Che fotógrafo: El alma al desnudo

Natalicio del Che

Che fotógrafo: El alma al desnudo

  • El Che tuvo su primer contacto con la fotografía cuando su padre le regaló una cámara de baquelita.
    El Che tuvo su primer contacto con la fotografía cuando su padre le regaló una cámara de baquelita.
  • «Su amor por la fotografía no era una cuestión de improvisación, había un interés desde el punto de vista de la profesión fotográfica», afirma Lesbia Vent Dumois ( Foto de Liborio Noval)
    «Su amor por la fotografía no era una cuestión de improvisación, había un interés desde el punto de vista de la profesión fotográfica», afirma Lesbia Vent Dumois ( Foto de Liborio Noval)
  • Autorretrato en una habitación de hotel, tomado con la ayuda de un espejo y varios libros, Tanzanía 1965 ( Tomada de https://www.dw.com/es/comandante-fot%C3%B3grafo/a-758483)
    Autorretrato en una habitación de hotel, tomado con la ayuda de un espejo y varios libros, Tanzanía 1965 ( Tomada de https://www.dw.com/es/comandante-fot%C3%B3grafo/a-758483)

El reconocido fotógrafo francés Henri Cartier-Bresson comentaba, en una entrevista publicada en 1971, que la extrañeza de las imágenes estáticas radicaba en la misteriosa capacidad de observar, en su total desnudez, a cada personaje capturado. Por supuesto, al usar dicho término, no se refería a la exposición excesiva de los cuerpos, sino a una inmersión instantánea en el alma del objetivo. Una vez posicionada la mirada tras el lente y presionado el obturador, el sujeto fotografiado quedaría inmortalizado en ese preciso momento decisivo, cual si fuera atrapada una parte de sí mismo.

Cuando se hace referencia a Ernesto Guevara de la Serna, Che —como le conocemos los habitantes de esta Isla y otras tantas latitudes—, es imposible no vislumbrar, automáticamente, el icónico retrato del Guerrillero Heroico en el funeral de las víctimas provocadas por explosión del vapor La Coubre.

El 5 de marzo de 1960 Alberto Díaz “Korda” observaba, a través de su Leica M2 de 35 milímetros, al argentino de 31 años, con la enigmática mirada ante la multitud entristecida en el Cementerio de Colón de La Habana. Lo que separaba su ojo de aquella escena —que se posicionaría entre las cien mejores fotografías de la historia— eran los apenas 90 milímetros del objetivo. Aquel negativo se convertiría en la fotografía más reproducida del comandante revolucionario; una imagen que se ha transfigurado en grafitis callejeros, carteles en marchas sociales, prendas de vestir, tatuajes y otras tantas formas de representación como caben en la imaginación de quienes mantienen viva, en pleno siglo XXI, la figura de Ernesto Guevara.

Sobre aquel día comentaría, después, el autor al periodista Ciro Bianchi:

«Y de pronto el Che, que hasta ese momento se había mantenido detrás, avanza hacia un espacio libre de la primera fila de manera casi coincidente con el paso de mi cámara. Me impactó su imagen al encuadrarla: estaba tocado con una boina negra que lucía su estrella de comandante y llevaba un abrigo de cuero cerrado hasta el cuello. El viento le batía la melena y miraba al infinito… alcancé a hacer unos tres disparos seguidos; un minuto, minuto y medio después, volvía a perderse en el fondo de la tarima», relataba Korda en la entrevista realizada en 1991».

Sin embargo, aunque el Che fue una figura mediática que, tomando en cuenta la expresión de Cartier-Bresson, mostró su desnudez en disímiles ocasiones y nos legó trozos de su historia hechos fotografía, el revolucionario también terminó siendo seducido por la necesidad de despojar la realidad de adornos y prendas innecesarias a través de un lente, inclusive a sí mismo.

DE AMÉRICA LATINA AL CONGO: LA BITÁCORA INSTANTÁNEA

«La distancia no significa ausencia para Ernesto, en cada viaje sus cartas, más o menos regulares según los avatares del camino o su estado financiero, prolongaban el diálogo amistoso. Algunas veces, amante de la fotografía, traían su estampa registrada en las circunstancias más diversas: enfermo en un hospital, irreconocible por la delgadez; sentado en rueda entre indígenas de una tribu de la selva brasileña; gordo, tras una semana de reposo o, también, en una publicidad de El Gráfico»

Tita Infante, amiga del Che

Este interés despertó desde muy temprana edad cuando su padre le regaló una cámara de baquelita, lo que constituiría el principio de una afición devenida oficio temporal y fuente de ingresos posteriormente. Su interés por esta expresión artística y periodística lo llevó a cubrir los Juegos Panamericanos de 1955, en México, y a fungir como fotógrafo ambulante en aquel país de revolucionarios como Miguel Hidalgo, Porfirio Díaz y Emiliano Zapata.

Dicha voracidad fotográfica iba de la mano de su espíritu aventurero y libertario, una suerte de bitácora instantánea que le permitía capturar en negativos los relatos de sus diarios. El joven Ernestito —como le llamaban en el seno familiar— siempre andaba con la cámara a cuestas, un hábito que lo acompañó hasta el suspiro final.

Lesbia Vent Dumois, pintora y grabadora cubana, merecedora del Premio Nacional de Curaduría en el 2000 y de Artes Plásticas en 2019, tuvo el privilegio de observar y analizar parte de la obra fotográfica del Guerrillero Heroico.

«Estudiar la obra del Che me llevó a preguntarme el por qué se hace fotógrafo. Provenía de una familia donde no había ninguno, pero de un país donde esta expresión artística era muy importante. En la década del 40 se hablaba de un movimiento fotográfico muy fuerte en México y Argentina. Él era un fotógrafo que se hacía muchos autorretratos. Descubrí que, siendo un joven, siempre llevaba su cámara a los viajes por América Latina».

Su recorrido en motocicleta a través de Los Andes, el Amazonas y otras regiones del continente; la revolución gestante en la Sierra Maestra; los viajes como diplomático cubano en Europa, Asia y el Medio Oriente, todos fueron documentados a través de dos ojos que miraban al mundo como un espacio común para la libertad, un espacio donde la pobreza era eclipsada por el brillo de las sociedades de consumo y el capitalismo del primer mundo.

Esta mirada inquieta no sólo desnudó ciudades, parajes y personajes desconocidos y allegados, sino que también buscó dentro de sí misma. Uno de sus autorretratos lo tomó durante su estancia en Tanzania, ocho meses después de la guerrilla en el Congo. Incluso, en Bolivia, capturó a través de su lente el complejo entorno social imperante y el bullir de la lucha internacionalista, siempre desde su propia subjetividad.

«Su amor por la fotografía no era una cuestión de improvisación, había un interés desde el punto de vista de la profesión fotográfica. Muchas de las tomadas en Cuba fueron para investigar donde habían caído soldados de sus columnas. Después del triunfo de la Revolución capturaba, en sus viajes a otros países, imágenes para argumentar problemas de la industria. Cuando fue a la India le interesó la vida social de ese país y de ese recorrido surgió la serie que, para mí, es la más importante desde el punto de vista estético».

DEL MITO FOTOGRÁFÍCO AL HOMBRE

«Ahora quería decirles que los quiero mucho y los recuerdo siempre, junto con mamá, aunque a los más chiquitos casi los conozco por fotografías porque eran muy pequeñines cuando me fui. Pronto yo me voy a sacar una foto para que me conozcan como estoy ahora, un poco más viejo y feo».

Ernesto Guevara de la Serna, Bolivia, 1966

La atracción entre el Che y la fotografía quedó expuesta por vez primera durante una muestra en Casa de las Américas y, posteriormente, recorrió 16 ciudades en diez países. Más de 250 instantáneas relatan de manera visual la vida del revolucionario, que, más allá de poseer una intención artística tienen un valor histórico y contextual.

«De acuerdo con Aleida, su hija, y el Centro de Estudios que lleva su nombre, pude acceder a las primeras fotos que él había hecho, todavía vintage. Vinieron en una maleta de México. Esa es la muestra que se presentó, en 1990, en Casa de las Américas bajo el título “Un fotógrafo llamado Ernesto Guevara”. Esta vuelve a Cuba con la colaboración del Museo de Valencia, que había ampliado la colección, trabajado con la fotografía a color tirada en diapositivas. Yo tuve el privilegio de participar en ambas como curadora y colaborar con los investigadores y el director del museo. Ese primer acercamiento me dio el impulso para seguir rastreando la vida del Che», explica Lesbia Vent Dumois.

De su afición por las cámaras quedaron los recuerdos de cuando se construyó la escuela Camilo Cienfuegos y se celebró el primer 26 de julio. Hay incluso una foto de Fidel tomada por Ernesto.

«Y luego está ese amor por los equipos fotográficos. Recuerdo la imagen de cuando él le pide a Liborio su cámara en la Tribuna y se le ve con el gran lente. Desde mi punto de vista todos esos elementos avalan que el Che era un fotógrafo».

Desnudar y ser desnudado. Observar y ser observado. Capturar y ser capturado. Un Che sostiene la cámara y otro es atrapado por ella, una doble metáfora que lo hace renacer, una y otra vez, en cada fotografía.