Con Virgilio en el Carmelo

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Con Virgilio en el Carmelo

  • Virgilio Piñera. Foto Cubaescena
    Virgilio Piñera. Foto Cubaescena

Con Virgilio Piñera tuve bastante trato gracias a su entrañable amistad con Humberto Arenal y su —entonces— esposa, la actriz Marta Farrés de Teatro Estudio, quienes me daban alojamiento en su casa —Calzada 76—, en 1965; muy frecuentada por Virgilio quien, a veces nos gritaba desde abajo para invitarnos al Carmelo, recoger  o acompañar a Marta a Teatro Estudio o entregarles un cartucho —entonces había— de pan que con júbilo infantil compraba a su paso por la panadería de la esquina.

Corrían los insólitos, fundadores, reguladores y tempranos años 60 y, mi relación con el autor de Aire frío crece cuando ellos, entre otros ocasionales, inician su animada tertulia en el vecino Carmelo de Calzada, donde, lo más memorable eran las encendidas polémicas sostenidas por Virgilio y el escritor Oscar Hurtado que trataba al dramaturgo con distancia y recelo homofóbico .

En el Carmelo coincidíamos Humberto Arenal, Marta Farrés, Virgilio Piñera, Calvert Case, Hurtado, Guillermo Cabrera Infante—en espera de volver a Bélgica—,  Pepe José Triana —en ocasiones—.

A veces, Hurtado censuraba a Virgilio por haber publicado en Ciclón la carta de Oscar Wilde a Alfred Douglas donde se revela la relación homoamorosa entre ambos —traducida por Pepe Rodríguez Feo— y, para Hurtado “Innecesaria y escandalosamente polémica”.

“¿Pero, este niño no habla?” —me preguntaba siempre Virgilio por el prudente silencio que yo guardaba ante aquellos ilustres cabezones de nuestra cultura,  a los cuales admiraba hondamente gracias a Humberto Arenal, persona libre de prejuicios, exclusiones y maniqueísmos, a lo que yo respondía: “Virgilio, si yo hablo oigo menos”. Siempre gocé de la muy amable amistad del autor de Electra Garrigó.

La muy  entonces variedad de sabores de helados era una fiesta en la tertulia del Carmelo: Hurtado, batido de fresa —que repetía frecuentemente—; Arenal, chocolate; Marta Farrés, caramelo; Virgilio, batido de fresa —que demora horas para tomarlo—; Calvert Case, caramelo; Guillermo Cabrera Infante, chocolate;  Pepe José Triana, almendra; yo, batido de fresa.

El tema de Lunes de Revolución, tan caro a Arenal, era constante en la mesa, se elogiaba la labor editorial de Lezama Lima o, El Gordo —como lo llamaba Virgilio—, con Vervum, Espuela de plata y, Orígenes.    

Algunas veces Virgilio contaba una y otra vez su vida en Buenos Aires, sobre todo su última estancia 1955—1958, la calle Corrientes, su amistad con el novelista Gombrowicz, el fugaz encuentro con Jorge Luis Borges —“tan pesao”—,  la calidad de la carne porteña, la belleza de la ciudad sureña, la revista Sur, sus vinos o, mirándonos sonriente a Arenal y a mí —amantes de Gardel, del tango— entonaba bajito  

                                           Mi Buenos Aires querido

                                           cuando yo te vuelva a ver…  

Otros momentos de mis relaciones con Virgilio fueron cuando Humberto Arenal montó la pieza teatral Aire frío en 1965 —su mejor escenificación hasta hoy—, con un elenco de estrellas donde destacaba Verónica Lynn —como Luz Marina, alter ego de la hermana del propio Virgilio— que hacía muy feliz al dramaturgo que, por momentos y complaciendo a Humberto sugería cosas a Verónica:  “eso es, pero, ponle un poquito de chusmería habanera, mira, algo así como : No, no, mi negro, ponte pa’ allá”…

Virgilio, hiperquinético, con su manía de jabas y cartuchos en manos y colgantes de los hombros, se despedía: “Arenal, abur, me estoy yendo”… “¿Pero, Virgilio, acabas de llegar y ya te vas?”… increpaba Arenal  al dramaturgo que mohíno, retrucaba: “Arenal, viejo, estoy viviendo en Guanabo, el fin del mundo, donde no hay una vianda ni pa´ hacer un remedio”, decía golpeando una jaba que blandía como refuerzo de sus palabras.   

El autor de El caballero Charles profesaba gran cariño, admiración y respeto  a Virgilio, a quien consideraba  el Goete o Shakespeare de la escena cubana que, homme de letres, era muy alejado de poses “intelectuales”  ad usum, muy sencillo, asequible, trabajador incansable sentado a la máquina a las seis de la mañana… “Arenal, viejo —recalcaba Virgilio con énfasis—, tengo que forrajear porque, necesito un poco de proteína, si no me coge allá el carbohidrato de carbono en cantidades industriales… Perdón Arenal, tú me preguntabas algo…”   

 —Sí, Virgilio, yo te pregunté ¿cómo ves la marcha de la puesta?

 —Ay, Arenal, hijo, yo te digo como Napoleón en Austerlitz­: “Je suis content de vous”… ­