El que creía en sus huesos, la verdad y el amor

El que creía en sus huesos, la verdad y el amor

Aunque con áreas, gozosas, de melancolía, Mario Benedetti, a la larga, es un baño de dicha que siempre proporcionará luminiscencia al alma, nobleza, intentar un camino meliorativo orlado de crecimiento espiritual.

Leerlo es apostar al convencimiento que lo mejor de nuestro empuje conjurará a lo peor de nuestros lastres, para, auto de fe moral mediante, extirpar a los últimos de este mundo y permitir la posibilidad del afloramiento de aquellos seres humanos buenos que realmente podemos llegar a ser, más allá del momento de efervescencia del espíritu derivado de la lectura de cierto poema o del conflicto zanjado por el personaje de aquella novela, manifiesto ello ya en la crudeza de los días.

Desde mi punto de vista, el que quizá sea uno de los poetas latinoamericanos más optimistas (pese a todo cuanto sufrió y el dolor explícito de no pocas líneas) cree en nosotros, acaso más que uno mismo a veces, y, por tanto, leerlo nos devuelve crecidos de una estima necesaria para afrontar las amarguras y tropiezos provocados por una especie grandiosa, sublime, sí; pero también vil, artera, que pareciera no considerar la paz entre sus semejantes. Y es algo que, también, él nos dice, si bien sin descreerla nunca.

Persona anclada a la sencillez en tanto forma de vida, renegador del aura maldit” de algunos de sus colegas, Benedetti no era alguien que se vendía como sencillo (a la postre los más grandes mentirosos), para antes bien asumir y reconocer tal condición cual parte de sí. Y, eso, también, como casi todo lo suyo, lo trasvasa a la literatura, verbigracia, en el poema «Monstruos»:

Qué vergüenza/carezco de monstruos interiores/no fumo en pipa frente al horizonte/en todo caso creo que mis huesos/son importantes para mí y mi sombra/los sábados de noche me lleno de coraje/mi nariz qué vergüenza no es como la de Goethe,/no puedo arrepentirme de mi melancolía/y olvido casi siempre que el suicido es gratuito/qué vergüenza me encantan las mujeres/sobre todo si son consecuentes y flacas/y no confunden sed con paroxismo/qué vergüenza dios mío no me gusta Ionesco/sin embargo estoy falto de monstruos interiores(…).

Al poeta, narrador, ensayista, crítico y periodista uruguayo –cuyo centenario conmemoramos este 14 de septiembre—, hemos de volver siempre en procura de respuestas y sendas; como también para habitar un lugar único donde el amor construye sus formas más íntimas y genera propuestas de enlace fundadas en la comunión total de ese amante que entiende a su pareja desde un todo en el tiempo: (…)cuando la conocí/tenía apenas doce años y negras trenzas/y un perro atorrante/que a todos nos servía de felpudo/yo tenía catorce y ni siquiera perro/calculé mentalmente futuros y arrecifes/y supe que me estaba destinada/mejor dicho que yo era el destinado/todavía no sé cuál es la diferencia/así y todo tardé seis años en decírselo/y ella un minuto y medio en aceptarlo, hasta que tres décadas después seguían amándose, él y su compañera Luz López Alegre, aunque (…) es cierto que treinta años de oleaje/ nos dan un inconfundible aire salitroso/y gracias a él nos reconocemos/por encima de acechanzas y destrucciones/la vida íntima de dos (…). Y también lo hacían todavía otras tres décadas más adelante.

A la muerte de ella en 2006, tras sesenta años de matrimonio, Mario escribió: Antes de su final inmerecido/ Luz abrió por última vez sus ojos/ y su mirada fue una despedida/ nunca podré olvidar/ esos ojos tan míos/ resumiendo una vida/ dando un amor postrero/ más o menos consciente/ del temblor de mis manos.
El amor, pero también la fe, el exilio, la cotidianidad de la vida, la majestad de la palabra, la defensa de nuestras verdades, la política y hasta el humor –y no poco de este—, resultan elementos incorporados en su ejecutoria creativa por este hombre que te habla tan coloquial y cerca como un amigo y se te mete en la mente a la manera de una suerte de sacerdote paternal que te comprende de tanto conocerte.

El autor que publicase 90 libros traducidos a más de veinticinco idiomas, en mil 250 ediciones, constituyó un intelectual nada desligado de la realidad social de América Latina, para, por el contrario, nutrirse e intervenir en esta; no solo a través del ejercicio literario, sino además mediante su actitud personal y su proyección progresista, en realidad fundidas a su poética, como pudiera ejemplificarse, entre tantos otros referentes, con el poema «Consternados, rabiosos», escrito al caer Ernesto Che Guevara en Bolivia: (…) eres nuestra conciencia acribillada/dicen que te quemaron/con qué fuego/van a quemar las buenas/buenas nuevas/la irascible ternura/que trajiste y llevaste/con tu tos/con tu barro (…).

El también poeta Luis García Montero afirma, con razón, que sus ideas políticas nunca fueron un fruto de la fe ingenua, pues nacieron en él como un equipaje de precauciones vividas.

Admirador y defensor de la Revolución Cubana, el autor de Quemar las naves permaneció por primera vez aquí durante un período de tres años (de 1968 a 1971), al frente del Centro de Investigaciones Literarias de Casa de las Américas. Luego, retornaría, para 1976, en el tránsito de su largo exilio.

El montevideano impugnador de las dictaduras militares latinoamericanas prohijadas por Estados Unidos que me confiscaron la palabra/y me quitaron hasta el horizonte describe, desde la lejanía dolorosa del desterrado durante doce años, a su nación masacrada, extensión esta de todo el Cono Sur, como país verde y herido/comarquita de veras/patria pobre en Hombre que mira a su país desde el exilio.

También novelista imperdible, la narrativa iberoamericana tuvo en las manos y el cerebro bendito del escritor fallecido en 2009 el mecanismo de ignición para echar al ruedo obras fundamentales como La tregua (1960), su exponente más célebre del género y con cuyo personaje central se identifican tantos lectores masculinos al rayar el medio siglo, echar un pulso entre razón e instinto y caminar adelante, no obstante, sea pisando sobre los adoquines menos seguros.

Al conmemorarse el centenario del uruguayo universal, sugeriríamos a las nuevas hornadas de lectores procurar su obra, de todos los géneros, tan fácil con solo cliquear el ordenador y la cual de seguro les rendirá un saldo provechoso para siempre.