El escritor auténtico se ha forjado un mundo que ilumina (I)

El escritor auténtico se ha forjado un mundo que ilumina (I)

Roberto Méndez Martínez es poeta, narrador, ensayista, crítico de arte y una de las voces imprescindibles de la literatura cubana. Tiene una vasta obra publicada y reconocida. El escritor vive entregado a una incesante labor literaria conjugada con numerosas actividades profesionales en instituciones culturales y docentes. Es Miembro Correspondiente de la Academia Cubana de la Lengua. Fue consultor del Pontificio Consejo para la Cultura de la Santa Sede, en el Vaticano.

Motivada por la reciente reedición de sus dos Novelas, Ritual del necio y Anna en la hoguera por la editorial DECO Mc Pherson S.A, lo llamé para entrevistarlo. 

Conversar con el poeta, es un ejercicio de aprendizaje donde no falta la poesía. Ha sido un verdadero placer que me concediera esta entrevista, le agradezco la gentileza y el tiempo dedicado.

¿Recuerda el primer texto que escribió? ¿Cuál es su primera publicación?

Fui bastante precoz. Aun antes de escribir hacía literatura oral. Contaba lo que soñaba, las formas que adivinaba en el cielo desde mi balcón y los sucesos cotidianos, adornados con detalles que los hicieran más atractivos. Unos decían que yo era muy imaginativo, la mayoría prefería asegurar que yo era muy mentiroso.

Recuerdo haber escrito una especie de poema en tono heroico cuando estaba a mitad de la escuela primaria y haber llenado varios cuadernillos con relatos que estaban directamente influidos por dos textos que fueron muy motivadores para mí: Los tres mosqueteros de Alejandro Dumas y Mitos y leyendas de la Antigua Grecia, una compilación de la cubana Anisia Miranda.

Tendría unos 13 años cuando comencé a escribir de forma más o menos insistente. Mi primera publicación fue un cuento, premiado en un concurso del Departamento Juvenil de la Biblioteca Provincial de Camagüey, se llamaba «Cementerio». Todo el mundo se quedó sorprendido con aquel relato dramático y reflexivo. No era lo que se esperaba de mí, aunque eso mismo ha sucedido durante años. Tanto mi poesía como mis novelas y hasta mi periodismo, han sido considerados como raros, al margen de las tendencias al uso y un poco como fuera de contexto.

¿Háblenos brevemente sobre sus obras publicadas y los premios obtenidos?

El gran temor de un autor novel es no llegar a publicar un libro. Permanecer inédito es como una gran maldición. El primer volumen que di a la luz fue un poemario titulado Carta de relación, publicado por Letras Cubanas en 1988. A partir de allí han aparecido más de cuarenta títulos de poesía, novela, ensayo, investigación histórica, así como crítica artística y literaria, lo que solo logra activar en mí el temor de los autores entrados en años, que palpan sus ediciones y se preguntan: ¿Valdrá la pena algo de esto?

Los premios no otorgan calidad a la obra de un escritor, pero ayudan a hacerla visible. He recibido varios y algunos me hicieron muy feliz, como el Premio de Poesía Nicolás Guillén en 2001 –su primera convocatoria— con Viendo acabado tanto reino fuerte, un libro escrito y trabajado durante los años más duros del período especial. Los otros están en mi trayectoria, creo que son, sobre todo, signos de que he sido un trabajador constante durante muchos años.

Usted es poeta, ensayista, crítico de arte y narrador. ¿Cómo asume cada uno de estos géneros literarios? Además, se desempeña dentro de una multiplicidad de labores, relacionadas con la literatura y la lengua. ¿Puede decirnos brevemente como consigue llevar esta diversidad de funciones? ¿En qué cree que una afecta a la otra? ¿En qué lo beneficia?

Puedo repetir, como hago en casi todas las entrevistas, que esencialmente soy poeta y que esa actitud, esa mirada especial al mundo, influye en los otros géneros, desde la novela, el ensayo y hasta el periodismo cultural. Con los años he aprendido a dar a cada manifestación su tiempo y lugar: la poesía se escribe un poco al azar y se le deja reposar en silencio, después se le trabaja, se le descubre su sentido mayor y una oscura intuición dicta la configuración de un libro…en el caso de la novela y el ensayo, son procesos racionales, que hay que preparar, documentar, esquematizar y sentarse con paciencia a pegar ladrillo a ladrillo, hasta que la edificación nos sorprenda.

Hay épocas para un género y otras para otro, aunque puedo simultáneamente estar escribiendo poesía y ordenando materiales para una novela, o haciendo esbozos para un ensayo.

Tampoco creo que un escritor tenga que ser únicamente eso. A lo largo de mi vida he escrito abundante periodismo, en prensa plana, radio, televisión y ahora de manera digital, además de impartir alguna asignatura relacionada con las artes o las letras. Desde hace unos años pertenezco a la Academia Cubana de la Lengua que tiene sus obligaciones. El secreto es descubrir el valor del tiempo y saber que, a pesar de Proust, el que se pierde no se recupera.

 

Recientemente han salido a la luz por la editorial DECO Mc Pherson S.A nuevas ediciones de sus novelas Ritual del necio y Anna en la hoguera. Hábleme de ellas.

Mc Pherson me ha dado en este año dos alegrías, la aparición, casi simultánea, en el mes de mayo, de dos novelas mías, publicadas hace unos años en Cuba, donde tuvieron una buena acogida por los lectores y motivaron algunas críticas interesantes. Sin embargo, no es habitual entre nosotros reeditar un libro, salvo que sea un texto clásico, por lo que los títulos en el mejor de los casos van convirtiéndose en leyendas o en polvo cuando pasan cinco años.

Ritual del necio tuvo una larga gestación. La parte que hoy conforman los capítulos del Manuscrito se redactó de un tirón hacia 1998. La consideré entonces concluida y la envié a concursos en los cuatro puntos cardinales, en todos fue desestimada. Una editorial que aceptó publicarla, la rechazó de manera sorprendente un tiempo después. La dejé reposar y en 2010 la retomé y escribí los capítulos de lo que ahora se consideraría el relato principal, el de las andanzas de Andrés y puse a dialogar ambos discursos. Obtuvo el Premio Carpentier de Novela en 2011.

Es un texto complejo, desafiante para los lectores. Algunos se quedan en la ruta de aprendizaje de Andrés, su gradual descubrimiento, en años de extrema pobreza, de la relación humana con lo trascendente, del papel sanador del arte y hasta de las secretas relaciones de lo cubano con la cultura universal. Otros llegan además al mundo densamente simbólico del manuscrito, con la visión parabólica de la isla que busca recuperar su historia y su destino en ese relato hecho por un alucinado, lleno de juegos de palabras, intertextualidades, humor negro, erotismo.

Los mejores lectores son los que han sabido conciliar y disfrutar ambos planos.

Anna en la hoguera es el nuevo título de una novela publicada antes en Cuba como El fuego de Ruan llueve sobre La Habana. Es la historia de una bailarina rusa, que huyó de niña con su madre del poder omnipresente de Stalin y la Segunda Guerra Mundial las hizo recalar en La Habana. Acá abre una academia y comienza a disfrutar de cierto reconocimiento, acepta a un mecenas que la rodea de un amor posesivo. Después, la historia la llevará por otros derroteros y conocerá de la censura, el aislamiento y el delirio final que destruye su mundo.

Como una novela anterior, Callejón del infierno, es otro homenaje a las personas comunes, esas que no deciden la historia, pero que son azotadas por los vendavales de esta y, sin ser héroes, se ven implicados trágicamente en una lucha con fuerzas que los destruirán. Es una de mis obsesiones y volveré sobre ella en otras narraciones.