CLAUDIO, QUIQUE, SUSANITA Y EDUARDITOS

Había una vez una escuela frente al mar.

Mejor dicho, había una vez una escuelita (porque todos los alumnos eran muy pequeños).

Bueno, no eran alumnos, eran solamente niños chiquitos. Iban a la escuelita para ver el  mar.

Aunque, no. No estaban allí para ver el mar solamente. También estaban en aquella escuela para ser como nosotros  (las personas mayores).

Es decir, debían aprender a ser  niños comunes y corrientes para llegar a ser personas normales.

Ah, porque no eran solamente niños chiquitos; también eran niños diferentes.

Diferentes a los demás (¿alguien dijo que eran especiales, únicos, excepcionales? sí, alguien lo dijo).

Yo era la Persona Mayor que los enseñaba a cambiar, a dejar de ser diferentes para ser  iguales a los demás.

Y eran muchos niños diferentes. Tantos, tantos que yo imaginaba que estaba enseñando a cambiar al mundo entero.

Pero ahora sólo recuerdo a Claudio, a Quique,  a Susanita y a los dos Eduarditos…

Parece que  a Claudio no le gustaba jugar, porque siempre andaba por los rincones; se quedaba sentado, mirando al grupo desde lejos.

Claudio tenía los ojos verdes. Tapándose la  boca con las dos manos, miraba cómo los demás varones jugaban a patear la pelota.

¿Por qué Claudio era diferente?, porque cuando la Persona Mayor  buscaba a Claudio, lo encontraba tirado en el suelo, mientras los demás varones le daban patadas (¿cómo a la pelota?).

-¡CLAUDIO!- yo gritaba. Pero, entonces él se reía y me miraba muy verde, tanto, que la hierba olorosa empezó a crecer en mi corazón.

Quique también se alejaba de los gruposque jugaban con palos y pistolas. Yo creo que a Quique le daba miedo esas guerras mundiales que se armaban en el patio de la escuela.

Pero  yo le ponía una metralleta plástica en sus manitas y lo empujaba; yo lo metía en el grupo.

Quique se dejaba empujar, él entraba. Y, con los ojos casi cerrados se quedaba en medio de la matazón, abrazando la metralleta.

¿Y por qué Quique era diferente?, porque cuando la Persona Mayor buscaba a Quique, lo encontraba en el lugar más escondido de la escuela (dentro de un closet, por ejemplo).

Allí, Quique estaba escondido, sentadito, con un pañito cualquiera amarrado a la cabeza y una muñeca en los brazos.

—¿QUÉ HACES, QUIQUE?— preguntaba yo, alto.

—Durmiendo a la niña— contestó, sin dejar de mecerla. Y, bajando los ojos, siguió tarareando:

niña-muñeca
niñita mía
muñequita mía
tu mamá te duerme
duérmete ya
niña-muñeca
tu mamá se va…

Entonces, Quique se arrancó el paño de la cabeza, se levantó de la sillita, me dio la muñeca y agarró la metralleta (sin mirarme).

Pero yo sabía que Quique estaba llorando;  desde entonces, en mi cerebro seformó un ríode lágrimastransparentes.

Como dije, eran dos Eduarditos. Uno gordo y otro flaco. Uno blanco y otro negro.

 El Eduardito negro era el flaco y parecía igual a todos los demás varones, no tenía nada raro.

Bueno, no tan igual porque era enanito, como un chicherekú. La madre le ponía ropa de ¨canastilla¨. Eduardito, el negro, tenía seis años y usaba zapaticos para bebés de meses.

El enanito andaba llorando en silencio por la escuela porque era tímido, tenía miedo. Yo descubrí su sentimiento cuando llegó, lo presenté y los demás niños empezaron a burlarse.

—JAJAJAJAJA— se reían todos.

Desde entonces, dondequiera que iba Eduardito, las personas mayores y menores se reían y el enanito negro jimiqueaba mientras se tapaba la carita mojada. Así estaba en el aula, en el comedor, durante la siesta, el recreo… siempre con aretes y pulsas, vestiditos y una carterita roja.

—  ¿Por qué lo viste con esa ropa, siendo varón? — le pregunté a la madre.

— Es que ya tengo tres varones, ¡parí otra vez para tener una hija hembra! ---me contestó ella.

— ¡Pero él es Eduardito! — exclamé.
— ¡No, seño, yo soy María Caracoles! — gritó el negrito y, levantando las puntas de su faldita, empezó a bailarmozambique, en tanto, la madre aplaudía y reía a carcajadas.

—JAJAJAJAJA JAJA

—Yo también aplaudí, pero no me reí, porque Eduardito seguía bailando pero no había dejado de llorar. El enanito flaco vestido de hembra bailaba con la carita llena de lágrimas.

Mientras, abrí su carterita roja y vi que guardaba una flor; una flor de papel pero con perfume. Y ese olorse metió por mis narices hasta el pecho y desde entonces, mi corazón huele a flor verdadera.

Eduardito el blanco era gordo y parecía igual que los demás varones;tampoco se le notaba nada raro.

Este Eduardito se portaba muy bien en toda la escuela, menos en el inodoro. Yo lo descubrí un día, cuandoel blanquito gordo me dijo:

—Quiero hacer caca — y, sentado en la taza, empezó a llorar dando gritos como un chivo:
¡GUAAAAAAAA! ¡GUAAAAAAAAAAAAAAAA! ¡BEEEEEEEEEEEEE! ¡GUAAAAAAAAAAA! ¡BEEEEEEEE!

Eduardito no cerraba la boca, no paraba de gritar. Entonces, todas las personas mayores y menores de la escuelita se asomaron  a la puerta abierta del inodoro, donde el gordito –con las nalgas al aire- berreaba.

—¡¿POR QUÉ LLORAS, EDUARDITO?!— preguntamos todos(berreando también).

—Porque no quiero hacer caca.

Fue la respuesta de Eduardito, el blanco gordito.

Con las nalgas al aire siguió berreando y todos se aburrieron y se fueron.

Entonces, Eduardito (el blanco) empezó a registrar sus bolsillos. Y sacó un pañuelo azulpara secarse el sudor y sacó un pañuelo amarillo para secarse las lágrimas. Hasta que sacó un pañuelo rosado y mepreguntó:

— ¿Tú sabes limpiar…?

— ¿Qué? ---pregunté.

— Fondillos ---contestó Eduardito.

—Entonces, cuando yo iba a tomarel papel higiénicoél me detuvo, explicándome:

— No, los fondillos se limpian con pañuelos rosados, toma.

¿Ven?, así fue como yo aprendí el significado de los colores y la importancia de tener un culito propio.

Susanitaera bonita: con rizos de tornillitos y ojos (azules no) como espejos. ¡Qué bonita era aquella mulatica de tres años!

Pero, su mamá dijo:

—Ella se cree macho—. Y agregó: —Así no la quiero.

De manera que la madre obligaba aSusanita a que fuera la niña más niña del mundo; por eso la vestíacon batas de encajes y florecitas, lazos y maripositas;le pintaba sus uñitas de rosado perlado y su boquita de rojo clavel.

Y en su cabecita –dura como palo- le hacía trencitas con estrellitas y le ponía ¡dos gigantescos lazos de organdí!, mientras decía:

— ¡Susanita es hembra!¡Tengo una hija hembra!

A la derecha, un lazo azul cielo; a la izquierda, un lazo colorflorero.

Y, yo, la Persona Mayor de la escuelita —la que cambiaba a los niños diferentes— ponía sobre la mesa dos juguetes: un bebé de goma y una espada de doble filo.

Entonces, Susanita, mirándome directo a los ojos, me dijo:

— ¡Tú sabes que yo voy a coger la espada! — mientras,  se arrancó los lazos, sacudió la cabeza y las trencitas se pusieron de punta mientras las estrellitas salieron volando.

Y la niñita se fue  dando espadazos al aire.

Así fue como —en la escuela frente al mar— yo cambié.

 Nunca más fui una persona mayor igual a las demás. Nunca jamás volví a ser común y corriente.

Porque, desde entonces, en lo alto de mi cabeza crecen muchos lazos: a la derecha, lazos azul cielo; a la izquierda,color ciruelo (me crecen lazos  amarillos también, al centro).

2013, enero, La Habana