El eterno placer de la lectura (bis)

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El eterno placer de la lectura (bis)

  • El placer de leer. Foto tomada de Internet
    El placer de leer. Foto tomada de Internet

Mi primer trabajo, con un montón de libras y años menos, fue muy a principios de los 70 en el combinado poligráfico 03-05 “Evelio Rodríguez Curbelo”, cuyo nombre con todo respeto me resultaba una extraña síntesis entre un asteroide de Saint-Exupéry y un recordado mártir revolucionario. Radicado en la antigua revista Carteles, como seguían llamando a la imprenta los obreros más veteranos, por ella todavía paseaban los fantasmas de los Saraleguis, sus antiguos propietarios, y los de algunos de sus redactores y correctores cuyos nombres se perpetuaron en la cultura y el periodismo criollo como Guillermo Cabrera Infante, Antonio Ortega, Rine Leal, Elio Constantín y Roberto Branly, por cierto el primero y el último, con diferentes rumbos a posteriori en sus vidas, ejercieron con entusiasmo la crítica cinematográfica.

En esa añosa imprenta descubrí amontonados en un rincón del departamento de fotomecánica numerosos ejemplares de la década del 60 de Cine cubano, entonces un verdadero regalo para mi espíritu que me permitió disfrutar esa época dorada de dicha publicación, y escaparme –burlando pero sin quebrantar la norma de la jornada laboral- de las vetustas paredes de la fábrica.

Así,  como tantas otras veces en mi vida, agradecí la importancia capital del placer de la lectura. No importa el soporte, la época, ni las circunstancias para ese grato ejercicio que es la más solitaria, sencilla y ecuménica aventura del espíritu. Parte inseparable de eso que llamaban los antiguos, al decir de Flaubert, “la educación sentimental”. No interesa si es un ejemplar de la era de Gutenberg, a la que pertenezco irremediablemente, disfrutando el placer del objeto-libro –olor a tinta incluido, como reminiscencia a mi  tránsito como obrero litográfico-; o si es en la posmodernidad un libro electrónico, en cuya búsqueda de contenidos puede leerse “en  cada vista de los estantes/documentos se ven…”, en fin, el principio elemental de la biblioteca convencional. Como diría el poeta T.S. Eliot, “la sola existencia de las bibliotecas ofrece la mejor evidencia de que aún podemos tener esperanza sobre el futuro del hombre".

Cuando se habla del hecho cultural más importante de la revolución cubana, todos coinciden en la campaña de alfabetización, Y fue un acto de justicia poética que el primer título de la Imprenta Nacional de Cuba fuera El Quijote, lanzado de una forma tan masiva y económica, que tanto Carpentier como Titón disfrutaron la imagen del vendedor de periódicos voceando…”Vaya…vaya…el Quijo a kilo!”, plasmado por ambos con esa vocación de lo cubano en lo universal que los identificaba.

En mis años de primaria, una vecina poseía una enciclopedia cuyo título era todo una promesa: El tesoro de la juventud. En mis manos cayó una edición de la “belle époque”, donde el lenguaje del nacimiento del siglo XX fulguraba en todo su esplendor reaccionario. Pero el requisito de terminar un tomo para poder recibir el próximo, me entrenó como lector. Después, al cumplir once años (santo cielos!, al mencionar esa edad me siento como un arqueólogo), mi madre me regaló un paquete que ponía ante mis ojos La Isla del tesoro, Moby Dick, Huckleberry Finn y El llamado de la selva. Reto a cualquier librero a brindar una propuesta mejor.

A esta “primera biblioteca” que cabía literalmente en una caja de tabaco, se sumaron las imprescindibles lecturas escolares que, al decir de ese poeta y humorista venezolano de mi preferencia que es Aquiles Nazoa, fue el elefante donde nos subimos a conocer el mundo. En ese mundo encantado de la infancia la historia del marinero de una sola pierna, el grumete en el barril de manzanas y el loro del capitán Flint gritando “!piezas de a ocho!”, tal vez conforme mi imaginario favorito como lector, predilección de la que me enorgullezco pues me acompaña en ella mi admirado Eliseo Diego.

Hay tantas encuestas de los “diez libros de su preferencia”, que prefiero ahorrarme mi listado, y compartir una anécdota que seguro tiene muchas versiones y protagonistas. En la versión de mi infancia venezolana, se dice que en los años cincuenta el diario caraqueño El Nacional, convocó a un concurso con la consabida pregunta ¿qué libro se llevaría usted a una isla desierta?, y que la convocatoria la ganó el propietario del periódico en ese entonces, nada menos que el reconocido escritor Miguel Otero Silva (célebre por su sentido del humor y su don de criollo), con la rotunda respuesta de… “La Divina Comedia…a ver si la termino de leer”.

Pero saber leer desde la más temprana edad ha sido, ya avanzado este tercer milenio, una afición muy descuidada por muchos que olvidan que la letra impresa o en la pantalla del ordenador, debe acompañarnos desde el primer claustro escolar, nutricia como es el amnios del claustro materno. La lectura es otra forma de vivir intensamente, y otra vez sobre el elefante de Nazoa, viajar.

Estas palabras no sirven más que cómo pretexto para replicar algunas citas de autores diversos con relación a este placentero ejercicio. Ellas me llegaron como un regalo de un amigo y reconocido intelectual, y como tal las quiero compartir.

De Theodor Fontane, novelista y poeta alemán considerado el principal exponente del realismo literario en Alemania, es  “los libros tienen su orgullo: cuando se prestan, no regresan nunca”.

La archi conocida cita de Borges “uno llega a ser grande por lo que lee y no por lo que escribe”, tiene notables antecedentes. Un ejemplo ilustre es el de Máximo Gorki, cuando en carta escrita a su amigo y colega Antón Chejov, fechada hace justo ciento veinte años y recogida en esa joya editorial que es el epistolario entre ambos, le comenta “yo soy más lector que escritor y sé que, aunque le lean como, según parece, nunca se ha leído a nadie –hablo del número de ediciones-, siempre se le comprende igual de mal”. Y esto se enlaza con lo que dijo el sabio pedagogo y filósofo norteamericano Ralph W. Emerson, “el buen lector es el que hace el libro bueno”.

 “La verdadera universidad en nuestros días consiste en una colección de libros”, escribiría Thomas Carlyle, historiador, crítico social y ensayista escocés.

Y retomando el enunciado de Nazoa, otro intelectual de Nuestra América, el mexicano José Vasconcelos sentenció, “un libro, como un viaje, comienza con inquietud y se termina con melancolía”.

 Pero mi favorita se debe a Herman Hesse, quien se desempeñara alguna vez como librero y autor de más de cuarenta títulos, uno de los más conocidos El lobo estepario es reflejo como pocos títulos de sus angustias existenciales, nos legó esta reflexión cargada de esperanza: “Todos los libros del mundo no te dan felicidad, pero te conducen en secreto hacia ti mismo. Allí encuentras todo lo que necesitas, el sol, las estrellas y la luna, pues la luz que tú buscas habita en ti mismo. La sabiduría que buscaste en las librerías reluce en cada página…Y ahora es tuya”.