Cuando las musas se van de paseo

NATURAL DE CAIBARIÉN

Cuando las musas se van de paseo

  • No importa que las musas se vayan de paseo, ellas vuelven a cumplir con su deber de incitarnos a escribir.
    No importa que las musas se vayan de paseo, ellas vuelven a cumplir con su deber de incitarnos a escribir.

Hace unos días recibí un correo de una muchachita que escribe cuentos, es de Santiago de Cuba, y la conocí en el acto de presentación de mi nuevo libro Enfrentando la noche en la Universidad de Oriente.

Yosmelis, que así se llama la joven, me dice en el email: “He tenido varias noches seguidas de insomnio, debido a que mi musa me abandonó durante el mes pasado completo. Ahora mismo estoy reponiéndome del cuento que escribí el sábado en la madrugada. Profe si yo estoy asi, ¿usted estará igual, peor o mejor?”

Y esta reflexión de Yosmelis me trajo un recuerdo, grato por lo sucedido, y triste por lo que ocurrió después. Se trata de una historia que me aconteció con mi gran amigo, el Cuentero Mayor Onelio Jorge Cardoso.

En aquel entonces, al decir de Cuca, su viuda, yo era el “último preferido de Onelio”, porque siempre se rodeó de jóvenes que empezábamos en el oficio del cual era un maestro, aunque nada didáctico, nunca te hacía una observación o una crítica, tu aprendías de lo que contaba sobre su vida y su obra.

Y resulta también que cuando aquello yo era el representante de una revista literaria muy interesante y  bonita llamada La Revista del Sur, que la publicaban en Suecia los exiliados uruguayos que pertenecían al Movimiento de Liberación Tupamaros. La dirigía Federico Ferrando, actor, dramaturgo y periodista, y junto a él estaba mi amigo Pepe Viñoles, artista plástico y director del periódico Liberación, que también se publicaba en Suecia.

Y de la revista me comunican que le quieren publicar un trabajo a Onelio, que por favor tratara de conseguir un texto inédito para lograrlo. Cuando le abordé el tema Onelio, bastante afectado, me dijo que hacía como un año que no escribía nada, que el parecer se “había secado”.

Luego encontramos otra solución que en una nueva ocasión les cuento, pero el asunto es que a los pocos días estoy esperando algo o a alguien en la puerta de la UNEAC, y Onelio se me acerca y me dice: ¿Qué estás haciendo ahora? Yo, como siempre que me hacía esa pregunta le respondí que nada, aunque tuviera mil problemas que resolver. Era nada menos que Onelio Jorge Cardoso que necesitaba algo de mí, y eso tenía absoluta prioridad.

Ven conmigo, me dijo, y nos encaminamos hacia su automóvil. Arrancó y al rato llegamos a su casa. Subimos sin hablar, abrió la puerta, fue al interior y se apareció con una botella de ron añejo Havana Club. Onelio no bebía, creo que era la primera vez que lo veía servirse un trago luego de servirme uno a mí. Entonces me dijo: Ven acá, y se acercó a su máquina de escribir. Mira esto, me dijo muy alegre, y era que estaba escribiendo un nuevo cuento. Me leyó lo que había escrito y me contó cómo iba a terminar. Acábalo de escribir, le dije, ya lo tienes todo. No, me dijo, ahora es cuando hay que medir muy bien las palabras. Fue una de sus lecciones indirectas.

Por estas cosas terribles de la vida Onelio nunca pudo ver su nuevo cuento, llamado “La presea” publicado. La muerte llegó como siempre, inesperadamente.

Primero el cuento se publicó en la Revista UNION, y después en un suplemento que sacó la Revista del Sur y donde colaboraron escritores cubanos y de otros rumbos que fuimos sus amigos, sus alumnos y sus admiradores. Estaban en la lista Manolo Granados, Eloy Machado Pérez (El Ambia), Emilio Comas, Bernardo Marques Ravelo, Mario Benedetti, Patricia Rubio de Lértora, y del propio Onelio se publicó la conferencia “Algunos días recorridos”, y los cuentos “La presea”, “La ventana” y su ya famosísimo “Caballo de coral”, asó como una caricatura de Onelio a la firma de Juan David.

Esto le demuestra a Yosmelis, a mi, y también ustedes, que no importa que las musas se vayan de paseo, ellas vuelven a cumplir con su deber de incitarnos a escribir.