Mayito Díaz-Balart: su pedigree

AYER Y HOY: MIRANDO A CUBA

Mayito Díaz-Balart: su pedigree

  • Rafelito —el papá de Mayito—  posa ante la cámara, revólver al cinto, junto al multiasesino Masferrer. Foto tomada de Internet
    Rafelito —el papá de Mayito— posa ante la cámara, revólver al cinto, junto al multiasesino Masferrer. Foto tomada de Internet

 “Sólo hay un diálogo que estaremos dispuestos a establecer con Maduro: o se va del país, o se va a la cárcel, o se va a ver a Jesucristo”. Esa declaración la vio este humilde gacetillero, rastreando información en torno a la amenazada Venezuela.

¿El autor de tales palabras? Pues el norteamericano-¿cubano? Mario Díaz-Balart, Mayito, congresista por La Florida.

Y confieso que semejante deposición no me causó sorpresa en lo más mínimo.

Ah, porque —pura casualidad de la vida—  bien conozco el ADN, el pedigree  de Mayito.

Ese evangelio de la sabiduría popular, el refranero, ya lo ha dicho. “Lo que se hereda, no se hurta”. Y “De tal palo, tal astilla”.

El abuelo de Mayito

Este emborronacuartillas nació y echó su poco cuerpo en Banes, una preciosa ciudad del nororiente cubano, acunada junto a las suaves alturas de Maniabón y cuyas costas —incluida la paradisíaca playa de Guardalavaca—  besa el Atlántico.

De niño, en paseos domingueros —tomado de la mano viril de mi viejo—,  al pasar por la cuadra de Avenida de Cárdenas entre Bayamo y Carlos Manuel de Céspedes, solía ver cómo entraba y salía, de su bufete-residencia, cierto señor ataviado de dril-100.

Mi viejo —aún yo no podía saber por qué—  le dedicaba una mirada de repulsión.

Con el tiempo, me enteré que aquella visión infantil era Rafael José Díaz-Balart  (c. 1899 – 1985).

Pero adentrémonos en los pliegues de la retorcida historia que acumuló aquel personaje.

Él era, en la United Fruit Company, el abogado de la División Banes.

 (Y aquí se impone un paréntesis, moderadamente extenso. Sí, la torva Mamita Yunái. La que, de un pestañazo, tumbaba en un “weekend” al gobierno de Arbenz. La que, en Colombia, mandaba a ametrallar a cientos de huelguistas, cuyos cadáveres eran después lanzados al fondo del Caribe, según, conmovido, nos cuenta García Márquez).

Pero, volvamos a lo nuestro.

El doctor Díaz Balart —no olvidarse, abuelo de Mayito—  fue el leguleyo zurcidor de todas las trapisondas que Mamita requería: desde falsificación de documentos hasta despojo,  ilegalísimo,  de tierras. (Hay una imagen estremecedora que el sufrido lector debe aguantar: imagine al guajiro, víctima del desalojo campesino, lanzado hacia la guardarraya, con sus niños  como bulticos inermes a la intemperie).

Pero todo eso no le resultó suficiente a las podridas entrañas de Rafael José Díaz-Balart.

No. Además, fue alcalde machadista de mi ciudad. En tal cargo permaneció hasta que, barrido por la ira popular, el “Mussolini Tropical”, el “Asno con Garras”, salió por el techo.

Apadrinado por Mamita, en 1936 Don Rafael resultó elegido representante por Oriente. Su paso por el parlamento fue bastante descolorido, y se limitó a brindar su apoyo a ukases emanados de Fulgencio Batista.

Un alma tan divorciada con la ética no podía haber estado alejada de quien sus guatacas nombraban “El Indio”, “El Hombre”, “El Mulato Lindo de Banes”.  (El asunto tenía viejos antecedentes. El historiador-combatiente José A.Tabares me informó que  la madre de Fulgencio, Carmela Zaldívar, era la cocinera de los Díaz-Balart).

Tras el madrugonazo de 1952, Don Rafael fue ministro de Transporte, representante a la Cámara y senador.

Quizás, en su prolongada existencia, exista un solo instante grato: cuando engendró a Mirta. Sus condiscípulos —mis padres incluidos—  la recuerdan tanto por su singular belleza como por su espíritu democrático, que la hacía olvidarse de su cuna dorada para andar en medio de sus más humildes compañeros de estudios.

Para no perdernos, procedamos a un resumen parcial: Don Rafael —el tronco de los Díaz Balart—  fue yankófilo, antipueblo, machadista y batistiano.

El papá de Mayito

Rafael Díaz-Balart Gutiérrez (1926 –2005), de jovencito, instauró un récord: fue uno de los únicos dos batistianos entre los estudiantes de la universidad habanera.

Se cuenta que sus compañeros de estudios lo miraban como a un bicho raro. Y no lograban decidir si lo suyo era patológico o simple producto del descaro.

Sí, Rafelito —así lo llamaban—  fue dirigente de la juventud batistiana, antes del odioso marzo del 52.

Mantenía, en Unión Radio, un espacio donde le entonaba cánticos a su ídolo.

Estudiante peor que mediocre, jamás se graduó en el alto centro docente. Con el tiempo, siguiendo vías irregulares —o “por la izquierda”, según decimos—  se agenció un título de abogado. (En esos mismos momentos, y por igual sendero, se titularía el criminal Irenaldo García Báez, hijo de Pilar García, segundo jefe del Servicio de Inteligencia Militar).

Claro, tras el golpe batistiano, Rafelito resulta ser subsecretario de Gobernación (algo así como viceministro del Interior).

Se hizo muy cercano a Rolando Masferrer. (Sí, el fundador de los Tigres, antecedente del paramilitarismo en América Latina). No sólo los acercaban  sus convicciones, sino muy terrenales asuntos: negocios turbios en el norte de Oriente.

Sentado en su curul en la Cámara, expresaría su voto, contrario a la amnistía de los moncadistas (incluyendo a su cuñado).

Se distinguió por un desaforado ejercicio del nepotismo. En primer lugar propició el éxito de su padre —ya descrito en anteriores líneas—  durante el último batistato. Sus dos hermanitos, Waldo y Frank,  director de rentas e impuestos en el Ministerio de Hacienda y director de suministros del ministerio de Obras Públicas, respectivamente.  Pingües destinos que —asalto al tesoro público mediante—, los convertirían en un par de ricachones.

Durante su vida política en el poder, trató de aparecer junto a los tipos duros, como  Masferrer u Orlando Piedra, siniestro jefe del Buró de Investigaciones.

Ah, pero Rafelito nunca  se distinguió por tener en las entrepiernas… bueno, lo que Dios manda tener. 

Durante su vida política, en el poder, su proeza consistió en mandar a los mafiosos de Juventud Batistiana para  que abofetearan a los ancianos profesores del programa radial Universidad del Aire. (Rafelito, siempre pend…, quise decir pusilánime, no estuvo presente. Llevó a cabo la vil acción teledirigidamente).

El régimen de su ídolo se está derrumbando ante la lucha armada de todo un pueblo. Y el 20 de diciembre de 1958, según él por viaje de negocios, Rafaelito, con su familia, parte hacia España, huyendo como una rata despavorida.

En un sótano del Alto Manhattan funda La Rosa Blanca, organización contrarrevolucionaria, en compañía de varios narcotraficantes  y de Merob Sosa, asesino de guajiros en la Sierra Maestra. Tanto les produjo monetariamente aquel invento, que algunos lo apodaban como “El Jardín de los Dólares”.

Cuando se acercaba la hora en que debía zarpar la Brigada 2506, Rafelito se encuevó en algún recóndito escondite, hasta que cesaron las hostilidades, tras la derrota de los invasores.

Con el pasar del tiempo, fue perdiendo preponderancia ante los ojos del extirano, hasta convertirse en un personajillo de vigésimo orden. ¿Acaso no se dice que “Roma paga a sus mercenarios, pero los desprecia”?

Lo cual no le impidió estar en el sepelio de Batista, convertido en una lacrimosa Magdalena.

Y llegó la tercera ola de m…

Sí, hasta el congreso del vecino norteño escalaron Lincoln (La Habana, 1954) y Mario (Fort Lauderdeale, 1961).

El primero se especializó, como abogado, en ocupar el asiento de la defensa durante juicios contra terroristas, lo cual le propició ascender al escaño de fiscal. Cambió de demócrata para republicano con una capacidad para el mimetismo que envidiaría un camaleón. En la Cámara fue un incondicional del lobby judío. Y un furioso defensor del bloqueo a Cuba. Ante las cámaras televisivas declaró: “Se impone el magnicidio de Castro”.

Y su hermanito es… todo un caso. Gentes que bien lo conocen aseguran que sufre de un severo déficit intelectual. Al igual que su padre, no logró graduarse de absolutamente nada.

Ahora anda Mayito desgañitándose, con un llamado a las Fuerzas Armadas Bolivarianas, para que borren del mapa a los “matones de Maduro”.

Insisto: eso no me causa ni la más mínima sorpresa. Con el ADN contenido en cada una de sus células, no se le puede exigir otro proceder.

Ya Fidel Castro denunció a la “mafia corrompida e insaciable de antiguos batistianos y sus descendientes”.

Y lo ha dicho mi pueblo, cuando se encara a verdades evidentes: “¿Qué tú esperabas, el vuelto?”.