Agustín Rodríguez Castro, el gallego criollo

Agustín Rodríguez Castro, el gallego criollo

Dicen que prefirió las murallas de La Habana a la imponente de 2 mil 266 metros en su ciudad, por cuya Puerta de San Pedro entraban las calzadas romanas procedentes de la actual Astorga y la metrópoli portuguesa de Braga. Cambió la Catedral de Santa María, allá en Galicia, dedicada a la Virgen de los Ojos Grandes, por la Santísima y Metropolitana Catedral de San Cristóbal de La Habana. Agustín Rodríguez Blanco nació un 29 de agosto de 1885 en la ciudad de Lugo, al noroeste de España, pero su alma era más cubana que la de muchos nacidos aquí.

Al gallego no le bastó con asentarse en La Mayor de las Antillas, sino que la convirtió en su musa. El joven de 16 años, que migró en 1901, quedó prendado por las artes de esta tierra y plasmó aquella fascinación en más de 400 obras que embelesaron e inundaron los teatros cubanos de sainetes y zarzuelas.

La travesía creativa, que comenzó en 1908 con el estreno de su ópera prima Cuba se hunde, continuaría con otros títulos inolvidables de la programación del Teatro Alhambra. El recién contratado apuntador no tardó mucho tiempo en ver representadas sobre el escenario su Ramón, el conquistador, De guardia a motorista, La toma de Veracruz, La mulata, La rumba en España, Qué tiene la niña, Arreglando el mundo y La blanca que tenía el alma negra.

Su alma polifacética no perteneció solamente a las artes escénicas, también fue seducida por el poder de la música, como retrato de una sociedad que abandonaba las viejas tradiciones de su pasado colonial y entraba al nuevo siglo bajo la influencia cultural de su segunda Metrópoli, Estados Unidos. Canciones y sainetes como La cleptómana, Tres gallegos en un tiro, Carne y pescado o ¡Apaga y vámonos!, fueron concebidos para situaciones y personajes-tipo asociados en el contexto de entonces.

Una de sus letras más famosas y universales es Quiéreme mucho, cuya melodía fue compuesta por el maestro Gonzalo Roig. Considerado el segundo himno de Cuba y uno de los temas cubanos más conocidos junto a Guantanamera, El manisero o Siboney, fue estrenado en 1917 por el tenor Mariano Meléndez y grabada, por primera vez por el italiano Tito Schipa, quien lo internacionalizó.

Los espectáculos bajo su dirección en el Teatro Martí son recordados 135 años después de su nacimiento. Concibió los libretos de más de 70 obras entre las que destacan María de la O, Carmiña, La Habana de noche, Amalia Batista o Cecilia Valdés, la más representativa zarzuela cubana. En este lugar desarrolló la más extensa temporada de arte lírico realizada en Cuba hasta 1936, una etapa marcada por las sonoridades de Ernesto Lecuona y las piezas que redactó para él: La Veguerita, La Cubanita o la revista-opereta Mujeres.

Agustín también fue de la gran pantalla, sus guiones dieron vida a filmes como Sucedió en La Habana, El romance del palmar y Estampas habaneras. La naciente televisión cubana tuvo el privilegio de apreciar sus inolvidables espectáculos. El Gran Teatro Lírico ESSO, programa trasmitido por CMQ-Canal 6, representaba semanalmente una zarzuela u opereta en vivo, con una orquesta en el estudio. Ahí participaron conocidas figuras como Blanquita Becerra, Paco Salas, Luz Gil; Ramón Espígul, Julita Muñoz, entre otros.

El gallego acriollado supo representar el sentimiento de cubanía como otros nativos no fueron capaces. Captó con su sensibilidad creativa la esencia de esta isla caribeña y la convirtió en letras de zarzuelas, operetas y sainetes; en puestas en escena y guiones que reflejaron a una sociedad en plena metamorfosis. Al fin y al cabo, a este archipiélago se le adjudica el sabor del ajiaco, por esa confluencia cultural que atrae y se trasforma, llegadas y partidas migratorias, como aquella que hizo desembarcar a Agustín Rodríguez Castro en esta tierra.