Celebra Acosta Danza medio milenio de la Ciudad Maravilla

Danza

Celebra Acosta Danza medio milenio de la Ciudad Maravilla

  • Obra "Evolución". Foto: ACN
    Obra "Evolución". Foto: ACN

La emblemática compañía Acosta Danza, que jerarquiza el primer bailarín y coreógrafo Carlos Acosta, Premio Nacional de Danza 2010, llevó durante dos fines de semana a la sala García Lorca del Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso, el espectáculo Evolución, para festejar —con danza, música, poesía, luz y color— el cumpleaños 500 de la Villa de San Cristóbal de La Habana.

El programa artístico incluyó la reposición de las obras Satori, del joven coreógrafo Raúl Reinoso y música original del maestro José (Pepe) Gavilondo; Fauno, del artista belga Sidi Larbi Cherkaoui; Paysage, soudain, la nuit, del coreógrafo sueco Pontus Lidberg, música del maestro Leo Brower, e instalación de la artista insular Elizabeth Cerviño; y Rooster, del artista británico Christopher Bruce, que incluye canciones clásicas popularizadas en todo el orbe por la agrupación The Rolling Stone. 

Acosta Danza ha incorporado a su repertorio títulos de los coreógrafos Justin Peck (estadounidense), Marianela Boán (cubana), Goyo Montero (español), Pontus Lidberg (sueco), Saburo Teshigawara (japonés), y Christopher Bruce (británico), para que estén representados los disímiles estilos que configuran la danza contemporánea.

Los integrantes de la compañía han interiorizado e incorporado a su estilo único e irrepetible de bailar, que el secreto de la danza contemporánea se halla en la conversión natural y espontánea de los movimientos corporales en sentimientos, los cuales les brotan del alma, al igual que las aguas cristalinas corren por los ríos subterráneos del espíritu humano; movimientos físicos devenidos indicadores teórico-conceptuales y metodológicos en que se estructura ese género danzario, que los miembros de la agrupación cultivan con precisión y exactitud dignas del más cálido elogio, al igual que lo hacen con un ballet clásico o una rumba afrocubana –Patrimonio Intangible de la Humanidad— por solo citar dos ejemplos significativos que confirman la indiscutible integralidad artística de los danzantes.

Por otra parte, los bailarines han descubierto en el director Carlos Acosta, príncipe de la cubanía, tanto en la barra, como en los ensayos, las clases y el proscenio, que danzar no solo se circunscribe a dominar con elegancia y naturalidad la técnica académica y la proyección escénica, sino también a intelectualizar y espiritualizar los movimientos corporales en que descansa el arte de las puntas en general, y la danza contemporánea en particular, tal y como le reiterara —en el contexto docente-educativo y fuera de él— el inolvidable maestro Fernando Alonso (1914-2013), una de las piedras fundacionales de la prestigiosa Escuela Cubana de Ballet, donde se formara como bailarín profesional Carlos Acosta, y consecuentemente, aprendiera a consagrarse a la danza en cuerpo, mente y alma, además de amarla con todas las fuerzas de su ser…, como ha hecho hasta hoy.

Por último, me parece necesario evocar el hecho de que la danza contemporánea es una realidad que fluye y refluye, como las olas de un mar apacible o bravío, dentro de lo inmóvil, y se hace movimiento físico, que involucra emociones, pensamientos, vivencias, experiencias, contradicciones, así como otros estados subjetivos del yo. Al mismo tiempo, la danza es —por derecho propio— efímera y eterna, porque procede de la esfera afectivo-espiritual hacia la cual lleva a los danzantes, y los empuja, con la misma fuerza que —según José Martí— “el huracán arrastra y destruye”.

No me asiste la más mínima duda de que ese espectáculo de lujo llevado a las tablas del Gran Teatro de La Habana por parte de la agrupación Acosta Danza, constituye un cálido homenaje al aniversario 500 de la fundación de la carpenteriana Ciudad de las Columnas.