Cartografiar la Nación: la crítica literaria en La Gaceta de Cuba II

(1971–1990)

Cartografiar la Nación: la crítica literaria en La Gaceta de Cuba II

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La Gaceta de Cuba, 55 años, UNEAC
  • Portada del número 90-91, perteneciente a marzo-abril 1971. Foto tomada de Internet
    Portada del número 90-91, perteneciente a marzo-abril 1971. Foto tomada de Internet

Los años que van desde 1970 hasta inicios de la década del 90 son convulsos para muchos, cargados de bienestar y prosperidad para otros, iniciadores de un periodo de crisis a inicios de los noventa para otros tantos… La etapa conocida en la historiografía nacional como “Quinquenio Gris”[1] –denominada así por el reconocido crítico y ensayista Ambrosio Fornet– se reflejó en las páginas de La Gaceta de Cuba, influyendo, a su vez, en el papel de la crítica y de la propia revista en esos complejos años en el panorama insular.

Al respecto, el escritor Reynaldo González, Premio Nacional de Literatura, se refiere a la “presión por imponer entre nosotros los modelos del llamado realismo socialista”:

Por períodos demasiado dilatados pareció que a nuestros críticos (...) no les gustaba la literatura que hacían los cubanos. Proponían modelos extrapolados o miraban la producción del patio desde coordenadas extranjeras, modelos de creación que consideraban más indicados para el destino de la sociedad y, por consiguiente, se veía la literatura y el arte en su conjunto como instrumentos de ese ulterior destino, medido por cartabones de esa inmediata e impuesta comprensión. Así, hallaremos muchos textos que fragmentan, condicionan, orientan la literatura, pero no una verdadera visión de conjunto y en detalles de ella misma, lo que ofrece desde sus elementos integrantes o en verdad concomitantes[2].

Y agrega el autor de Al cielo sometidos:

La otra manera de la imposición era el silencio sobre obras fundamentales cubanas, porque no hallaban sitio en esos cartabones. El hecho de que la biografía pasiva de autores como [José] Lezama Lima y Virgilio Piñera sea tan crecida en el exterior y tan menguada entre nosotros[3], es solo un ejemplo de la consideración que sus obras tuvieron en el ejercicio crítico de ese período, coincidente con el auge de sus creaciones literarias. Y por ahí, cuando no calzaba una visión «proletarizante», «ejemplarizante», conducible, de la creación artística y literaria, padecía el disentimiento crítico; hasta un punto que no sabían, qué hacer con esos indubitables talentos, esas vidas y esas obras[4].

Por su parte, Carlos Alé Mauri, al tratar el tema, refiere:

El conflicto surge cuando esta tradición [la concepción interpretativa que se aparta del carácter prescriptivo de la crítica, ejercida por Martí, Mañach, Lezama, Carpentier, Marinello, Feijóo] debe articularse con las otredades[5] conceptuales que nos llegan al ocurrir el cambio representado por la Revolución después de 1959. Su costado teórico–metodológico lo expone la intervención de Mirta Aguirre sobre la categoría del realismo y el engendro llamado realismo socialista[6], y su contextualizad estética global la esboza el Che destacando las contradicciones fuertes de la relación arte (sociedad y arte) política, en ese documento polémico y vigente sobre el socialismo y el hombre en Cuba”[7].

En este período, La Gaceta de Cuba se vio afectada dada “la acumulación de trabajos, en primer lugar por la salida irregular de la revista, y en segundo en correspondencia con las exclusiones que planteaba la política cultural”[8]. Lo que conllevó a que, con cierto lenguaje jocoso, se le pusiera ante sus colaboradores el sobrenombre de “La Gaveta de Cuba”. Por otra parte, la publicación de textos muy densos hizo que también se le llamara “La Maceta de Cuba”[9].

En la investigación “El Quinquenio Gris… ¿La Gaceta Gris? (Un acercamiento a la revista cultural La Gaceta de Cuba durante en el período comprendido entre 1971 y 1976)”, Jennifer Enríquez Romero asegura:

La Gaceta…, que en un principio había sido una publicación “abierta” en muchos sentidos, dinámica, culta… queda sujeta, de manera casi absoluta, a la política cultural del momento. El perfil editorial de la publicación de esta etapa va a conservar cierta coherencia con el de los años precedentes. Por supuesto con los reajustes pertinentes, continuaba el interés por publicar las diferentes manifestaciones literarias, así como los eventos relacionados con los aconteceres del campo cultural. ¿Dónde radica entonces la diferencia? En que los autores de las obras literarias no serían los mismos, y los eventos ya no serían de interés puramente cultural, sino más bien político e ideológico[10].

Sin embargo, a pesar de la censura de muchos de los escritores, colaboradores y miembros del consejo editorial, como como José Lezama Lima, Virgilio Piñera, Pablo Armando Fernández, Antón Arrufat, Reynaldo Arenas, Belkis Cuza Malé, Heberto Padilla, Nancy Morejón, Desiderio Navarro, entre muchos otros, y “del contexto del quinquenio gris o decenio negro”, en “el número 100 de la revista, como un suplemento de esta, surgió Criterios, que después devendría en una publicación de vanguardia y centro teórico cultural, ejemplar en el ámbito latinoamericano”, dirigido actualmente por Desiderio Navarro[11].

El periodista Julio García Luis, al realizar un análisis de este período, que lastra sin dudas el periodismo y su visión crítica, resume en lo que llama “una simple enumeración, seguramente incompleta” las “numerosas áreas y momentos en que se expresaron las repercusiones de esta situación en el terrero de las ideas y la cultura”[12] fuera de las repercusiones en el campo literario y artístico:

  • Asunción oficial del “marxismo–leninismo” en su versión soviética y en base a manuales; paralelamente a la supresión de otras perspectivas críticas del marxismo.
  • Sustitución de los estudios de historia por la Historia del Movimiento Obrero y Comunista, con todas las implicaciones ideológicas que esto supone frente a la idea de que en Cuba solo ha habido una revolución.
  • Supresión de la carrera de Sociología en la educación superior y su sustitución por el Materialismo Histórico, con fuertes consecuencias para las investigaciones sociales.
  • Estrechamiento temático, exclusiones y criterios sectarios en las investigaciones históricas.
  • Silenciamiento del hecho del pensamiento del Che durante la mayor parte de los años setenta.
  • Asimilación del modelo económico soviético, su teoría y sus categorías fundamentales.
  • Implantación del sistema Makarenko en la educación, autoritario y ajeno a la tradición pedagógica cubana, humanista y avanzada.

Tiempo después, sería la revista Revolución y Cultura quien en 1981, realizara otra encuesta sobre el tema de la crítica en Cuba.

La Doctora Graziella Pogolotti nuevamente consultada al respecto, aseguró esta vez:

He dicho ya en otra oportunidad, y no voy a volver sobre ello, que el énfasis, en estos veinte años, ha sido puesto en lo que podría denominarse trabajo de base, la tarea de investigación y de establecimiento de puntos de vista indispensables para la existencia de la crítica. No se trata de una labor concluida, sino que habrá que proseguir permanentemente, ahora sí en el imprescindible diálogo entre el pensamiento teórico y la práctica cotidiana[13].

Mientras el crítico de cine José Antonio González, vuelve a comparar la grandeza de la tradición con la decaída situación actual: “¿Por qué y cómo en un país como en nuestro en el que la crítica y la animación cultural cuentan con una tradición riquísima, sobre todo en el siglo XIX y en los años 20 y 30 del presente, hemos llegado a confrontar esta situación?”[14]. Según Enrique Saínz, investigador del Instituto de Literatura y Lingüística, la clave está en la profesionalización de quienes ejercen el ejercicio crítico: “Es necesario que tomemos conciencia de que el crítico es un profesional de la cultura, de la misma manera que el cirujano es un profesional de la medicina y el matemático de las ciencias exactas”[15].

Pero la opinión más ganancial en la encuesta, aquella que abre caminos nuevos para el trabajo crítico, la aporta el crítico Desiderio Navarro. En eta concepción, la única de tal amplitud entre nuestros críticos encuestados, la literatura revela sus aspectos composicionales, al tiempo que el entramado institucional dentro del cual sucede. Para Desiderio Navarro, la raíz del problema estaría en la ausencia de una labor que asuma “la crítica literaria como crítica de la cultura literaria en su conjunto y no exclusivamente de las obras literarias”. Dentro de semejante arco ubicó Navarro:

…el conjunto de los fenómenos y procesos que participan en la comunicación social literaria de una sociedad dada: la difusión de las obras literarias –las editoriales, las revistas y periódicos, la radio y la TV, etc. –; la profesionalización y las condiciones sociales de la escritura –los derechos de autor, los concursos y premios, los talleres literarios, etc. –, y las condiciones sociales de la lectura –la escuela, las bibliotecas, etc. –. Las obras literarias son un correlato, un eslabón de esa cultura, de ese sistema dinámico[16].

Sobre este período comenta Norberto Codina: “Después en los 80, con el movimiento pendular propio de la cultura, pasó a ser La Gacela de Cuba, porque era muy light, con el predominio populista de cierta farándula. Esa tal vez ha sido su etapa más criticada”[17]. En este período exhibía el nombre de Nueva Gaceta, pero el comité organizador del IV Congreso de la UNEAC consideró oportuno una reestructuración de la revista y la primera decisión fue llamarla nuevamente La Gaceta de Cuba, que “retomó parte de lo más importante que la caracterizó en la década del 60, aunque, lógicamente, con la lectura contextual y las circunstancias de los finales de los 80”[18].

Volvería nuevamente Revolución y Cultura a realizar otra encuesta, bajo el nombre “Crítica literaria cubana: repaso y polémica”, esta vez entre marzo–abril de 1991 y enero-febrero de 1992. Según José Antonio Michelena, uno de los organizadores de la mencionada encuesta:

…allí, once escritores cubanos respondieron a un cuestionario que habíamos preparado para cubrir diez temas afines [que abarcaban diferentes aspectos de la crítica literaria]. (...) La encuesta fue pensada y elaborada en 1990 para pasar balance a la década concluida, un período en el que la literatura cubana experimentó cambios renovadores. En los ochenta, los catálogos de las editoriales estaban rebosantes de títulos y grandes tiradas, y las publicaciones periódicas querían ofrecer un reflejo de ese movimiento de ideas. Por esos años tuvieron lugar los memorables Encuentros Teóricos Internacionales de Criterios[19].

Dicha “Encuesta sobre la Crítica Literaria en Cuba” se propone, como se lee en la introducción de la misma, “promover un diálogo entre críticos, teóricos, profesores universitarios, poetas, narradores, ensayistas, editores, y ofrecer sus reflexiones sobre la situación actual de esa disciplina en el país”[20]. A lo que añade dicha introducción: “Han transcurrido veintiún años desde la conferencia que ofreciera Juan Marinello en la Universidad de La Habana, en la cual señaló la indigencia crítica de entonces[21]. Más aún, la década que concluyó también obliga a reflexionar, a repasar cuanto hemos madurado, cuanto hemos avanzado en este campo. Pasemos pues, al examen de la crítica literaria cubana”[22]. Respondieron esta encuesta: Reinaldo González, Enrique Saínz, Virgilio López Lemus, Leonardo Padura, Madeline Cámara, Teresa Blanco, José Pérez Olivares, Eduardo Heras León, Alberto Garrandés, Rinaldo Acosta y Margarita Mateo Palmer.

Para Víctor Fowler, al analizar la encuesta:

De un lado se trata de un sencillo balance de lo hecho en una década, del otro la búsqueda de nuevas coordenadas de pensamiento en una situación de crisis. Mientras la narrativa o la poesía evalúan su estado en términos de consecución, la crítica es leída desde la experiencia de una crisis permanente. La explicación es sencilla: es tanto el tiempo hablando de lo mismo que ya ni siquiera da gusto mencionarlo. Si lo que las respuestas revelan corresponde a opiniones y estados de ánimo extendidos, entonces la condición es trágica; tanto que sorpresivamente, es posible en una encuesta sobre la crítica afirmar la posibilidad de prescindir de ella[23].

A ese prescindir de la crítica se refiere Eduardo Heras León cuando afirma:

Ahora bien, yo no veo el problema en términos de catástrofe, porque la literatura se va a escribir con crítica o sin ella. [...] A pesar de la ausencia de crítica, o a pesar de ella, se dan obras realmente importantes. Porque la literatura, en última instancia, es la propia vida, y la vida nuestra es conflictiva, problemática, angustiada, enajenada, combativa, alegre y triste a la vez, en fin, material de primer orden, carroña humana de primera calidad para ese buitre que es el escritor[24].

También Reynaldo González, aunque desde otro ángulo, participa de la misma molestia. Según su mirada, cuyo foco sería el entramado institucional, nuestra crítica entonces era “un cuerpo que pudo haber sido completamente sano, o al menos, poco expuesto a virus apócales”, y esto se explicaría porque “cuando intereses ajenos a un asunto tercian en él para conducirlo, normarlo, no con intenciones creativas sino de instrumentalización, se daña la comprensión global y, por consiguiente, la praxis. Eso ha pasado en nuestra crítica literaria en un período demasiado largo para olvidarlo o, por edicto, darlo por resuelto. Estamos pagando aquellos entuertos”[25]. A lo que añade González estas palabras que mantienen su vigencia hasta hoy:

El arte y la literatura aprendieron a posponer sus problemas en salvaguarda del gran asunto que era y que es la Revolución. La inadvertencia permitió que no se viera a tiempo que, precisamente en esa ventilación de los problemas del arte y de la literatura se implica una participación moral, capaz de evidenciar una salud de la Revolución. Y que lo contrario, a fuerza de cuidados, hacía sospechar sobre si esa salud, esa unanimidad y esa moral estaban realmente a salvo; ahora, como ya hemos hablado, nos encontramos frente a la solicitud, la demanda, la necesidad del ejercicio de la crítica[26].

Para Enrique Saínz, preocupado por el rol de la academia en la conformación de un pensamiento crítico:

Falta, sí, un ambiente polémico y, especialmente, un ambiente académico, muy importante cuando en verdad tiene el rigor necesario; en ese sentido las universidades y los centros de investigación deben contribuir a lograr ese contexto del saber, que no debemos confundir con el almidonado discurso profesoral, tantas veces vacío en todas las épocas y latitudes[27].

Mientras en narrador y ensayista Leonardo Padura advierte que la crítica cubana “es bastante mala, absolutamente esporádica y practicada con seriedad solo por unos pocos locos a los que les ha dado por eso”[28].

Y asegura, enfatizando en la falta de rigor de muchos periodistas encargados de páginas o secciones literarias o culturales, que:

La crítica literaria cubana padece hace rato de tres característica que las definen por encima de las demás: el oportunismo de algunos «críticos» que no dejan pasar el libro de algún autor importante –cultural o políticamente importante– sin hacer su reseñita laudatoria; segundo: el sociolismo desenfadado con que de escribe de los amigos, para mejorarlos de ese modo; y tercero: la falta de rigor absoluto de muchos periodistas que ejercen como críticos literarios porque «atienden» literatura en sus revistas o periódicos. Esas tres tendencias suelen ocupar bastante espacio y, sumado a la escasez de críticos serios que padecemos, torna el panorama bastante oscuro[29].

Finalmente, la editora Madeline Cámara, citando un artículo suyo publicado tiempo atrás en la revista El Caimán Barbudo, con el título “Nuestra crítica literaria: en busca de una respuesta”, asegura:

Es lamentable que la mayoría de las dificultades que allí enumero mantengan y perniciosa presencia en nuestro panorama cultural y que, incluso, algunas se hayan agravado. Allí me refería concretamente a: 1) no divulgación de la labor del crítico; 2) pobre divulgación de textos de teoría literaria actualizada; 3) insuficiente espacio para la crítica en las revistas literarias; 4) remuneración inadecuada para los trabajos de crítica y ensayo; 5) inexistencia de contextos que posibiliten el debate o el intercambio entre críticos y otras personas interesadas en la literatura[30].

Estos puntos que toca Madeline Cámara y que lastran considerablemente el ejercicio crítico en Cuba, se intensifican de manera alarmante con el llamado “período especial” en la última década del siglo XX. Una época en que:

…la literatura, las editoriales y las publicaciones periódicas cubanas sufrieron notales transformaciones. En ese intervalo se transitó, primero, por el colapso de la mayoría de las revistas, el fin de las grandes tiradas, la era de las plaquettes, el surgimiento de los Centros Provinciales del Libro y la Literatura (CPLL) con sus sellos editoriales, el nuevo protagonismo del mercado, la búsqueda de los escritores de nuevos espacios –fuera de la Isla–; y luego, por la relativa recuperación de las editoriales, la vuelta (nunca igual) de las antiguas revistas junto a la fundación de otras, la adquisición de capacidades poligráficas por los CPLL mediante la técnica risograph; y la presencia rotunda de las nuevas tecnologías de la información y las comunicaciones, con todas sus consecuencias[31].

Notas:


[1] Quinquenio Gris es un término acuñado por el ensayista Ambrosio Fornet que define una etapa donde la política cultural cubana estuvo regida por criterios dogmáticos que limitaron las posibilidades creativas de intelectuales y artistas, muchos fueron excluidos por su preferencia sexual o religiosa. Inició “oficialmente” con el Primer Congreso de Educación y Cultura (1971) y se extendió hasta 1980, por lo que también se habla de un “decenio negro”.

[2] José Antonio Michelena: La crítica literaria cubana. Entre el fuego de dos siglos, Matanzas, Colección Aurora, Ediciones Matanzas, 2010, p. 12.

[3] Aunque no del todo, ni en todas sus aristas e interpretaciones, la deuda bibliográfica con autores imprescindibles como José Lezama Lima y Virgilio Piñera, intentó saldarse con motivo de los centenarios de ambos, en 2010 y 2012, respectivamente.

[4] Michelena, Ibídem, p. 13–14.

[5] En cursivas en el texto original.

[6] Ídem. Sobre las opiniones de Mirta Aguirre respecto al realismo socialista, consultar: Polémicas culturales de los 60. Compilación de Graziella Pogolotti, La Habana, Ed. Letras Cubanas, 2007.

[7] Michelena, Ibídem, p. 9.

[8] Natasha Reyes Escobar: “La Gaceta de Cuba: ¿Periodismo y literatura o, periodismo vs literatura? Una caracterización del Periodismo Cultural de temática literaria en la revista entre 2001 y 2011”. Facultad de Ciencias Humanísticas de la Universidad de Holguín, Holguín, 2013, p. 38.

[9] Ídem.

[10] Jennifer Enríquez Romero: “El Quinquenio Gris… ¿La Gaceta Gris? (Un acercamiento a la revista cultural La Gaceta de Cuba durante en el período comprendido entre 1971 y 1976)”. Tesis de Licenciatura no publicada. Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana, La Habana, 2008, p. 65.

[11] Norberto Codina, en Reyes, Ibídem, p. 38.

[12] Julio García Luis: Revolución, socialismo, periodismo. La prensa y los periodistas cubanos ante el siglo XXI, La Habana, Editorial Pablo de la Torriente, 2013, p. 102.

[13] No. 101, p. 78.

[14] No. 101, p. 79.

[15] No. 108, p. 73.

[16] No. 106, p. 64–65.

[17] Norberto Codina, en Enríquez, Ibídem, p. 132.

[18] Norberto Codina, en Salas, p. 58.

[19] Michelena se refiere al I y II Encuentros Internacionales de Criterios (La Habana, 1987 y 1989), organizados entonces por la revista Criterios, fundada en 1972 por Desiderio Navarro y dirigida por este desde 1982. Ibídem, 2010, p. 7.

[20] Ibídem, p. 9.

[21] En la encuesta realizada por La Gaceta de Cuba en 1969, Marinello asegura que “nuestra indigencia crítica posee, por lo dicho, raíces universales y causas especificas; y si no debe haber sosiego para superar evidentes manquedades, ha de darse espacio para imaginar un cambio milagroso”.

[22] Michelena, Ibídem, p. 9.

[23] Ibídem, p. 16.

[24] Ibídem, p. 49–50.

[25] Ibídem, p. 12.

[26] Ibídem, p. 19-20.

[27] Ibídem, p. 23.

[28] Ibídem, p. 31.

[29] Ibídem, p. 33).

[30] Ibídem, p. 35).

[31] Ibídem, p. 8–9.