El baúl de los recuerdos

Un par de anécdotas

El baúl de los recuerdos

  • ¿Nuestra memoria? Pues muy parecida a un baúl. Foto tomada de internet
    ¿Nuestra memoria? Pues muy parecida a un baúl. Foto tomada de internet

Debo iniciar esta croniquilla admitiendo que la encabeza una frasecita hecha, manoseada, hueca, manida, y hasta cursi, es decir, picúa.

¿Cuántas veces, en cronicones jaboneros radiales de medio pelo, allá por los años ‘50, escuchamos aquello de “el baúl de los recuerdos”?

Sí, a no dudar, es lo más kitsch que se ha oído bajo la cúpula celeste.

Pero, queridas comadres, compadres dilectos, admitámoslo a regañadientes: la frasecita, con todo el cliché que contiene, le resulta a uno imprescindible.

Vive el hombre un chorro de años, atraviesa por avatares mil y, al final, ¿cuál es su mayor bien? Pues el que atesora en ese tan traído y llevado “baúl de los recuerdos”.

¿Dónde están los juegos infantiles, los primeros pantalones largos, la muchachita que nos inauguró en los goces del amor, la afeitada inicial, el primer amigo? Pues reposan en el dichoso “baúl de los recuerdos”.

Por eso, yo no voy a renunciar a la frasecita que, aunque picúa, me va pareciendo poética y certera.

Y es que hoy, mirando al cielo raso, con los ojos en blanco y la expresión más bobalicona que de costumbre, la memoria asaltó mis almenas y baluartes, con dos anécdotas contenidas en el “baúl”, dos jirones existenciales deshilachados, que de inmediato con ustedes compartiré.

Pobrecito Jesús

El escenario de estas dos anécdotas, ubicado en la comarca banense, era un hospitalito de madera, montado sobre pilotes, cuya grácil estructura hacía recordar a los bungalows del sur estadounidense. (El parecido no era casual, pues la institución pertenecía a la United Fruit Co., Mamita Yunái, que en Latinoamérica tumbaba a un gobierno de un pestañazo, en un weekend).

Pero, vayamos a la primera anécdota. Un misionero de cierta denominación protestante visitaba el ya descrito hospital. Allí lo llevaba su convicción de que debía comunicar a sus semejantes la fe inspirada por quien murió en el Gólgota.

Proselitista, se acercó a una paciente y le dijo, a modo de introducción: “¿Supo usted de la muerte de Jesús?”.

Y, contra todos los pronósticos, la enferma rompió en llanto, mientras gritaba:

“¡Ay, mi hermanito Jesús! ¡Yo lo dejé tan saludable en la casa cuando me ingresaron!”.

¡No exagere, doctor!

Lo dice el diccionario, clarito, clarito: el verbo “esputar” equivale a “expectorar” o “escupir”.

Recordado esto, sépase que aquella mañana, en el hospitalito del norte oriental, cierto médico que pretendía mostrar superioridad abusando de la jerga de su profesión, se acercó a la cama de una paciente, quien estaba acompañada por la madre.

En la rutina del interrogatorio clínico, preguntó: “Señora, ¿ella esputa?”.

Y la madre saltó como un resorte: “Sí, verdad que es una muchacha muy alegrita, pero… lo otro, médico, lo otro… ¡es una exageración!”.