Armando Morales: el lugar ideal para el títere también es la calle

Armando Morales: el lugar ideal para el títere también es la calle

  • Foto Reinier Dávalos, Periódico Granma.
    Foto Reinier Dávalos, Periódico Granma.

Recordar al actor titiritero, director, y diseñador Armando Morales a ochenta años de su nacimiento es acto de compromiso con la escena cubana y con los grandes exponentes que han surgido de ella y puesto en alto el teatro cubano.

Hace casi dos años se despidió de nosotros, pero no sin antes dejar una huella en la titirirería antillana que se hace palpable en ese largo camino recorrido desde la Academia de Arte Dramático de La Habana, la permanencia desde su fundación en 1963 junto a los hermanos Camejo y Pepe Carril en las obras del repertorio del Teatro Nacional de Guiñol, el trabajo comunitario por diversas zonas de la geografía cubana, la labor docente llevada a cabo en su país y otras regiones del orbe, hasta su Premio Nacional de Teatro en 2018, por su constancia y legado en el retablo.

Armando inició una carrera titiritera que se consolidó con el paso de los años. Su unión a los hemanos Camejo, Pepe Carril y otros soñadores del arte titiritero, lo hicieron cómplice de un amor inseparable por los títeres que se evidenció en esa entrega incondicional a los montajes del naciente guiñol nacional a inicios de la década del sesenta, a través de obras como El Mago de Oz, La loma de Mambiala, La corte de Faraón, El retablo de maese Pedro, y otras propuestas llevadas a escena, donde más allá de su trabajo actoral, también se encaminó por el diseño, logrando una estética reconocible.

A partir de los años ochenta comenzó a desarrollar una línea unipersonal en sus montajes que le hicieron posible un trabajo más dinámico, logrando establecer diálogo con importantes plazas culturales y artistas de trascendencia.

Nada inusual era encontrarlo en festivales teatrales, encuentros, talleres o cruzadas como la que cada año recorren artistas por las serranías guantanameras. Comúnmente solía vérsele entre jóvenes o consagrados, compartiendo una taza de café, contando anécdotas, dialogando sobre el quehacer escénico de colectivos o artistas.

En medio del arduo ajetreo que propician eventos como el Taller Internacional de Títeres de Matanzas, justamente cuando se celebraba la edición 13 de esa gran fiesta titirirera, tuve el honor de entrevistarlo. Sobre la importancia de Matanzas como gran plaza titiritera de Cuba, me respondió:

«Es cita obligada llegar a esta ciudad y encontrarse aquí con los títeres y los titiriteros. Es sorprendente como esta ciudad con un evento como el Taller Internacional de Títeres se ha colocado en la mira del movimiento titiritero del nuevo mundo. Este evento ha propiciado el encuentro con relevantes artistas del retablo de México, España, Brasil y muchísimas más naciones del planeta. Matanzas es una ciudad hermosa, no en vano se le dice la Atenas de Cuba, y más cuando aquí hay personas como René Fernández, dramaturgo, director, Premio Nacional de Teatro. Es un gran maestro que funda un movimiento a nivel nacional; y le siguen otros grandes creadores como Rubén Darío y Zenén Calero, incansables teatristas que han creado una estética de referencia».

Acerca de cómo valoraría el trabajo que desempeñan los jóvenes en el movimiento titiritero, compartió:

«Uno cuando mira para los lados se da cuenta que ha valido la pena la cosecha; una cosecha fuerte y vigorosa, muy diferente a lo que en los años sesenta se hacía. Ahora mismo me encuentro con otros artistas, personalidades, para evaluar las obras en progreso, y usted los ve trabajando arduamente, a la par de su tiempo y se da cuenta que están ahí a la delantera, aunque yo estoy como ellos, en progreso siempre».

Cuba estaba en las venas de Armando. Su visión de nuestro país, nos sirve para hoy y para mañana.

«Así me enseñaron los Camejo; ¿por qué hacer obras de Dora Alonso? Se necesitaba una dramaturgia cubana. Se necesitaba un títere como Pelusín del Monte que nos representara como país. Y ese compromiso de nosotros los de los años sesenta está en los jóvenes. Y lo más hermoso es que no nos ven ni a René, ni a mí, ni a otros como entes supremos, no están ahí compartiendo el café juntos, convirtiendo el títere en ese elemento que forma parte del arte y la cultura nacional».

A la pregunta de cuál era el lugar ideal para el títere, me respondió sonriente, con esa jococidad que lo caranterizaba:

«En la calle. El títere no necesariamente debe estar en una sala con cámara negra, luces, sonido. El títere históricamente ha estado en la plaza, en la calle, dialogando con su público».

No sabía que aquel encuentro sería la última vez. Poco tiempo después el gran teatrista daba un adiós a la vida dejando una huella imperecedera en el movimiento titiritero cubano. Su legado es y será orgullo del teatro cubano.