Ambrosio Fornet: memorias insulares

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Ambrosio Fornet: memorias insulares

  • La presentación corrió a cargo de los escritores Norberto Codina y Arturo Arango. Foto: Ernesto Cuní
    La presentación corrió a cargo de los escritores Norberto Codina y Arturo Arango. Foto: Ernesto Cuní

Cuando a Ambrosio le pidieron de que sugiriera un presentador para Memorias  insulares (Ediciones Extramuros, 2017) pensó enseguida en alguien que reuniera ciertas condiciones afines, y si eran dos los involucrados (1) mucho mejor. Y así, sin asomo de rubor, nos lo hizo saber:

  1. Ser amigo del autor, para evitar desavenencias.
  2. Estar muy vinculado a La Gaceta de Cuba, pues dos de los textos incluidos en este volumen fueron allí publicados por primera vez, y el resto de una forma u otra dialogan con ella.
  3. Proceder de la antigua provincia de Oriente, especialmente de la zona Bayamo-Veguitas-Manzanillo. Tal vez lo último en el espíritu de este año en que conmemoramos el sesquicentenario de la fecha madre de todos los cubanos.

Con estas reconocidas propiedades de complicidad con el implicado, asumo brevemente la parte que me corresponde. A tenor de la serie de beisbol del Caribe, recientemente celebrada,  recuerdo al legendario receptor de los Yankees de Nueva York, Yogi Berra, quien nos legó, entre otras pintorescas frases, la siguiente: “Es un bateador de ambos lados del plato. Es anfibio…”. En la ruta de lo que alguien bautizara como “otro género anfibio” (“una astucia semántica”, la llamaría Antonio Benítez Rojo), registrando glosas y desgloses, ensayos, artículos, crónicas, charlas, y hasta fragmentos de una entrevista, Fornet reunió o si prefiere el lector anudó, agavilló, estas prosas en su mayoría breves, dispersas en otros espacios ―y ahora actualizadas, retocadas―, y que él definió como  “esta curiosa amalgama de propuestas ensayísticas y periodísticas”. En este título incluye por igual, no podía ser menos, temas recurrentes para el ensayista como La Habana que lo acogió y el Bayamo familiar; la aventura editorial que ha sido uno de sus mayores empeños y pasiones; la cultura, la identidad, la patria, todo atravesado por ese ejercicio de la ética y la modestia que deviene en su compromiso intelectual, vocación que siempre le ha acompañado, y que me recuerda una disciplina de la primera infancia, con un nombre que hoy suena demodé: “moral y cívica”.  Asignatura pendiente y tan necesaria en nuestro presente particular y globalizado.

En otro momento el ensayista se pregunta, y se responde: “¿A qué público se dirigen? En ese amplio margen de incertidumbre he debido moverme al tratar de darle cierta coherencia temática y discursiva a este inclasificable repertorio de propuestas”. Este es un eterno reto para cualquier escritor y cualquier editor, más como en el caso que nos ocupa cuando ambos  integran una mancuerna en su perfil profesional. En algún momento el pretexto es dialogar con sus nietos, y con ellos con los más jóvenes; o con los lectores habituales de alguna publicación, más si discrepa con algunas de las ideas allí expresadas (como nos tocó en La Gaceta, por aquello de que la amistad no está reñida con la polémica); o con los interlocutores que comparten sus vivencias, experiencias, inquietudes, o desean nutrirse de ellas en esas capas sucesivas que integran el pasado como una cartografía seminal, el presente con sus señas en movimiento, y el futuro que ya es mañana con sus desafíos que no podemos ni debemos ignorar.

De todos los textos de este medular librito que me convocó al sempiterno placer de la lectura, el que más agradecí por lo cercano es “Haciendo memoria: La Habana que va conmigo” pues, para mi sorpresa, descubrí que Pocho no me lleva, bajo el noble signo de Libra, diecinueve años y cuatro días exactos como reza en el calendario, si no apenas un lustro, que va desde su salida de la capital a mediados de los cincuenta y mi llegada a ella justo al triunfo de la revolución, la misma épica que lo trajo de vuelta.

Me veo de nuevo frecuentando el Cinecito, con su tanda de muñequitos, películas y seriados de Flash Gordon o los Tres Chiflados. Cruzo con el adolescente que fue él al complejo Rex Cinema y Duplex, uno de los cines más bellos que recuerdo; o en sus antípodas barruntábamos el aura pecaminosa del cine Capitolio, al que nos estaba prohibido rigurosamente acercarnos a su marquesina. Y está el Paseo del Prado, la calle Galiano con sus vitrinas, ninguna como la de El Encanto, y en especial las visitas al Ten-Cent, más acorde a la magra cartera de mi madre. Con el cronista visitamos la Plaza del Vapor,  espacio de la bohemia convertida en sobrevivencia para el poeta Rolando Escardó, al que evoca en Camagüey en otro momento de estas páginas junto al inefable Rómulo Loredo; celebro junto al niño Ambrosio el coleccionar muñequitos (ahora me entero que en Bayamo le decían monitos), o lecturas igual de formativas como El Tesoro de la juventud, en una edición de la “belle époque”, donde el lenguaje del nacimiento del siglo XX fulguraba en todo su esplendor. Como verán, al detenerme  en estos pasajes se solapan las memorias del autor y el lector, y no puedo escapar a la tentación gozosa de confrontarlas.

Pero junto a estas bondades de las evocaciones de la infancia, o la trama de nuestra tradición editorial y al ejercicio de la escritura, están las coordenadas de la identidad de la nación, sus luces, sus sombras, sus glorias y sus complejas realidades. No es una simple contingencia que el último párrafo de este libro, reflexión fechada hace justo dos años, retome como una clarinada mambisa sus preocupaciones cardinales, patrióticas y cívicas sin sombra de dogmatismo,  sobre los desafíos que nos tocan como sociedad y los derroteros, riesgos y adversarios que dentro y fuera nos acechan: “Preguntémonos si el socialismo ‘próspero y sostenible’ no debe ser cada vez más democrático y participativo (…) ¿hemos desarrollado el clima cultural e ideológico necesario para desarrollar el debate y la crítica en todos los niveles de la sociedad? Si la respuesta es negativa, sería bueno empezar ya, porque ellos y sus numerosos aliados criollos no van a esperar por nosotros con los brazos cruzados”.

Desde la primera palabra de este libro, tras la aparente candidez de la infancia o la noble pasión de recrear la historia o el oficio de editor, confirmamos que no hay nada inocente, nada que no esté comprometido, incluso en sus errores o contradicciones, con su condición de cubano, hombre de la cultura e intelectual revolucionario, que como es natural tiene su correlato en estas prosas que nos “remiten al núcleo aglutinante de la Nación emergente”, lección renovada que nos acompaña de su magisterio.

Concluyo este breve comentario retomando el principio, es decir, la complicidad con el autor que me trae aquí, sin renunciar a las muy necesarias desavenencias. En un documental que se le dedicara por sus ochenta a quien siempre recuerdo como mi vecino de muchos años, este hijo ilustre de Veguitas declara (y cito de memoria), que para él “la historia de Bayamo era la Historia de Cuba”, representación que argumenta en estas páginas. Yo pienso igual que Pocho. Para mí por muchas razones familiares, personales e históricas “la historia de Manzanillo es la historia de la Isla”. Aunque, como bien dice un amigo común, otro hijo notorio del Guacanayabo, “todos somos hijos de Carlos Manuel de Céspedes, que era bayamés…y manzanillero”.

(1) El otro fue Arturo Arango, narrador, guionista  y editor de La Gaceta de Cuba