Contrabandeo: primera rebelión del criollo

AYER Y HOY: MIRANDO A CUBA

Contrabandeo: primera rebelión del criollo

  • Fue la respuesta del criollo, ante la metrópoli abusadora. Foto tomada de Internet
    Fue la respuesta del criollo, ante la metrópoli abusadora. Foto tomada de Internet

A Carlos Padrón, quien ama a Cuba tanto como yo, lo cual es mucho decir.

Osadamente, aseguro conocer el origen de todo aquel desenfrenado relajo.

Alrededor de 1431, viene al mundo, en el poblado valenciano de Játiva, Rodrigo de Borja —que se italianizaría en Borgia—, donde con doce años mataría a otro niño con arma blanca. Personaje que la Iglesia iba a nombrar  Alejandro VI.  El papa número 237 fue, quizás, el más corrupto de todos. (Orientaba las procesiones por las calles en cuyos balcones se pudiese contemplar a las damas de mejor ver. Asistir a una libación o a un banquetazo que brindaran él o sus hijos era un acto suicida, pues allí enviaban para el trasmundo a cualquiera, por medio de la que después se llamó “acqua tofana”, solución con el letal trióxido de arsénico).

Pero, ¿cómo ascendió Rodrigo al dichoso trono de San Pedro? Dígase que el papado se vendía al mejor postor, como en una almoneda. Y en la puja la balanza se inclinó, gracias a los miles de ducados que aportaron los Reyes Católicos, a favor de su valenciano candidato.

¿Después? Bueno, la corona ibérica se consideraría —por divino mandato—  escogida para hacer lo que le saliese de su glorificada ventrecha, de sus bendecidos epiplones, lo que dictase su inverecunda voluntad en el Novus Orbis.

 Y después vino… lo que vino

Siempre acogidos a aquella celestial bendición,  por Real Pragmática de 20 de enero de 1503, fue creada, “para entender en los asuntos comerciales de Indias”, la Casa de Contratación de Sevilla. Allí, más parásitos que una tenia, los “chupópteros” cosechaban el “quinto del rey” —un 20 % del valor de las mercaderías—, para que el monarca siguiera, despreocupadamente,  depositando sus fofas asentaderas en el trono.

Eso fue, según dice el “sermo vulgaris cubensis” —y frase que le encantaba a Raúl Roa García—, “el trato del esqueleto”, cuyo contenido aquí no puedo explicitar, en aras de la decencia periodística.

Al respecto hubo de comentar ese coloso, Emilio Roig de Leuchsenring: “Al sistema mantenido por la Casa de Contratación de Sevilla se debió en gran parte la vida lánguida, mezquina y pobre que llevó Cuba durante  las primeras épocas de la colonización…”

El asunto se planteaba como una doble llave de estrangulación. Por un lado, la prohibición de venderle “a los extranjeros”. Por la otra, penaba el comprarle “a los extranjeros”. Y esto último resultaba gravísimo, pues la maltrecha economía de la Metrópoli —que se prolongaría a lo largo de los Austrias y de los Borbones, tan degenerados como incompetentes—  era incapaz de abastecer a la Isla.

Un buen día, algún iracundo tátara-tatarabuelo nuestro se dijo (y lo gritó a sus vecinos): “Estos ‘sicotú’ os’  a mí sí que no me van a asfixiar. Haré lo que me dé mi ‘recontrapuñetera’  gana. Y… ¡que se vayan pa’l  badajo!”.

Ya en los siglos inaugurales, la población, mayoritariamente, la formaba el criollo, el “natural de la tierra”, semillita del cubano que vendría.

He aquí la versión oficial, de 1559: el capitán francés conocido como Marticote se presenta ante Santiago, y la población paga un rescate de 400 pesos. Versión del historiador César García del Pino: todo fue una simulación; la gente contrabandeó pacíficamente de lo lindo con el francés.

En 1599 el gobernador, en carta al rey, le expresa que en Baracoa no hay “ninguna gente que no rescate”, o sea, que no esté involucrada  en el contrabando.

 Nuestro primer acto de guerra

Y surgió el primer alzamiento en armas de nuestra historia.

En 1603 Don Pedro de Valdés Basnueva, Caballero, Alférez Mayor y Comendador de Oreja de la Orden de Santiago, Gentil Hombre del Rey, General de Galeones, gobernador  (1602-1608), decide iniciar una pesquisa sobre el floreciente comercio de rescate bayamés.    

El río Cauto era navegable —lo fue hasta 1616, cuando una tremenda inundación lo privó de ese carácter— y por ese curso fluvial bajaban hacia el golfo de Guacanayabo más mercancías que las exportadas por los puertos oficialmente reconocidos.

La Corona estaba trinando, enfurecida. Además de los tributos parasitarios que no percibían las arcas reales, aducía que se mezclaban “en intolerable convivencia, súbditos cristianos y herejes enemigos”.

El gobernador Pedro de Valdés, envió hacia Bayamo a su teniente, el licenciado Melchor Suárez de Poago, en compañía de  una veintena de arcabuceros, para proceder “manu militari”.

Qué tonto. Todo el mundo sabe que los bayameses jamán “han sido jamón”, según dice el pueblo. Y 200 de ellos estaban esperando a la comitiva, armados hasta los dientes. Mientras, sus socios bucaneros, fondeados en el Golfo de Guacanayabo, amenazaban con cañonear las costas.

El poder colonial, atemorizado, tragó en seco y finalmente decretó una amnistía a favor de aquellos levantiscos orientales, quienes, alegremente, continuaron con su comercio “underground”.

 El relajo se generaliza

Ya lo dice ese evangelio de la sabiduría popular, el refranero: “por la plata, baila el mono”. Y Francisco de Quevedo y Villegas, Señor de la Torre de Abad, nos recuerda que “poderoso caballero es Don Dinero”. De manera que las autoridades militares, civiles y eclesiásticas estaban todas  metidas hasta el cuello en aquel potaje.

 En 1604 fray Juan de las Cabezas Altamirano, obispo de Cuba, es raptado en Yara por el corsario francés Gilberto Girón. Los bayameses lo rescatan, y dan muerte al secuestrador. Todo parece indicar que el rapto fue provocado por asuntos de deudas con el francés, ya que el religioso estaba inmerso hasta la coronilla en el comercio irregular. Nos informa una fuente que Altamirano, al llegar a Cuba, era más pobre que una rata, pero que, “al ser trasladado en 1610 a Guatemala, el dominico se llevó consigo más de diez mil ducados; sus estancias en Santiago de Cuba se vendieron en diez mil setecientos sesenta y ocho  reales, y en los alrededores de esta villa poseía, además, un ingenio, así como un hato en la zona de Guantánamo”.  El asunto no era nuevo, ni mucho menos.  En 1539 el tesorero Lope de Hurtado, en carta al Rey, tacha al obispo Sarmiento de ladrón y contrabandista. Decía Hurtado que los sacerdotes, al pasar por Gomera con rumbo oeste, echaban al agua su buena naturaleza y eran diablos al mes de desembarcar en Cuba.

 Lo de Altamirano iba a inspirar nuestro monumento literario fundacional, Espejo de paciencia (1608), mentira de principio a fin, lato y latoso poema de Silvestre de Balboa —contrabandista canario avecindado en Puerto Príncipe—, quien diseña una versión destinada a borrar huellas de los pecadillos. En alto tono épico, no duda en igualar a Bayamo con Troya, a los rescatadores bayameses con Aquiles y Ulises y al muy terrenal obispo con Cristo.

Continúa el relajito

Según la Historia... de Morell, en 1604 las autoridades están amenazando a Santiago y Bayamo, por su vocación contrabandista, con hacer desaparecer las poblaciones, tal como habían hecho en La Española con Gonaives.

En 1607, una línea imaginaria, trazada cincuenta leguas al este de La Habana, divide a la Isla en dos jurisdicciones: La Habana y Santiago. Y —mire usted lo que son las cosas— Remedios, Sancti Spiritus y Trinidad se quedan en una especie de limbo político-administrativo. Son como reinos independientes. No pertenecen a ninguno de los dos gobiernos, y tal situación se prolongaría a lo largo de varios años. ¿Imagina usted que los remedianos, espirituanos y trinitarios, tan propensos al contrabandeo, se sintieron disgustados por no tener quién los fiscalizase?

El gobernador Pereda, en 1614, acusa a los vecinos de Santiago de acoger en la localidad a extranjeros ricos, y menciona especialmente a los portugueses. Se trata, sin dudas, de un episodio más en la rivalidad Habana vs. Santiago en la lucha por el control del contrabando.

En 1616 entra a gobernar la Isla el capitán Sancho de Alquízar, quien funda el pueblo nombrado con su apellido.

Todo parece indicar que no fue Alquízar, precisamente, un funcionario inmaculado. Su mano derecha era el portugués José Furtado, quien ejercía el contrabando desaforadamente y se embolsillaba tanto los fondos del ayuntamiento como los jornales de los indios, con la complicidad de religiosos. (Tras la muerte de Alquízar, Furtado cayó preso, y se esperaba contra él una condena a muerte. Pero logró evadirse del fuerte y, apoyado por padres dominicos y algunos extranjeros residentes, huyó en una balandra de corsarios).

Asume el mando en Cuba el maestre de campo Francisco Xelder, a mediados del siglo XVII. Rompió todos los records de la corrupción,  pues retiraba  los centinelas de las fortalezas, para propiciar su contrabandeo, que ejercía hasta por el mismísimo puerto de La Habana, en combinación con familiares del Santo Oficio.

Ahora, 1625, asume el gobierno de Cuba el andaluz Lorenzo de Cabrera y Corbera.  “Era contrabandista de negros”, nos informa el historiador Gerardo Castellanos.

En aquella porqueriza que fue la Cuba colonial, nuestros ascendientes se esforzaban por sobrevivir, del modo luchador que bien ha descrito el historiógrafo Ramiro Guerra.

Pero nos dejaron un legado.

Sí, cuando uno revisa estas páginas del pasado, siente que le sopla en la cara una brisa de rebelión, que ya huracanada, se haría presente lo mismo en Peralejo que en las arenas de Playa Girón.