El mundo musical de Cecilia Valdés

NOSTALGIA MUSICAL

El mundo musical de Cecilia Valdés

  • Esta zarzuela es considerada internacionalmente como la zarzuela cubana más representativa del teatro lirico cubano, según Helio Orovio. Foto tomada de Radio Enciclopedia
    Esta zarzuela es considerada internacionalmente como la zarzuela cubana más representativa del teatro lirico cubano, según Helio Orovio. Foto tomada de Radio Enciclopedia

Ahora que el autor de la novela Cecilia Valdés, Cirilo Villaverde, el 28 de octubre arriba a los 205 años de su nacimiento, hacemos un alto para recordar su obra cumbre que cumple su aniversario 85.

Cecilia Valdés es una de las principales obras del escritor cubano Cirilo Villaverde. Según los expertos es la novela antiesclavista más importante del siglo XIX latinoamericano, porque logra expresar los horrores de la esclavitud en su dicotomía represión-rebelión, a partir de la tragedia de los amores incestuosos de Leonardo y Cecilia. La obra se desenvuelve en La Habana colonial, hacia el 1830. A diferencia de otras novelas de su época, cala en los problemas esenciales de la sociedad que describe, la cubana, en su devenir histórico y en sus contradicciones clasistas, en la mezcla de razas y culturas. “Es un  lienzo colosal en que se mueve toda una época”, como escribió Manuel de la Cruz.

También existe una zarzuela homónima inspirada en la novela, la autoría es de Gonzalo Roig, con libreto de Agustín Rodríguez y José Sánchez Arcilla.

La obra marca uno de los grandes uno de los grandes hitos de la música, símbolo de la cubanía, perteneciente a la identidad nacional.

Fue estrenada en el Teatro Martí el 26 de marzo de 1932 (hace 85 años) por la mexicana Elisa Altamirano en el papel protagónico. También participaron figuras de la talla de Rosa Lincheta (una de las protagonistas de que a La Bodeguita del Medio le llamaran con ese nombre). Luisa Fernanda, Candita Quintana, Miguel D´Grandy (en el papel de Leonardo Gamboa), Consuelo Novoa (Dolores Santa Cruz) y el 19 de mayo de 1948 fue grabada para realizar varias impresiones. Esta zarzuela es considerada internacionalmente —según Helio Orovio— como la zarzuela cubana más representativa del teatro lirico cubano. Todas las sopranos nacionales incluyen la Salida de Cecilia Valdés y hasta Omara Portuondo le hizo una diferente interpretación.

Leo Brouwer considera que “Cecilia Valdés se puede oír con más placer que Verdi y a veces con más profundidad que Mayerbeer o Bellini”.

Brouwer analiza que es una zarzuela que hay que analizarla sociológicamente, al igual que la obra de Lecuona. “Responde a la necesidad de una burguesía criolla de reafirmar una personalidad con aquellos productos que venían de abajo —que eran de la raíz del son; las del septeto, con su trompeta, su marímbula— y se situaban a un paso más arriba, o sea, se estilizaba apropiadamente la forma para una clase económica en desarrollo y en busca de una personalidad  propia. En términos generales se puede decir de modo más preciso: esa burguesía se definió con sus autores —aquellos autores que tenían algún rasgo estilístico más estilizado porque ya se habían  apropiado del producto popular—; es decir, que esa burguesía se definía como cubana a y través de sus autores, pero con una diferencia de clase que no se podía omitir: los burgueses no reconocían la rumba de cajón, pero si reconocían una rumba ligeramente adulterada de Ernesto Lecuona. Como tampoco reconocían un toque Abakuá o yoruba, pero si reconocieron el Po-po-po de la zarzuela Cecilia Valdés. Tanto Lecuona como Roig ofrecieron esos productos derivados de su época”. 

LA ÉPOCA DE CECILIA VALDÉS

En 1830, la época en que se desenvuelve la obra literaria de Cecilia Valdés, la música emblemática era la contradanza, las damas cubanas tenían restricciones importadas de los colonizadores españoles. Ninguna mujer respetable sale libremente para mostrarse en público, a no ser a misa o pasear en volantas las que pueden. Se hallan casi confinadas a las casas. La galantería deviene lugar común.

Por ese motivo se organizaban muchos bailes en las casas, donde la gente acudía a veces sin ser invitados. Las casas eran muy grandes, de piedra y con muchos cuartos, con paisajes y flores, muy vistosos. No le ponen cristales a las ventanas, las cuales son anchas y largas, desde el piso hasta el techo. Les ponen barras de hierros dobladas hacia afuera para que el aire entre y refresque en el calor cotidiano. Iluminan sus salas y habitaciones con lámparas de araña.

Era algo social. Los más frecuentados lugares públicos son los bailes populares donde se concentraba la gente. “En cuanto a gracia y elegancia en el baile, los habaneros no tienen rival”, aseguraba J.E. Alexander.

En el libro La sociedad en la Cuba antigua, de Jonahan Jenkins, leo que las señoras cubanas eran muy airosas, con la seguridad y la elegancia de movimientos que la danza confiere al cuerpo. Sus maneras francas pronto seducen al visitante, y la gente siente como si se conociera de tiempo atrás. Las islas estas son muy acogedoras, una característica propia isleña.

Todos los domingos, preferentemente ese día, por la tarde, y frecuentemente en otros días entre semana, se celebran bailes públicos, algunos eran bailes de máscaras. La gente paga su cuota de un dólar, debe comportarse civilizadamente. Algunas veces hasta mil personas se congregan en sus salones (vean ustedes tanta gente como los que asistían al Palacio de la Salsa, en el Copa Room del Riviera en la década de 1990). Asistían desde el gobernador hasta el cura, la gente pudiente y los más menesterosos, siempre bien vestidos.

Los jóvenes de calesa, chistera y leontina, que concurrían a las casas de baile, hallaban en el modo de tocar de las orquestas de mestizos, un carácter, un “pep”, una fuerza rítmica que no tenían otras de mayores pretensiones. Ellos les añadían un acento, una vitalidad, un algo no escrito, que “levantaba”

En esos lugares las señoras vestidas con chaquetas de ginhan a rayas. Antes del baile jugaban barajas. Los salones eran iluminados, las damas se sentaban en fila como de costumbre, y los hombres formaban grupos o daban vueltas, fumando por los pasillos, como ahora lo hacen en la Fábrica de Arte de la zona de El Vedado.

Los caballeros también son muy pulcros al vestir, tanto, si no más que los franceses. Les encanta la música, cantar y bailar, así somos desde lejanos tiempos. La música suena en todas partes hasta altas horas de la noche, algo que distingue a este pueblo de otros europeos.

Después de volver del teatro o los salones de baile, cenarán, muchas comidas fricasé, gusta mucho la carne de cerdo que comúnmente es frita con plátanos. Cocinan con hornos en el patio, toman vino y fuman tabacos, por algo Cuba tiene el mejor habano del mundo. Se regalan tabacos tanto a hombres como a mujeres. Las conversaciones es parte de la cultura (la tradición oral)

Los asistentes utilizan mucho algo que quedó como costumbre en los cubanos, el “siseo” que tenía muchos propósitos, especialmente el de referirse a una dama, para hacerse sentir.

En los salones se jugaba villar, se expendía sabrosas comidas (obvio), refrescos (no existía alcoholismo)

Cuando comenzaba el baile, la banda, compuesta de unos nueve integrantes: tres violines, dos violencelos, oboes y trompas. Con esos instrumentos tocaban contradanzas, valses, rigodones y pot-pourri (pupurrit). Desde luego, cuando esas músicas eran tocadas por begros, pardos y mulatos, sonaban distintas, un poco rumbeadas (timberas dirían hoy día).

El cronista Luciano Pérez de Acevedo comenta que “En La Habana en ese tiempo todo el mundo gustaba de la música; al pasar por las calles no se oye otra cosa que guitarras, pianos y música amable”.

Los cafés tienen una enorme importancia, es de las mejores diversiones en La Habana, donde existe elegante y variado, principalmente el llamado La Lonja, el más renombrado. Eran comparados con los de París, con ocho grandes salas y cinco billares. Pisos de granito, paredes con hermosas pinturas en marcos preciosos, y por espejos, relojes de mesa. Se sirven bebidas calientes y frías, pasteles, frutas, café, chocolates, helados (Coppelia no es de ahora).

Este es el homenaje que hacemos a Cirilo Villaverde, a su obra literaria Cecilia Valdés, a la zarzuela de Gonzalo Roig y a todas las Cecilias que Cuba ha dado al mundo.