Carnaval santiaguero: ESA LLAMA QUE SALE DEL PECHO

Carnaval santiaguero: ESA LLAMA QUE SALE DEL PECHO

  • Dagoberto Gaínza como Santiago Apóstol. Foto: Miguel Noa
    Dagoberto Gaínza como Santiago Apóstol. Foto: Miguel Noa

Mi abuelo siempre se refería  al carnaval santiaguero como el tiempo de los “mamarrachos”, un término que encontró su eclosión en el siglo diecinueve. Es la tipicidad de lo estrafalario, lo colorido, la alegría desbordada que salta a las calles. En el carnaval todo cabe. La ciudad y sus habitantes se desinhiben.

El maestro Enrique Bonne, Premio Nacional de Música, quien estuvo muchos años al frente del desfile artístico de esos festejos, lo ha definido magistralmente: «Eso que se levanta, que viene; eso que sacude la tierra, es el carnaval. Y el de Santiago nunca ha sido un carnaval de lujo, sino un carnaval de pueblo». 

Los antecedentes se hallan curiosamente en procesiones religiosas como la del Corpus Christi. A la par de la devoción, la gente aprovechaba para socializar, comentar…  y relajarse. Hubo festividades antes de cuaresma, hubo costumbre de celebraciones en las fechas de San Juan, Santiago, Santa Cristina, Santa Ana... Olga Portuondo Zúñiga, la Historiadora de la Ciudad, afirma que el carnaval deviene de varias festividades profanas y religiosas que se entrecruzaron, rehicieron y agruparon.   

El carnaval santiaguero tiene entre sus orgullos, agrupaciones centenarias  como los Cabildos Carabalí Izuama y Carabalí Olugo, así como la Tumba Francesa La Caridad de Oriente, esta última declarada por la Unesco, Obra Maestra del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad. Sus raíces bordan la herencia africana y caribeña, la lucha por la libertad y la ayuda mutua. 

Aunque más de una acción revolucionaria se amparó en tiempos de carnaval, cuando en la mañana de la Santa Ana de 1953, el verde olivo asaltó los muros del Moncada, cristalizaron la rebeldía, la cultura y el aliento popular que conforman la fisonomía de la ciudad. Todo en un haz.

Es una historia fértil en acontecimientos, personajes y rivalidades de barrio que, con su sello propio, persisten hasta hoy. Como escribiera un cronista: «es un tambor contento y cantando, prófugo del fuego. Es una lluvia maravillosa, un diluvio… son las carrozas y esas mulatas antillanas y extraterrestres». Esa heredad histórica y artística mereció para el carnaval santiaguero en 2015, la condición de Patrimonio Cultural de la Nación.

Un sonido inconfundible

Pudiéramos escoger muchos rostros para tipificar el carnaval de Santiago de Cuba: el de un capero abriendo su tela brillante en medio de la avenida; el Paseo de La Placita, o acaso, el rostro sudoroso y feliz de los tocadores de la conga de San Agustín o de Los Hoyos.

Lo he escrito más de una vez y lo sigo creyendo. De todos los rostros posibles del carnaval tomo el del actor Dagoberto Gaínza, como un moderno Quijote, con algo fantasmal, sobrecogedor; como una advertencia hacia el futuro, como emigrado del pasado, corporizando a Santiago Apóstol.

Dagoberto sustituyó un día al actor Héctor Echemendía en la obra De cómo Santiago Apóstol puso los pies en la tierra. Raúl Pomares, autor de esa pieza teatral, había tomado como inspiración la escultura del santo a caballo atesorada en el Museo Emilio Bacardí. Es una historia única, un juego de espejos.

La escultura de madera corporizaba a Fernando VII, lo intentaba; aunque nunca fue aceptada del todo. Al morir el monarca español, cargó sobre sí el deseo de muchos de tener una representación de Santiago Apóstol. Así pasó de rey a santo. Sin embargo, su sombrero con el ala frontal hacia arriba, acabaría haciéndole “guiños” a los mambises.

Este es el especial Santiago Apóstol que incorpora en cada carnaval Dagoberto Gaínza. Es la mixtura del santo protector, el guerrero, el mambí. El Apóstol que ha bajado del caballo, que ha puesto los pies en la tierra, que va a arrostrar la misma suerte de su gente.

¿Y la corneta china, su inconfundible sonido?

Sin corneta china no hay carnaval en Santiago. Es el sumun. Sonó por vez primera en 1915, en El Tivolí, barrio de ascendencia francesa. Su primer intérprete fue el joven Juan Bautista Martínez, en la comparsa que dirigía Feliciano Mesa, a quien se adjudica haber traído el instrumento a la ciudad. Y si alguien sabe los secretos de ese instrumento es el maestro Joaquín Emilio Solórzano Benítez:

«Para tocar la corneta china, hay que tener ritmo, oído… dedicarse a ella. Hay que tener fortaleza para soplar, hay que entrenarse en la agilidad de las manos, en la manera de ponerlas; dónde dejar medio huequito, y si aprietas más suave por aquí y más fuerte por allá.

«Luego, la corneta siempre está en un rejuego con los tambores, con el toque de los músicos, con la gente que arrolla. Viene un coro y la corneta china hace como una guía. Cuando uno se va en las invasiones o los desfiles, se necesita saber improvisar. Se improvisa mucho y quien tenga la mente más clara, lo hará mejor. Creo que todo eso hace que sea un instrumento distintivo».

Ese sonido es el llamado a los vivos y a los muertos. Suena el bocú, la tambora, repica la campana. El río inunda las calles de Santiago. Ahora que no se puede por la pandemia, todavía se baila en los recuerdos, Trocha arriba, Martí abajo. Se baila dentro. Se baila siempre, porque en Santiago de Cuba el carnaval no necesita reflectores, es esa llama que sale del pecho.