Martí, perenne lastimado en la pantalla

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Martí, perenne lastimado en la pantalla

  • Retorcer a Martí tiene historia. Por ejemplo, esa película batistiana, La Rosa Blanca. Foto tomada de Internet
    Retorcer a Martí tiene historia. Por ejemplo, esa película batistiana, La Rosa Blanca. Foto tomada de Internet

Hoy, en el ciberespacio, anda en plena ebullición otra de las que el gracejo popular nombra como “guerritas de los emails”. Ahora, en torno al maltrato de El Homagno en un filme.

Ah, pero se requiere hacer un poquillo de memoria, para recordar que ese tipo de affaire no es nuevo, ni mucho menos.

En el ya remoto año de 1956, la Warner Brothers exhibe el filme Santiago, protagonizado por Alan Ladd.  Allí los “yanquirules” nos explican que fueron ellos quienes condujeron la insurrección popular contra la Metrópoli, pues inicialmente el ejército insurrecto estaba formado por rateros y carteristas. Y aparece un Martí, gordito y alcohólico, quien desde un palacio en Haití imparte órdenes a sus seguidores. (El colmo de los colmos, El Maestro aparece vivo en 1898, años después de su caída homérica en la tierra jiguanicera).

Otros golpes, ahora desde el mismísimo patio

Su firma cinematográfica era Jean Angelo. Pero oficialmente respondía por el nombre nada antonionesco de Ángel Hernández de Velazco, habanero, residente en la calle Ánimas.

En 1942 filma La que se murió de amor. La niña de Guatemala  En el guión intervino Francisco Ichaso, también reo de posteriores crímenes antimartianos en el cine.

Aquello fue el desmadre. Abundaron los “indios guatemaltecos” que eran mulatos cubanos de pelo lacio, los viajes que Martí nunca emprendió y sucesos de toda laya, distorsionadores de la historia. Aparece un Martí de 42 años cuando contaba con 25. Él le brinda agua bendita a María García Granados —con gesto entre beato y faunesco—  en la catedral de Guatemala, que es realmente la habanera iglesia del Cristo, disfrazada con un par de pinos de utilería.

Se armó una bronca que implicó hasta al Tribunal Supremo. (1)

El escándalo provocado por el filme llegó a extremos tales que Fulgencio Batista —en aquél, su primer mandato—  ordena que sea retirado de las pantallas. Fue tanto el rechazo que hoy —según testimonió Salvador Arias— no se conserva copia alguna del engendro (por fortuna).

No escarmentado, Jean Angelo reincidió en 1952, con Los zapaticos de rosa, un cortometraje apadrinado por el Ministerio de Información batistiano. Su primitivísima factura difícilmente lo haría figurar en el inventario de las obras artísticas.

El crítico de cine Luciano Castillo cataloga a Los zapaticos como  un filme "indescriptiblemente cursi", atado a "imágenes que van siguiendo al pie de la letra el conocido texto", sin "lirismo, ni frescura, ni espontaneidad".

Una película batistiana

Escenario: Una Cuba que gime bajo la bota de los militarotes, encabezados por El Mulato Lindo de Banes, campeón de la trepadera política, un caso patológico de amoralidad.

Época: El año de 1953.

En el seno de la mascarada batistiana del Centenario, se funda la Compañía Películas Antillas S. A., con Francisco Ichaso (2) como presidente y Félix Lizaso (3) como tesorero. Objetivo: administrar —¡y de qué manera! — unos 250 mil pesos descontados al proletariado cubano para la filmación de La Rosa Blanca. Momentos en la vida de Martí. (Presupuesto que, por su monto, rompía un récord en la historia cinematográfica cubana).

Amadrinada por Martha Fernández de Batista, la película tuvo como director a Emilio ‘El Indio’ Fernández, con guión de Mauricio Magdaleno, ambos mexicanos.

Los primeros pecadillos antimartianos de Magdaleno databan de su Fulgor de Martí (4), pleno de florida verborrea y de inexactitudes históricas. Sobre Batista, él alguna vez declaró: “Éramos amigos íntimos, yo le hablaba de tú”.

El escándalo inicial lo motivó la nutrida presencia de actores y técnicos extranjeros, que desencadenó un boicot por parte de los organismos sindicales cubanos (5). (En aquellos encontronazos tendría protagonismo el siempre recordado Alejandro Lugo, líder sindical de los actores).

Encarnó a Martí el actor Roberto Cañedo, quien pesaba cien libras más que el héroe cubano: un gigantón de seis pies. Por otra parte, su acento mexicano contradecía los testimonios de todos los que conocieron a Martí, quien, a pesar de su prolongada ausencia de la Isla, siempre habló como cubano. Fueron concluyentes al respecto, las declaraciones indignadas del coronel Ramón Garriga, ayudante de campo de El Maestro (6). Además, en la actuación de Cañedo proliferaron las gesticulaciones de gañán y los bostezos.

Menudearon las meteduras de pata de toda índole. Así, en la playita de Cajobabo desembarcan siete expedicionarios, no seis. Al llegar a tierra contemplan las luces de Santiago, salvando la diminuta dificultad de que entre el punto de desembarco y dicha ciudad se interponen respetables macizos montañosos. (Sierra de Mariana, Sierra del Maquey, Cordillera de la Gran Piedra).

El atuendo de Martí en México es, según refleja el filme, traje a cuadros, y no su perenne y austera vestidura negra. Además, ya en campaña, Cañedo se endominga como un padrino de bautizo, olvidando que Martí en el Diario describe detalladamente su sobrio vestuario y su armamento.

En la escena del penal, Don Mariano aparece con traje de dril 100, zapatos de dos tonos y jipijapa. Por otra parte, la caballería mambisa anda sobre monturas que son, a todas luces, de la Guardia Rural.

El público no sabía si morirse de risa o de indignación, pues el actor que encarna a Maceo muestra una estampa menos vigorosa que la esperada para el coloso broncíneo. Traía al cinto un arcabuz de la época de la Conquista.

Hay más. El viejo general expresidente guatemalteco García Granados, padre de La Niña,  envía una pareja de soldados que secuestran al cubano.  Como producto de esta jugarreta ocurre una entrevista en la cual María García Granados propone a Martí un pacto suicida.

El periódico Avance le declaró la guerra a La Rosa Blanca pero un buen día, sin previo aviso, la película comenzó a ser calificada, en aquellas mismas planas, como suprema obra de arte y dechado de fidelidad histórica. (Portentos que se consiguen untando con mantequilla las uñas del gato).

Pero, junto a la repulsa popular, la vertical intelectualidad cubana se  pronunció, con resonar artillero de alto calibre. Resulta ilustrativo, aunque sea brevemente, repasar algunas de las más representativas opiniones de entonces:

 “Recelo que no aparezca en la película el verdadero Martí, sino uno de guardarropía”, se pronunció ese dios lar de la dignidad cubana, el historiador Emilio Roig de Leuchsenring.

 “El valor de la película sobre la vida de Martí en la forma planteada es hipotético y posiblemente dañino”, declaró el general mambí Loynaz del Castillo, joven compañero del cubano inconmensurable.

 “…se proyecta un monumento y se ha caído en una peliculita”, fue el lamento de Leopoldo Horrego Estuch, periodista y biógrafo.

“Pobrecito Martí”, comentó Waldo Medina, el inmerecidamente olvidado juez de los de abajo. 

El bardo de las gimientes carretas azucareras, Agustín Acosta, declararía indignado: “…es una irreverencia culpable”.

Ante el rechazo provocado por la película, ‘El Indio’ Fernández vociferó que los cubanos no sabíamos nada de Martí, y que sólo éramos capaces de hacer películas pornográficas. (7)

El buen Paco Ichaso, poco después, se construyó una blanca casona en Avenida Kohly número 169, entre 32 y 41, Alturas de El Vedado. El pueblo, siempre despierto e incisivo, bautizó a la residencia como “La rosa blanca”. (8) (9)

Recientes embestidas

Fue ayer, como aquél que dice. Sí, el 28 de enero del 2017.  A  nuestros sensatos colegas de la TV,  para conmemorar el natalicio de El Maestro, no se les ocurrió otra cosa que reponer la batistiana Rosa Blanca. En fin, cosas veredes, como se decía en español antiguo.

Pero sigamos en lo contemporáneo. En el 2010 el cineasta cubano Fernando Pérez da a conocer José Martí: el ojo del canario. Y de inmediato los críticos, unánimes como un sólido monolito,  montan el más frenético cántico de alabanza a la película. Por lo visto ninguno advirtió que —remitiéndose al actualmente muy socorrido expediente de humanizar, “desmarmolizar” a los héroes—  allí se nos presenta a un jovencito Martí, masturbador y pusilánime.

Pero volvamos a las líneas iníciales de este articulejo.  Sí, al escándalo en torno al filme Yo quiero hacer una película, de Yimit Ramírez, persona a la cual no conozco ni de lejos, aunque me llame la atención su nombre, tan al uso contemporáneo.  

Dice “Radio Bemba” —ese asombroso invento del imaginario cubiche—  que en la película algún protagonista pronuncia una frase contra Martí que, de ser cierta la información callejera, constituiría un vil escupitajo contra el alma de cualquier cubano bien nacido.

Ah, pero este humilde emborronacuartillas no puede pronunciarse al respecto. Por una elementalísima razón: no he visto el filme. Como casi todo el mundo. Sólo han logrado hacerlo algunos seres privilegiadísimos.

Ya lo dice un pasaje bíblico. “Muchos serán los llamados, pero pocos los escogidos”. (10)

Notas:

(1) Véase “Anuló el Supremo el decreto que prohibió exhibir la cinta La que se murió de amor”, La Habana, junio 15 de 1948, Biblioteca Nacional, Sala Martí, Recortes, C. 37, No. 20.

(2) Francisco Ichaso y Macías (Cienfuegos, 1901-México, 1962): Brillante periodista y escritor, sus fulgores en estos campos no tuvieron contraparte en el mundo político.

(3) Félix Lizaso (Pipián, 1891- Rhode Island, Estados Unidos, 1967). Escritor, crítico, periodista. Fue director-tesorero de la Editorial Trópico. Formó parte de la batistiana comisión oficial del Centenario.

(4) Mauricio Magdalena: Fulgor de Martí, Ediciones Quetzal, México, 1940.

(5) El interesado encontrará abundante información,  sobre las polémicas alrededor de La Rosa Blanca,  en Sala Martí, Biblioteca Nacional, C. 23, Recortes.

(6) En El Avance Criollo, noviembre 2, 1953.

(7) Emilio Fernández Romo, ‘El Indio’  (1904-1986), quizás el más famoso cineasta mexicano, director de medio centenar de filmes.  Era capaz de cualquier cosa para llamar la atención sobre su persona, desde formar balaceras en los bares hasta decir que él había enseñado a bailar a Rodolfo Valentino, o que había posado desnudo para que diseñaran la estatuilla del Oscar. Entonces, no ha de extrañarnos su declaración demencial.

(8) Lizaso era también muy apetente de pesos. En carta de junio 8 de 1943 se le insinuaba al doctor Antonio Bravo Acosta, ministro de Gobernación, para que le proveyera nada menos que un milloncejo con el cual filmar una película sobre Martí. Prometía emplearlo “como es debido”. (En el expediente 209 de l943, Ministerio de Gobernación, actualmente archivado en la Cinemateca de Cuba).

(9) La tiranía filmó también dos documentales en torno a Martí (Patria y niñez, 1954; Homenaje martiano, 1957). Son piezas de burda propaganda demagógica. En uno de ellos Batista declara: “Yo fui un niño pobre”, risible caricatura de la leyenda del leñador de Kentucky. (Figuran también en el “elenco” el general Pancho Tabernilla y Rivero Agüero).

(10) Mateo, 20.16.