El Congreso de los escritores y artistas vive

El Congreso de los escritores y artistas vive

El 30 de junio de 1961 quedó en la historia de la cultura cubana como el día en que Fidel pronunció las imprescindibles Palabras a los intelectuales. Ese mismo día, pero de 2019, un nutrido grupo de escritores y artistas cubanos, electos por colegas de todos los territorios del país y, en abrumadora mayoría, sucesores de quienes participaron en el histórico encuentro con el líder de la Revolución, clausurábamos el IX Congreso de la Uneac.

Con los temas debatidos, los acuerdos adoptados y, sobre todo, la interiorización de renovados argumentos para llevar adelante la labor intelectual en medio de un  complejo escenario, honrábamos en su justa medida la conmemoración de aquel suceso fundacional, y a la vez nos sentimos honrados y estimulados al compartir con el Presidente de la República, Miguel Díaz-Canel, una jornada en la que este, con claridad meridiana, expuso conceptos y enunció desafíos cruciales en el campo de la cultura.

No solo para los escritores y artistas cubanos, sino para amplios sectores de nuestra sociedad, conscientes de que la cultura construye y salva, y lo que opera en ella resulta decisivo para fomentar los valores éticos y estéticos a los que aspiramos, fue como poner en una nueva y actualizada perspectiva la impronta de las palabras de Fidel.

En el año transcurrido desde entonces, no ha habido reposo en la ruta de dar seguimiento a los planteamientos del Congreso, aun cuando en los últimos tres meses la emergencia sanitaria impuso un hiato imprevisto.

Puentes para pasar de la identificación de los problemas a la búsqueda de soluciones, han sido los diálogos sostenidos entre la máxima dirección del Estado y el Gobierno, y representantes de organismos, instituciones culturales y la Uneac. En el orden puntual se han marcado rutas para entrever el modelo de instituciones que respondan cabalmente a los imperativos de la política cultural y su proyección en el cada vez mayor e influyente espectro mediático. Ello implica, por una parte, no solamente un salto de calidad en la integración de programas y propuestas, sino urgentes cambios de mentalidad en la manera de conducir tales procesos; por otra, que el debate y la toma de decisiones tengan una expresión plena y ajustada a lo largo y ancho del país, puesto que la vida cultural palpita y se decide a escala territorial.

También se han sentado las bases iniciales  a fin de afrontar uno de los reclamos de los escritores y artistas, reflejados en las observaciones de Díaz-Canel en cuanto a la urgencia de replantear estructuras y funciones de las empresas del sector, particularmente las de la música, aunque no solo ellas. Solo así podrán sentarse las premisas para encarar los retos planteados por el Presidente cuando señaló: «¿Por qué desde Cuba no logramos insertar, difundir, exportar la obra de los que trabajan dentro del país y, en cambio, promocionamos y replicamos lo que ya el mercado acuñó y nos devuelve envuelto en sus reglas? ¿Qué necesitan nuestras instituciones para hacer florecer nuestras más auténticas creaciones culturales? (…) La cultura puede y debe aportar al Producto Interno Bruto del país, y para eso están sus empresas».

De la vocación participativa de la intelectualidad cubana en acciones transformadoras hablan los aportes de la Uneac al Programa Nacional contra el Racismo y la Discriminación Racial, puesto en marcha en noviembre del año pasado, y al relanzamiento de la Comisión de Cultura y Turismo, que involucra a los ministerios de ambos sectores.

En la medida en que el país avance a la nueva normalidad, deben ser sustantivas las propuestas relacionadas con las instituciones y programas educacionales, el trabajo cultural comunitario, los problemas vinculados al mercado del arte y las industrias culturales, la equidad de género y la dinamización de las relaciones culturales internacionales.

Desde luego que un primer plano lo ocuparán la creación artística y literaria y su promoción, razón de ser de la Uneac; una producción que se ha mostrado en su diversidad y complejidad, pero sobre todo comprometida con los destinos de la nación, en tiempos como estos, donde la imaginación ha sobrepasado limitaciones y hallado alternativas para conquistar públicos. Una producción de la que se exige aún mayor rigor, excelencia, pertinencia, audacia y poder de penetración.

En las palabras finales del pasado foro de la Uneac, Díaz-Canel señaló: «No dejen morir el Congreso. Trabajen por hacer realidad todo lo que entiendan que aportará al bien de la nación, a su espiritualidad, al porvenir que quieren negarnos los que no han podido destruirnos». El Congreso vive.