Ediel Pérez Noguera: Las muchas ondas de un David

Ediel Pérez Noguera: Las muchas ondas de un David

A Ediel Pérez Noguera se le encuentra en Artemisa con la mochila a cuestas y un libro entre las manos. Aparenta timidez y es más fácil descubrir su intimidad en la lectura de Arca o Diario del límite, poemarios donde se combinan la brevedad formal con un torrente de sensaciones y una multitud de discursos.

Concertamos la cita en la Sede Provincial de La UNEAC. Allí lo encontré puntual, repasando unas notas, con la sonrisa afable y un rostro que seguro es el que viste cuando se para a dar su clase frente al aula de la universidad. Conozco de este joven, Premio David de poesía 2016, que valora su tiempo. Sé que la pandemia de la Covid-19 no apagó su creación.

Pero esta será una entrevista a lo desconocido. En las tertulias, Ediel no lee sus versos sino los de Alberto Rodríguez Tosca u otro consagrado. Es ducho en el oficio de escuchar y tiene la más grande colección de monosílabos que yo conozca. Mi tarea es hacer que labre para mí la cara poco conocida de esos silencios, y emprendo ese camino. 

¿Cómo llegas a la poesía?

―A través de Martí. Leer y estudiar a Martí me llevó a querer escribir poemas. El camino de la poesía es un camino misterioso, porque comencé escribiendo relatos, cuentos, leyendas; pero después de leer a Martí quería escribir como él. Eran poemas simbólicos al principio, sin ningún asesoramiento literario hasta que el escritor y dramaturgo artemiseño Luis Carmona me descubrió y comencé en serio el camino de la literatura. Primero comencé a estudiar la historia de la literatura, a buscar orientación literaria. Leí a los clásicos, a los grandes poetas del siglo XX. Tuve la ayuda de colegas del taller como René Suárez Seva, Alfredo Felipe y otros.

Mis primeros autores fueron Vallejo, Neruda,  Borges,  Rimbaud, Mallarmé y  Perse. También recibí la influencia de los poetas españoles de la generación del 27. Ellos fueron la decisiva orientación en mi vocación y en la forja de un estilo. Sin leer a esos poetas me hubiera sido imposible escribir poesía y elegir la poesía como destino.

―Entonces, ¿ellos constituyen tu principal influencia?

Esa es una pregunta compleja porque en cada momento de mi vida como poeta he tenido influencias muy diversas que me han llevado por caminos y estéticas distintas. En un primer momento Vallejo y Borges. Esa dualidad me condujo durante mucho tiempo. Después fui descubriendo a Pessoa, a Rilke, los simbolistas franceses, la poesía contemporánea cubana, los origenistas cubanos, la poesía pura.

Creo que estos poetas marcaron el sentido de la insularidad en mi obra como le pasa a casi todos los cubanos que escriben. Nutrirme de la savia de esa poesía insular fue decisivo. También soy muy lezamiano. Hablar de un solo poeta o una sola influencia es muy difícil para mí.

En 2016 obtienes el premio David de la UNEAC. ¿Qué valor le confieres a ese reconocimiento en tu carrera como poeta?

 El premio David es sin dudas un premio que los jóvenes escritores cubanos anhelan en primer orden porque tiene una tradición en la historia de la poesía cubana más actual. Muchos grandes poetas lo han obtenido. En mi caso me siento muy orgulloso de ese premio y de compartirlo con un coterráneo como Alberto Rodríguez Tosca, con Ángel Escobar, Wichy Nogueras, Lina de Feria o Sigfredo Ariel, por solo citar algunos.  El hecho de llegar al David, de mirar hacia atrás y ver que esos escritores lo obtuvieron, simbólicamente representa mucho y siempre estaré muy orgulloso de que mi nombre aparezca en la nómina de ese premio junto al de escritores de ese nivel.

―Para hablar del David se impone hablar de Arca.

Arca quizás no sea ni mi primer poemario, pero en este libro hay sustancia poética de mis primeros momentos de la poesía y de momentos posteriores. Es un libro y varios libros a la vez. Aunque es un cuaderno pequeño contiene varias poéticas y esa puede ser su debilidad o su fortaleza. Creo que Arca es el atesoramiento, el resumen y el resguardo de mi concepto de la poesía.  Significa  también mi utopía.  A partir de ahí se abrieron todos los caminos.

―¿Qué es entonces Diario del límite?

Diario del límite reúne poemas anteriores a Arca y también poemas posteriores. Es un diario poético, íntimo como todo diario, en el que intenté reunir poemas que no cabían en Arca. Es un libro anterior a Arca en cuanto a la dimensión poética, pero en cuanto al ordenamiento es posterior. No me gusta compararlos.

Un poemario es un cosmos y se cierra misteriosamente. Tiene sus propias leyes. Hay quien escribe un poemario casi matemáticamente. Ordena sus poemas de una forma bien calculada y esa es una manera de cerrar un ciclo poético. La otra manera, en mi opinión, es la intuitiva. La energía que sustenta ese cosmos se va resolviendo, agotando en sí misma, y el ciclo poético se cierra. Entonces tienes que valerte de la intuición para decir: Hasta aquí.

Las dos maneras pueden ayudarse una a la otra. Creo que uno debe estar muy atento con la intuición y la razón. Cuando las dos se unen salen poemarios extraordinarios, como los de Alberto Rodríguez Tosca, por ejemplo.

¿Qué sientes al pasar por la librería y ver que un libro tuyo no se ha vendido?

La poesía es de su tiempo. Uno escribe desde un lugar y desde un tiempo, pero la poesía es también intemporal. Pasar por la librería y ver que tus libros no se han vendido no necesariamente tiene que ser una angustia porque depende de elementos extrapoéticos como la promoción, tu visibilidad como autor. Que el hecho poético tenga un efecto es un asunto de mucho tiempo.

Hay autores cuya poesía es muy leída en un momento determinado pero su influencia sobre los destinos de algunos seres humanos o de un pueblo es nula. Sin embargo, hay poetas que son leídos por grupos selectos, poetas de culto o que no fueron leídos por nadie, son descubiertos y su influencia sobre los destinos de otros es importante. Eso sucede porque la poesía es una gestora de utopías, un combustible para utopías. Si es buena la materia puede que alguien la encuentre y aproveche esa energía que está en la obra. Depende del azar, pero del azar concurrente. Yo creo que la poesía siempre encuentra su destinatario. Siempre cumplirá su utopía. Viene ahora a mi mente un verso de Ángel Escobar: las utopías se cumplen de un modo sigiloso y clandestino.

En la actualidad existe el criterio de que las personas no leen poesía. ¿A qué le atribuyes ese fenómeno?

Yo creo que sí se lee poesía. Hay muchos lectores de poesía. A lo largo de la historia no siempre los pueblos han leído mayoritariamente. Acercarse a la literatura ha sido una cuestión de élites. Todo lo que podría transmitir la poesía en cuanto a saberes o en cuanto a misterio se entregaba a unos pocos. Luego existen otros caminos para la poesía que no es solo la escritura. Ella trasciende la escritura y llega al pueblo.

Mi apreciación es que hoy leen y escriben poesía muchas más personas que antes. Lo que sucede es que vivimos en una permanente batalla contra las imágenes superfluas y el consumo desmedido de esos ídolos. Los dioses de la poesía tienen que competir con esos ídolos que han existido en todos los momentos de la historia. Solo que la dimensión en que los medios de comunicación colocan hoy a esos ídolos hace que, para la poesía, sea una batalla sin precedentes.

Sin embargo, la poesía es la única arma que puede vencer a esos falsos dioses y tenemos que seguir insistiendo en ella.

¿Está Artemisa en tus poemas?

La poesía se hace desde un lugar y mi lugar es la Artemisa de ahora. Claro que Artemisa influye en cómo concibo la poesía, pero no pienso en ello. Tampoco escribo poemas de circunstancia, pero el lugar desde donde escribo, mi hogar, los objetos, las personas, los parques, las calles, están en mi obra. Solo que se elevan a una dimensión universal. 

Me satisface que en Artemisa la poesía tiene hoy mejor salud que en otros tiempos. Existen muchos más jóvenes inquietos por la literatura y por la poesía, escribiendo. Hay más espacios que hace dos décadas, cuando yo comencé a escribir. Pero desde mi percepción la intensidad con la que mis amigos y yo vivíamos la poesía en los talleres literarios de hace 20 años no es la misma con la que se vive y se escribe hoy. También se han marchado muchas personas valiosas de la poesía artemiseña hacia otros países, hacia otras provincias y hacia otras dimensiones, pero sus voces están.

Aun así hay más espacios, incluidos los virtuales. Eso es favorable. Sí, hoy hay muchas más personas pendientes del hecho poético.

―Eres profesor universitario. ¿Cuánto te aporta esa condición en tu relación con la literatura?

Estar en contacto con jóvenes e intentar que comprendan poéticamente el mundo es el mayor reto. Hablo de que miren la realidad críticamente, que lo hagan desde ángulos distintos al de la razón fría. Eso es estimulante y aporta, porque necesitas encontrar la manera de comunicar y dialogar con jóvenes de este tiempo. A veces tengo éxito y a veces no.

―Hoy eres uno de los poetas reconocidos más jóvenes de Artemisa. ¿Cómo te ves en unos años?

Quisiera no perder la lucidez dentro de veinte, treinta o incluso dentro de solo diez años. Y aunque no escriba poesía, quisiera mantener la visión poética del mundo. Me veo anciano escribiendo poemas breves y anhelo que sea en el campo, tranquilo, junto a personas amadas y conducido por esa visión poética hacia lo desconocido.

Quiero escribir muchos libros y todos con poéticas diferentes. Admiro mucho a Pessoa porque pudo hacerlo. Quisiera, como él, crearme muchos personajes y desde cada uno de ellos ofrecer mi mirada del mundo. He querido hacer eso secretamente con mi poesía. No uso como otros autores heterónimos o seudónimos, pero me hubiese gustado. Me falta quizás la valentía de poder escribir anónimamente. Creo que ese sería un reto para los escritores del futuro. Renunciar a su persona literaria, a colocar su nombre en un libro y entregarla anónimamente. Sería quizás el reto más importante.

Ediel Pérez Noguera aguarda para este año el advenimiento, a través de la editorial Unicornio, de su tercer cuaderno La ciudad de los mendigos. Otros cuatro poemarios se cuecen en su mesa de trabajo con el anhelo de ponerlos en manos de los lectores. Apago mi grabadora y me despido. Unos pasos después vuelvo la vista y el joven ha vuelto a la lectura.

Entre sus manos pesan las Obras completas de Eliseo Diego. Vuelvo al intento de descifrar a este poeta y allí, en el libro tímidamente dedicado que cargo entre mis cosas, hallo la imagen justa para definir la conexión del hombre con la poesía, esa imagen idónea para el final de una entrevista: y en sus ojos una gran niebla se disipa.