Mi televisor me saca a bailar

Mi televisor me saca a bailar

  • Lo que me enamoró del arte fue la escena musical, sobre todo en los medios, pues con mis padres y gracias a ellos, disfrutaba en mi televisor. Foto tomada de Cubahora
    Lo que me enamoró del arte fue la escena musical, sobre todo en los medios, pues con mis padres y gracias a ellos, disfrutaba en mi televisor. Foto tomada de Cubahora

No; no es ciencia-ficción. Casi literalmente, mi televisor me ha sacado a bailar (y cantar… síntoma de felicidad) varias veces desde niño, con relativa frecuencia, no tanta como quisiera. Y lejos de reservar cita con ningún psicólogo, sugiero a todos aprender y dejarse llevar por estas locuras hermosas y buenas que nos extasían, nos hacen comprender mejor el mundo y vencer sin frustraciones toda miseria humanoide: funciones básicas de las grandes artes.

Hijo de pintor y de una madre con sobradas dotes para el canto, en mi inicio escolar me destaqué como monitor de artes plásticas —hasta aprobar para San Alejandro, aunque nunca me decidí a matricular—; también fui avanzado en escenificaciones y coros, así como en la escritura de mis primeros cuentos y enseñando a leer a los de grados superiores. Sin embargo, lo que me enamoró del arte fue la escena musical, sobre todo en los medios, pues con mis padres y gracias a ellos, disfrutaba en mi televisor (otro aparato entonces, pero de igual tradición) de aquellos fabulosos music hall de Broadway, zarzuelas, operetas y revistas musicales y en radio Nocturno, que en mis primeros años, ya cantábamos completas de memoria mi hermano mayor y yo para sobrevivir los apagones y que fueran menos agónicos; confío que los vecinos lo valoraran igual. Fue de mis cuatro primeras vocaciones y, de alguna manera, todas las he realizado en una: se siente como ser veterinario, cosmonauta y policía, por mi amor a los animales, las aventuras y las ciencias, y la justicia. 

Todavía no entiendo cómo algún crítico las calificó “artes menores” por “superfluas”; aún en el siglo XXI. Otro las despreciaba al tratar sobre el amor, “tema menor”; me apenó la triste vida amorosa que habría sufrido ese crítico, o quizás su hipocresía para tan a destiempo, ser “políticamente correcto” con el más estrecho “realismo socialista”. No todo artista puede actuar, bailar y cantar en mayúscula, sin olvidar sensacionales partituras y coreografías sin las cuales hoy la danza no habría progresado tanto; y aún cuando hay dobles (no tan común como la envidia cree, y totalmente válidos y no menos arte), hay arte en sus ediciones, direcciones, fotografía, montajes, guiones inteligentes y muchos muy bien hilvanados y más creativos que algunos sublimados por tales críticos, aunque no sean panfletos de “lucha de clases” y justicia social sin dudas inaplazable; pero si sabemos leer, estas divertidas comedias (y no comedias), inevitablemente, más explícita o implícitamente, trascienden sus limitantes de época y censuras, en otro camino a una justicia social más genuina.

La danza eterna del miércoles 17 de enero fue el detonante a estas líneas: agradezco a los espacios que supieron promoverlo con escenas que esta vez, me impulsaron a buscarlo frente a la sana competencia de canales, y grabarlo, además; entre los programas que tanto merecen por sus aportes, y tan poca promoción y atención reciben de nuestros críticos. Dedicado a la danza en el cine musical estadounidense a solicitud del público, este espacio demuestra que la cultura cubana no es chancleta  —como oí decir a otro realizador sin ningún pudor por tamaño populismo— o al menos no solo chancleta, además de que hay buena chancleta, que no era la que él refería. Desfilaron escenas antológicas, patrimoniales, desde 1935 (Cazadoras de fortunas) hasta 2017 (Descendientes): Hello, Dolly; Les girls, Burlesque, Cancán, Los caballeros las prefieren rubias, Dulce Caridad, Vaselina, Víctor Victoria y Flashdance. Me devolvieron lo mejor de mí: yo era de nuevo aquel niño erizado, casi a punto de llorar por la emoción, tan en aquellos pasajes y artistas (muchos sin conocerlos, a menudo simple cuerpo de baile que de simple no tiene absolutamente nada) que sí, desde otra galaxia, lejos de evadirme como condenarían aquellos críticos, comprendía mejor la nuestra para, fortalecido, solucionar mejor sus retos, ya sin estrés ni otras afecciones rutinarias, como las estrellas en el firmamento entre las que viví.

Felizmente, no es el único espacio: el menos marginado por la promoción ha sido su decano De la Gran Escena, del que me confieso apasionado coleccionista y aprendiz. No siempre todo respalda su título, pero no por ello deja de ser un Maestro que abre el diapasón a otras artes mayores como las circenses, otro gran marginado entre las artes, y explica ese espectáculo en que no importa lo que suceda, el “show must go on”… slogan del gremio sobre sus increíbles y continuos sacrificios, para solaz de todos y celos anti-profesionales de aquellos criticones (no críticos, no confundir) que hurgan en las manchas del sol y despojan de cascabeles sus látigos envenenados por sus propios malogros.

Similarmente, nos rejuvenece Rodando el musical, que persigo y grabo para mi regocijo y crecimiento personal y el de mi madre, durante los raros momentos de tiempo libre; Bravo, algunos momentos del canal Clave, o sorpresivamente, los vídeos que nunca vimos en aquellos Nocturno, propuestas que lamentablemente, pierden público sin la promoción necesaria, pero si los vemos, palpamos que la felicidad, aunque sean momentos (¿qué si no?), urge para ser mejores personas y encarar mejor la vida, y también existe; pues en esos instantes circula por nuestras venas —hacia y desde el corazón, el cerebro y sobre todo, nuestras almas emocionadas—, tocados por el don de sabernos vivos al sentirnos sensibles.