Adiós al Zumba

Adiós al Zumba

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Escritores, periodismo cubano, cuento, humor cubano
  • Héctor Zumbado.
    Héctor Zumbado.

Comadres y compadres: les juro por lo más sagrado, por mi madrecita, que la próxima vez que yo salga a la calle y vea que se me aproxima una dama de rostro marchito y mirada tenebrosa, quien oculta entre sus negras vestiduras una guadaña, voy a dejar una raya, como dice el sermo vulgaris cubensis para significar huir despavoridamente.

Sí, porque de seguro se trata de la Parca Átropos, la lúgubre encargada de cortar el hilo de la vida. Enseguida me explico.

Hace un chorro de años Héctor Zumbado Argueta, Oscar Cuesta Torres y este infeliz emborronacuartillas, en medio de un jolgorio –bien rociado, claro está– fundamos la revista Sol y Son, que se distribuye en los vuelos internacionales de Cubana de Aviación.

Ahora, en menos de un mes, los dos primeros han emprendido el viaje definitivo, dejándonos más solos que un center fielder. De ahí mis prevenciones, no vaya a ser que la tétrica personaja esté dedicándose a un pedido especialísimo.

Ah, El Zumba

 Algún semibiógrafo se atrevió a bosquejar un plano de sus periplos: “estudiante de bachillerato en EE.UU, cuasi-graduado de comercial en Kentucky, aprendiz de torero, traductor comercial, cobrador de una firma de navegación y vendedor de laticas de jamón del diablo en Venezuela, auditor en una empresa de electricidad en Haití, archivero en una agencia de seguros, vendedor de equipos de oficina, mezclador en el laboratorio de una fábrica de desodorantes, publicista y teórico de la croqueta en Cuba”.

Pero hablé de “periplos”, palabra que obliga a que un viaje tenga regreso. Y El Zumba fue cubanísimo, hasta cada uno de sus escasos glóbulos rojos. Por eso siempre retornó, a menudo como un perro apaleado, hasta su San Cristóbal de La Habana. No en vano se daba golpes de pecho autotitulándose “un almiquí de El Vedado”, a pesar de ser hijo de padre tico y madre nicaragüense.

Sí, cubano arrebatado, a matarse. Hasta el punto de que, en su apartamento, el título que obtuvo en alguna institución docente norteamericana estaba atornillado sobre la taza sanitaria. Como todo un símbolo de su credo, archienemigo del american way.

El patriota

Cuando estalla, radiosa, la alborada del primero de enero, El Zumba es un bon vivant, un playboy. Jamás debe olvidarse que La Habana es entonces la segunda capital del planeta de la publicidad, después de la neoyorquina Madison Avenue, la “capital de los sueños”.

A aquel jovencito publicitario le entra el dinero a chorros.

Pero olvida todos aquellos amables desempeños. Se viste de miliciano. Toma su hierro como todos nosotros y trae consigo una boca capaz de proyectar chisguetes de ácido de acumulador y empieza a disparar, despiadadamente, contra los males que nos corroen.

Quizás su hallazgo superlativo fue diagnosticar a cierta especie social, que seguimos padeciendo. Sucede que, a menudo, se tacha de “conflictivo” a quien denuncia, a camisa quitada, las costras de nuestra sociedad. Pero, a pesar de su mal ganada fama de verdugo, era un hombre de finísima sensibilidad. Para quien lo dude, le dejo las líneas de este minicuento estremecedor:

El tipo que creía en el sol

Y todo a media luz
A media luz los dos
A media luz los besos
A media luz de amor.

El tipo era de ese tipo de gente. Aunque no se sabía bien la letra, y las cambiaba todas, era de esa gente que creía en los tangos. Y un tipo que cree en los tangos es un tipo con el que hay que tener cuidado.

Este Gardel cotidiano, que a veces se desdoblaba

en Bartolomé Moré
en Toña la de Veracruz
en el increíble Mozart
en uno de los Beatles
(o en los cuatro a la vez)
en Rimsky Korsakov
en Méndez, José Antonio
o en Peza, Juan de Dios

Este Gardel cotidiano, tenía tremenda fe en el dado. Era de esa gente. Que creía. Creía en las posibilidades, aunque estuvieran encaramadas en el lomo de Rocinante. Era de esa gente. De ese tipo de gente que si su equipo tenía tres carreras abajo, el noveno inning, nadie en base, con dos out, oscureciendo y empezando a llover, decía:

—Ahora, ahora tú verás que empatamos.

Y, bueno, con un tipo así no se puede. Con un tipo así todo es posible.

Por eso un día ¡se le ocurrió enlatar el sol! No sabía cómo hacerlo. Pero sabía, intuía, presentía, creía que se podía hacer. Y eso era suficiente. ¡Qué vacilón! ¡Enlatar el sol! Meterlo en laticas. Y ponerle una etiqueta:

Tropical Sunshine
Abra por la línea de puntos.
250 gramos de cálido sol tropical
Tibio y sensual.
Radiante y juguetón.
No guardar en lugar fresco.

¡Qué vacilón! Coger todo el sol que sobre. El de la acera del sol, por donde nadie camina. El de las doce del día, que hace arder la guardarraya. O el que cae pesadamente en los tramos de la costa, calentando el diente de perro. Todo ese sol. Cogerlo y meterlo en laticas. Y mandarlo para allá fuera. A Europa. En invierno, que es cuando el sol se pierde y no hay quien se empate con él.

¡Excelente renglón de exportación! ¡Qué vacilón!

Y con su latica bajo el brazo salió a vender su idea. A persuadir. A convencer. A trasmitir con el brillo de los ojos la posibilidad de lo posible.

Pero por cosas del azar, no dio con los receptivos. Esos que cuando escarban la tierra con los dedos no piensan en la higiene de las uñas, solamente en la semilla.

Esos que si tienen que ir a pie hasta Santiago se llevan una buena tumbadora. Dio con los otros.

Esos que están hechos de suave plastilina (...) Que prefieren la orillita de la playa y se pierden el azul que hay en lo hondo. Esa gente que camina despacio por la vida (...) que ven fantasmas en las noches de trasluz y se detienen a mirar las hojas muertas del rosal. Esos que solo ven el arco iris cuando llueve nada más.

Se puso fatal. Con esa gente, casualmente, se empató. Con los precavidos. Los comprimidos. Los monocromáticos y calculosos. Los plastilínicos y siempre dudosos.

Y, claro, le dijeron ne, niente, never. A otra cosa mariposa. Primero le analizaron la idea. Mmm... ¿Enlatar el sol? La calcularon. La estudiaron. La batieron. La exprimieron y la plancharon.

Y lo que es peor, trataron de convencerlo. De persuadirlo. De frenarlo. De calmarlo. De clavarle los pies sobre la tierra. Y echarle cal. Y arena. Y piedras. A ver si se estaba quieto. Y se dejaba de tanta bobería. Y le dijeron —en tono serio, profundo, profesoral y definitivo:

Chico pero si es que tú no tienes nada
una idea nada más
y entusiasmo
y una gran imaginación
—que eso es bueno—
y constancia
y dedicación
y un maravilloso optimismo
pero tú no tienes nada
una lata
y una idea nada más.

Hicieron lo peor que se le puede hacer a un tipo. Aplastarle la ilusión. Romperle en dos el entusiasmo. Plancharle la esperanza.

Y el tipo que creía en el Sol —del encabronamiento que cogió— rompió la lata de un piñazo y se quedó pensando en el Quijote.

Y entonces
súbitamente
de aquella latica chiquitica
lenta
lentamente
empezó a
amanecer.