Alejo Carpentier, cronista de todos los tiempos (Parte II)

Alejo Carpentier, cronista de todos los tiempos (Parte II)

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Alejo Carpentier
  • Carpentier mantuvo una incansable labor como periodista en distintos diarios habaneros y sostuvo colaboraciones con otros. Foto tomada de Prensa Latina
    Carpentier mantuvo una incansable labor como periodista en distintos diarios habaneros y sostuvo colaboraciones con otros. Foto tomada de Prensa Latina

Los trabajos que Alejo Carpentier escribiera para su columna “Letra y Solfa” en el periódico El Nacional de Caracas, Venezuela, constituyen un acercamiento necesario al retrato de una nación y de un continente en la mitad del siglo XX. Son textos que recogen el espíritu de Venezuela durante los 14 años en que vivió allí, el aliento de todas las diversas fases de la cultura: la música, la danza, el ballet, el paisaje, la plástica, la etnología, la gente, la calle; es como un atlas de la sensibilidad del venezolano que parte no solo de las referencias del particular mestizaje americano, sino, además, desde la percepción estética europea y la vastísima cultura sobre el continente de Carpentier.  

Como muy bien señala la doctora Graziella Pogolotti en el prólogo del libro Visión de Venezuela: “Venezuela ofreció a Carpentier un trabajo estable y bien remunerado que, progresivamente, le dejó el margen de tiempo indispensable para la realización de su obra mayor”. [1]

Maestro de prosa clara y rigurosa, ajena a las concesiones populistas, el periodista Carpentier alteró en innumerables ocasiones la estructura interior de sus crónicas. Unas veces con la intención de explicarse solo formalmente la obra de un autor, otras haciendo énfasis en la temática y en las cualidades de un libro, o simplemente tratando de abrir horizontes para la comprensión y trascendencia de un texto, una figura o un personaje literario.

Carpentier abordó la escritura de autores como Romain Rolland, André Gide, Thomas Mann, George Sand, Fiódor Dostoievski, Herman Melville, Anatole France, Emilio Ballagas, Arthur Rimbaud, Ángel Gaztelu, César Vallejo, Nicolás Gogol y Émile Zola, entre muchos otros.

Asimismo, Carpentier dedicó espacio en su columna para los mitos y la historia de Latinoamérica… A estos temas ofreció una y otra vez su pluma, entusiasmado con el propósito de ofrecer conocimiento y satisfacer lo mismo al simple lector que al más exigente de sus contemporáneos.

Suponía Carpentier que la clave de estos mitos radicaba en continuar siendo enigmáticos y descifrarlos sería, pues, su destrucción. Así describía quien había sido el último buscador del mítico El Dorado, cómo el negro se volvió criollo, las sorprendentes civilizaciones americanas, mezcladas en largo proceso cultural y que exhibe hoy la gran diversidad, de ese pequeño género humano, que somos los latinoamericanos.

Sorprendentemente nos lleva de la mano hasta el parque de La Venta y las hermosas pirámides de Teotihuacán, en México, los petroglifos encontrados en la zona del alto Orinoco, los frescos mayas de Bonampak o los gigantescos dibujos de Nazca en Perú, hasta las contribuciones del etnólogo francés Paul Rivet (1876–1958) sobre la civilización maya, una de las semillas que hizo germinar el sentido de nuestras esencias más profundas.

Así escribe Carpentier del francés que aportó a las teorías del poblamiento americano, en su crónica titulada “Paul Rivet y los mayas”:

Paul Rivet, el eminente americanista francés, bien conocido por los estudiosos de nuestro continente, acaba de entregarnos el fruto de toda una vida consagrada al estudio de la civilización y de la cultura maya (...) Hace ya más de treinta años se hacía ayudar por Miguel Ángel Asturias para realizar una traducción de Popol Vuh, texto fundamental de la cultura quiché (…) se nos ofrece el primer estudio exhaustivo de la cuestión, a la luz de los descubrimientos más recientes de la arqueología mexicana, y contándose con la preciosa ayuda de ciento cincuenta inscripciones recientemente descifradas (…) El libro de Paul Rivet es una valiosísima contribución a la historia de una cultura de la que muy poco se sabía hace menos de cuarenta años. Cultura excepcional, por lo mismo que era autónoma e ignoraba las corrientes que fueron creando, por estratos sucesivos, a través de los siglos, la cultura de los hombres de la conquista. [2]

Carpentier buscó las esencias de las cosas en sus constantes y diferencias, en su permanencia en el tiempo y su trascendencia, describiendo a su paso la ascendente trayectoria de portentoso navegante que fue. Nos aproxima, además, al paisaje americano, tan telúricamente descrito en sus trabajos periodísticos, un deslumbramiento que tiene como uno de sus primeros antecedentes la fuerte impresión que le causaron las mesetas del monte Roraima en medio de la selva amazónica; el hermoso Salto del Ángel, la caída de agua más alta del mundo, con una altura de 979 metros, ubicadas en Venezuela; la Gran Sabana; el páramo andino… Desde entonces insiste en la importancia que los escritores deberían concederle a la relación hombre y naturaleza.

Sus impresiones sobre el Salto del Ángel, paisaje propio de la Gran Sabana venezolana, se describe en la crónica “El salto del Ángel y el reino de las aguas”:

“Luego de cerrar un anchísimo viraje en espiral que casi nos ha conducido a las fronteras del Brasil, el avión vuela, ahora, al nivel de las mesetas. Las nubes que demoraban en la cumbre del Auyan-Tepuy comienzan a levantarse. El sol desciende al fondo de quebradas y desfiladeros. Y, de pronto, los flancos de los cerros se empavesan de cascadas –largos están– dartes refulgentes, con flecos de neblina colgados de la cima (…) Comprendemos ahora cómo, caído de tan alto, rico de tantas aventuras, el Caroní se rehúsa a toda disciplina, rompiendo los cepos que quiso apretarle la dura y sofocante naturaleza de abajo (…) Pero… ¿por qué se empeñan en mostrarme siempre el mismo paisaje en todas partes? Aquí hubiera enmudecido el autor de Eupalinos. [3]

A través de sus trabajos periodísticos en “Letra y Solfa” descubrimos a Carpentier en su búsqueda del génesis amerindio y africano, la simbiosis que se produce en las tierras americanas, de encuentro entre la raza blanca europea, la negra africana, brutalmente arrancada de su suelo para convertir a sus hombres en esclavos en el nuevo mundo recién descubierto. Se desdobla ante el lector la imagen del hombre y los incentivos que dan lugar a su producción literaria; están desdibujados como una repetición de las sucesivas apropiaciones de la historia y la cultura a la que los supuestos “entes periféricos” nos hemos ido entrenando por espacio de cinco siglos.

En 1951 reseña, en su columna, la antología Sabiduría africana, del escritor francés originario de la Guayana Francesa, René Maran (1887–1960). Carpentier intenta hacer justicia al conjunto de su obra:

René Maran fue tomado erróneamente, como un puntal necesario para afianzar la incipiente era de jazz. Y digo «erróneamente», porque se trataba de un hombre apacible y modesto, que en modo alguno quería servir de pretexto para la organización de un estrépito artístico o literario. Por lo mismo, tal vez, sus libros sucesivos pasaron casi inadvertidos así como sus duras críticas al sistema colonial francés. Poco se ha hablado, desde los tiempos de Batouala, de quien permaneció fiel a su temática africana, a pesar de que la época, agotada la moda del «negrismo», derivara hacia nuevas aficiones. [4]

Carpentier, un escritor hispanoamericano y caribeño a la vez –y en ese detalle está la especificidad de su búsqueda de autenticidad– que ejemplifica la confluencia regional de culturas, contextos, etnias, e implicaba un esfuerzo y una lucidez que muy pocos intelectuales de su época tuvieron; entre las excepciones, otros dos cubanos: Nicolás Guillén y Fernando Ortiz. Precisamente esta necesidad de penetrar simultáneamente en la cultura latinoamericana y caribeña, es perceptible a través de su obra periodística desde época muy temprana.

Copiosa y prolija fue la producción periodística de Carpentier durante sus años de labor en El Nacional, muestra de su constante afán por estar actualizado en lo concerniente a la cultura y los problemas caribeños. Pudiéramos mencionar, entre otros, sus reseñas de libros de Pierre y Philippe Thoby–Marcelin, Isabel Aretz y la cubana Lydia Cabrera; sus comentarios a la intervención de Aimé Césaire en el Congreso de Escritores Negros celebrado en París en 1956; sus descripciones de los altares del poblado habanero de Regla, las islas Guadalupe y Barbados; su crónica sobre los huracanes antillanos, donde exclama: “El ciclón antillano habría de merecer, también, los honores de una mitología”; su comparación entre la lotería popular de Valera, el “Juego de los Bichos” de Brasil y la “Charada China” de Cuba; su incursión crítica en las letras de las guarachas antillanas de la década del 50, y sobre la manera de desvirtuar este género y la rumba al introducirlos en el cabaret como un espectáculo de doble sentido, así como su “aterradora pobreza de invención en las palabras y en la música”; el “Panorama del arte haitiano”, donde se aproxima de forma reticente al término “primitivo”; sus “Nuevas luces sobre el vodú”; el comentario sobre las steel bands de Barbados y Trinidad Tobago, las que poseen, según él, “una suavidad, un timbre asordinado y fino, que les comunica una extraordinaria musicalidad”; la crónica denominada “Un teatro popular” que describe una controversia entre “calypsoneros” y analiza sus cualidades musicales, pero cuyo preámbulo demuestra un aguzado sentido de la observación y un inigualable humor criollo; así como las reminiscencias que le traen las lecturas de Saint–John Perse (1887–1975) de su propia experiencia en el ámbito caribeño.

Un conjunto de trabajos periodísticos diseminados en el tiempo, demuestran cómo Alejo Carpentier siguió de cerca el acontecer cultural haitiano. Respecto a la obra de Pierre y Philippe Thoby–Marcelin y el poemario A fonds perdus afirmó:

Este tomo nos permite medir, además, todo lo que ha avanzado la expresión poética haitiana desde hace diez años. Después de haber rebasado un cierto parnasianismo debido al uso de un francés muy puro; después de haber dejado atrás un tránsito de pintoresquismo local, los autores como Magloire Saint–Aude y Philippe. Thoby–Marcelin trabaja una materia que tiende a hacerse cada vez más original. [5]

En Venezuela también recordaría su patria más cercana y los artistas “valiosos” que habitaban la isla. Cuando Carpentier trabajaba para el periódico La Discusión, específicamente cuando se ocupaba de la sección de Teatro, descubre en su quehacer a Rita Montaner, lo cual recordará en una crónica para El Nacional: “Una tímida cantante se presentaba al público por primera vez, en la pequeña Casa Falcón de La Habana, su programa era el de todas las principiantes: un poco de renacimiento italiano para demostrar algún dominio de los clásicos, algún lied alemán, una romanza francesa, una melodía de Tosti, para alardear de ópera…”[6] El periodista Alejo reconoció el talento de la joven y le siguió los pasos a Rita Montaner hasta su triunfal debut en París del cual también escribió.

Leer el periodismo carpenteriano , las crónicas escritas para El Nacional en su columna diaria “Letra y Solfa”, es descubrir a otro Carpentier, aquel que aprehendió de sus experiencias culturales todo ese mundo erudito que desplegó con maestría en su obra de ficción.

Se confirman en él los fuertes vínculos y la gran significación que tuvo Venezuela para el novelista y ensayista cubano, así como el talento del cronista que consiguió transformar en duradero lo que podría resultar efímero y circunstancial. Su labor periodística convencerá a los escépticos de los amplísimos vasos comunicantes entre literatura y periodismo.

Notas:

[1] Editorial (2015): “Carpentier periodista”. Consultado en: www.fundacioncarpentier.cult.cu

[2] Alejo Carpentier (2004). Visión de América. La Habana: Colección Voces. Editorial Letras Cubanas, p.81–83.

[3] Ídem, p.14–20.

[4] S/A: “Alejo Carpentier en su búsqueda del génesis Amerindio y Africano”. RCL: Revue de littérature comparée, 2002/2 (no. 302), p. 167-177.

[5] Ídem.

[6] M. Rojas Rodríguez (2014): “Carpentier de cerca”. Granma. Consultado en www.granma.cu