nacionalista, que se acerca a los seguidores de Pedro Albizu Campos. No ha de extrañarnos, entonces, que grabe piezas que se titulen Patriotas, La lucha por la independencia de Puerto Rico y Yankee, go home.

Antes hemos apuntado dos rasgos marcadísimos en el alma de Daniel: su amor por Cuba y su credo político. Por tanto, no podía quedar indiferente cuando nuestra patria era pisoteada bajo la bota militar pronorteamericana.

 Cierta tarde, en un bar de Caracas, le pide una servilleta al cantinero, para escribir una pieza que nos sigue conmoviendo: “Sierra Maestra, / monte glorioso de Cuba, / donde luchan los cubanos / que la quieren defender…”.

Pero hay más. La caraqueña Radio Continente, a medianoche, transmitía un espacio de los cubanos exiliados. Y fueron aquellas ondas hertzianas la vía por la cual muchos escuchamos por vez primera el “Himno del 26 de Julio”, en la voz de Daniel.

Y, entre sus papeles, fueron encontrados quince números musicales dedicados a Camilo Torres, el cura guerrillero colombiano.

Una anécdota, como cierre

Me cuenta el colega y hermano Freddy Moros que, hace algunos años, un grupo de periodistas cubanos se encontraban trabajando en Panamá.

Decidieron tomarse un asueto y… ¿cuál mejor elección que ir hasta el cabaret donde cantaba El Inquieto Anacobero?

Al cabo de un rato, Daniel advirtió que en una mesa se hablaba con nuestro acento. Y se produjo el siguiente diálogo:

–Ustedes, ¿son cubanos?

–Sí, Daniel.

–Pero, ¿de Cuba o de Miami?

–De Cuba…

–Coño, ¡entonces sí me siento con ustedes a meterme cuatro rones!

Que hasta su sepulcro —cercano a los de Pedro Flores y Pedro Albizu Campos—, en el cementerio de Santa María Magdalena de Pazzis, en el Viejo San Juan, llegue nuestro emocionado homenaje.