Una re-lectura psicoanalítica del filme Verde Verde

Una re-lectura psicoanalítica del filme Verde Verde

  • Ese filme está caracterizado —básicamente— por una gran carga dramática y un crecimiento gradual y paulatino de la tensión emocional que generan en el espectador las escenas sexuales, tan apasionadas como violentas. Foto tomada de Internet
    Ese filme está caracterizado —básicamente— por una gran carga dramática y un crecimiento gradual y paulatino de la tensión emocional que generan en el espectador las escenas sexuales, tan apasionadas como violentas. Foto tomada de Internet

La  homofobia es una neoplasia social

Frank Padrón

En homenaje al Día Mundial de Lucha contra la Homofobia y la Transfobia, he decidido ofrecerles a los lectores una re-lectura psicoanalítica del filme Verde Verde, del maestro Enrique Pineda Barnet, Premio Nacional de Cine 2008.  

Dicho largometraje es el “que más profundamente encara el machismo y la homofobia en el archipiélago cubano, de una forma nada complaciente. Es garantía de mucha polémica y de incomodidad para aquellas personas dogmáticas que no querrán cambiar su forma de pensar “verde, verde” ꞊ maduro”. (1)

Esa frase evoca en mi archivo mnémico un fructífero diálogo que sostuve con el periodista Francisco Rodríguez Cruz, columnista del semanario Trabajadores, y con el licenciado Camilo García López-Trigo, acerca de la pertinencia o no de realizar un análisis psicodinámico de la homofobia.

Si bien el Psicoanálisis nació, creció y se consolidó en el campo de la clínica psicológica y psiquiátrica, la homosexualidad —como entidad nosográfica— fue excluida de la Clasificación Internacional de Enfermedades Mentales desde hace casi tres décadas.

El edificio teórico-conceptual y metodológico en que se estructura el genial aporte del psiquiatra y escritor vienés Sigmund Freud (1856-1939) al desarrollo de las ciencias neurales, no solo se circunscribió a esas disciplinas biomédicas, sino que trascendió sus estrechas fronteras. Y llegó, incluso, a incursionar —con éxito discutible— en el arte (en todas y cada una de sus manifestaciones), la literatura, la antropología cultural, la religión, etc. Ahí radica, en mi opinión, su mayor virtud y su mayor defecto.

No creo que la interpretación psicoanalítica dada por mí a la conducta homofóbica que suelen presentar algunos seres humanos con orientación homoerótica oculta o encubierta, pueda ser tergiversada o distorsionada. Y, consecuentemente, percibida como expresión de un cuadro clinicopsicológico o psiquiátrico y no como la lucha fratricida que se entabla entre el yo (conciencia) y el superyó. Definido este último como el código ético-moral que, condicionado por la familia, la educación, la cultura, la sociedad y la religión, mediatizadas por el machismo y la homofobia, regula la conducta del homo sapiens en el medio donde interactúa con sus semejantes.

El largometraje Verde Verde refleja —desde una óptica estético-artística por excelencia— cómo se desarrolla el antagonismo yo-superyó. Proceso intrapsíquico que puede llevar al sujeto a la neurosis (no como consecuencia de su orientación sexual diferente, pero sí como manifestación clínica del conflicto emocional que padece), y en ocasiones, al homicidio, como se puede apreciar en esa cinta.

En la misma medida en que se ataca frontalmente a la homofobia, se describen los rígidos patrones conductuales en que es educado y formado, en el contexto sociofamiliar, cultural y escolar, el macho, varón, masculino, como diría el doctor Julio César González Pagés.

Ese filme está caracterizado —básicamente— por una gran carga dramática y un crecimiento gradual y paulatino de la tensión emocional que generan en el espectador las escenas sexuales, tan apasionadas como violentas.

Carlos (interpretado por el carismático actor cubanoamericano Carlos Miguel Caballero), informático aspirante a aviador, huye desesperadamente por los laberintos de la cueva del Minotauro, en busca de una salida para evitar ser «devorado» por la bestia mitológica. Símbolo del miedo enfermizo a la homosexualidad latente, que lucha por abrirse paso para llegar a la conciencia.

En su fuga por escapar de sí mismo y por tranquilizar el superyó, que lo hostiga sin piedad, tropieza con apariciones que le obstruyen el paso y lo harán caer en las redes del placer que le produce el hecho de tener un encuentro íntimo con una persona de su mismo sexo.

En un bar del puerto capitalino, Carlos conoce a Alfredo (Héctor Noas, actor con una gran experiencia y probada profesionalidad en los diferentes medios donde ha incursionado), paramédico de navegación mercantil.

El navegante invita a Carlos a su hogar en el puerto y ocurre lo que el informático aspirante a aviador tanto ha temido, y ahora tiene que afrontar, porque lo desea desde lo más hondo de su ser: la relación carnal con otro hombre. Hecho que le haría adquirir conciencia de su verdadera orientación sexual (la bisexualidad), y al mismo tiempo, desencadenaría el combate sin cuartel entre el yo y el superyó hasta que acontece el desenlace fatal.

El maestro Enrique Pineda Barnet, para proyectar en la pantalla grande los conflictos intrapsíquicos que atraviesan no pocos hombres para aceptar su condición gay, enmascarada por el machismo y la homofobia, aplicó sus vastos conocimientos psicoanalíticos al campo del séptimo arte.

Por último, espero que los lectores hayan quedado convencidos de que la teoría psicoanalítica ortodoxa es válida para analizar esa aberrante manifestación, calificada por los sexólogos como homofobia; aberración que —según el crítico, escritor y periodista Frank Padrón— configura una neoplasia social con las más disímiles metástasis.    

Nota:

(1) Camilo García López-Trigo. Verde verde: las raíces de la homofobia. www.uneac.org.cu (Moviendo los caracoles).