Argelio Santiesteban: “soy un privilegiado por la buena suerte”

Argelio Santiesteban: “soy un privilegiado por la buena suerte”

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Escritores, Argelio Santiesteban, Radio Progreso, Emilio Comas Paret, UNEAC, historia

Dialogar con el escritor y periodista Argelio Santiesteban (Banes, 1945), Premio Nacional de la Crítica 1983, deviene un placer inefable, porque —además de compartir responsabilidades laborales en Radio Progreso, la Onda de la Alegría nos une un vínculo afectivo-espiritual, propiciado por un amigo común: el laureado poeta, narrador y periodista Emilio Comas Paret, quien, al menos en este medio, no necesita presentación alguna.

Desde los años sesenta del pasado siglo, el también miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) escribe para la prensa plana, radial y televisiva. Fue redactor de la publicación universitaria Alma Mater, e integró el equipo de reporteros de la centenaria revista Bohemia y de la agencia extranjera de noticias Reuters.

Fue fundador, junto a los maestros Héctor Zumbado y Oscar Cuesta, de la revista Sol y Son, editada por Cubana de Aviación, de la Brigada Artístico-Literaria Hermanos Saíz (hoy Asociación Hermanos Saíz) y de la televisión educativa (la original), así como co-fundador de los espacios televisivos Puntos de vista y Entre libros.

Es autor de varios títulos, publicados por editoriales nacionales, y dedicados —en su mayoría— a la historia y el folclore cubanos. Ha recibido varios premios, menciones y reconocimientos por su fecunda labor periodístico-literaria, que comenzó desde hace más de medio siglo.

En la actualidad, mantiene espacios fijos en la prensa plana y digital, así como en la radio y la pequeña pantalla insulares.

¿Cuáles fueron las motivaciones fundamentales que orientaron su vocación a favor de la literatura y el periodismo?

Mira, Dueñas, bien recuerdo una época, no tan lejana, en que cuando alguien pronunciaba la palabra “destino” —la ananké de los antiguos— se le abalanzaban sin misericordia, y le gritaban fatalista, anticientífico y oscurantista.

Pero, después, vino el descubrimiento del ADN y de su imperio sobre nuestras vidas; de manera que hoy se puede hablar de factores genéticos sin tener que atrincherarse en un blocao a prueba de bala, napalm y gases tóxicos. Quizás esos factores expliquen mi inclinación por dejar a mi paso estropicios en el periodismo y la literatura.

Ahora hablo en serio: fue mi padre hombre cultivado, líder de la masonería y de su religión, y luchador clandestino contra nuestro coterráneo, el dictador Fulgencio Batista y Zaldívar. La influencia cultural de mi viejo es evidente. Soy su disminuida y chapucera segunda edición.

Además, mi Banes natal era un hervidero de cultura. Imagínate que en los años 50 del extinto siglo XX allí se publicaba Portada, una revista de arte a la cual quisieran parecerse, por un día de fiesta, muchas de las que hoy veo por ahí.

Una vez que se le inoculara en la mente y en el alma ese “virus” que nos acompañará hasta el último aliento, ¿Qué razón especial lo inclinó a reflexionar sobre el idioma?

Soy un privilegiado por la buena suerte, ya que vine al mundo en ese triángulo donde se forjó nuestra nacionalidad, y domino lo que habla el oriental. Alfabeticé en la Sierra Maestra, y conozco cómo se expresan los serranos, que son provincia lingüística aparte. Llevo más de medio siglo en La Habana, y sé cómo se expresa el capitalino. Durante un lustro fui profesor de los homicidas del Castillo del Príncipe, y me enteré de la jerga de la mala vida habanera, como decía el sabio, don Fernando Ortiz.

Con todo ese aval, que me regaló la casualidad, no me quedó más remedio que escribir El habla popular cubana de hoy, libro que tiene ya tres ediciones.

De acuerdo con su opinión, ¿A qué fenómeno sociolingüístico obedece el deterioro en nuestra forma de hablar, al extremo de que hay sectores de la población que se expresan en una jerga ininteligible?

Esos fenómenos suelen ser multicausales. Habría que hurgar en la escuela, en la familia. Pero, que yo sepa, no existe un estudio serio, científico, estadísticamente sólido en torno al asunto, por lo cual pronunciarse al respecto te puede llevar a desempeñar el poco envidiable papel de estar hablando catibía.

Sí me consta que muy poco —o muy mal— es lo que hacen los medios masivos de comunicación en cuanto a ese alarmante fenómeno. A veces, uno sospecha que, después de que los brigadistas Conrado Benítez hicimos lo nuestro, ahora están analfabetizando a la gente.

Los ejemplos abundan, pero solo escogeré dos en cierta radio emisora —cuyo nombre callaré por un problema ético elemental— el Premio Nobel portugués no es Saramago, sino Saramango, mientras el escritor nueviteño no se apellida Cirules, sino Cirueles (según parece, tienen una fijación frutal).

De las innumerables anécdotas registradas en su memoria, ¿Podría relatarnos alguna que le haya dejado una huella imperecedera en el intelecto y en el espíritu?

Sí, recuerdo la noche en que un jurado espeluznantemente distinguido nos entregó el Premio de la Crítica, en su primera convocatoria. El encargado de poner en mis manos el pergamino fue aquel hombre colosal, cuya obra huele a melaza y bagacillo: el doctor Manuel Moreno Fraginals.

En ese momento, allá en el Palacio del Segundo Cabo (hoy en proceso de transformación en museo), él me condecoró con algo más relevante que el premio, porque me dijo al oído: “persevere, siga forjando las cosas como yo: sí, está haciendo labor de hormiguita.”

¿Qué próxima entrega puede esperar, de Argelio Santiesteban, el público lector?

Trabajo desde hace más de cuatro décadas en una cronología de Cuba. Año por año, recojo no sólo los hechos políticos relevantes, sino qué comía la gente, cómo se vestía, qué tarareaba. Algo así como levantamientos de época, sucesivas fotografías de los instantes cubanos.

¿Alguna recomendación a los “pinos nuevos”?

Bueno… que le huyan al vedetismo como a la peste. En un final, nadie tiene derecho al protagonismo, ya que somos simples paramecios que venimos por un ratito a este valle de lágrimas.

Que se ganen el respeto de la gente con el estudio sin límite ni cordura […], los 366 días del año […] si es bisiesto.