El Quijote Negro, de ida y vuelta

Literatura / Poesía

El Quijote Negro, de ida y vuelta

  • Jesús Cos Causse. Foto: Tomada de Internet
    Jesús Cos Causse. Foto: Tomada de Internet

“Cuando me acerco a la poesía de los más jovenes, olvido mi viejo oficio de sonámbulo y ahora, gracias también a tus sueños, duermo feliz. Si los corderos alzan la vista, ojalá que los hombres también”. Tales fueron las palabras, harto generosas, de Jesús Cos Causse en el prólogo a mi primer libro de poemas (Ediciones Santiago, 2005). No lo creía, aun no lo creo.

Lo conocí primero por la letra, por el poema ―poemazo― dedicado a Abel Santamaría. Solo la poesía puede detener un instante como aquel, cuando le arrancaron los ojos,  cuando “las palomas volaron asustadas y el barquito de papel / se rompió con la caída de la sangre”. Lo he contado ya. Perdóneseme que vuelva a él una y otra vez.

Cuando tuve al Quijote Negro frente a frente, a Cos, ya lo quería. Y no hubo nada que estremeciera ese afecto a lo largo de los años, ni siquiera cuando empezó a cruzar el desfiladero de su vida. En su casa, al lado suyo, conocí a poetas de todo el mundo. Recuerdo una mañana en que me presentó al panameño Pedro Correa Vásquez (sic) en la casa natal de José María Heredia. Un intelectual de altos quilates que dirigía la revista Littera, que había  publicado una antología con la obra del cubano.

Fue un encuentro breve ―brevísimo―, saldado con una sonrisa, un toque, unas palabras de rigor. Tal vez advertí algo en su mirada, una luz resguardada, esquiva. Eso creí, o tal vez quise ver. Nunca imaginé lo que el destino le tenía reservado. Nunca, cuanto sajaría de aquella impresión. 

Pedro Correa murió violentamente en 1996, cuando apenas sobrepasaba las cuatro décadas. El Festival del Caribe le organizó un homenaje. Cuando me invitaron a aquella mesa, me negué: no creía ser la persona adecuada. Y cuando intentaba exponer mis razones, reforzar mi posición, se apareció Cos. “Sé que lo conociste poco, pero con eso basta”, sentenció, al tiempo que depositaba en mis manos libros de su autoría. Y como adivinó la sombra de una duda, se volteó para dar el golpe maestro: “¡¿Tú eres poeta, no?!”.

Inmediatamente recordé a Ricardo Repilado y su testimonio de cuando conoció a Lorca en casa de los Henríquez Ureña. Había tenido tiempo de escuchar su simpática risa, de ver a lo lejos su piel de aceituna. No mucho más. Salvando las distancias, aquella semejanza sería mi asidero, y me lancé a escribir de Pedro Correa, el elegante caballero istmeño, el poeta al que una vez había estrechado las manos.

Me bebí sus versos, les pregunté, escruté en ellos. Mucho de su poesía destiló en mi ensayo, pero también de aquel momento en que se cruzaron nuestros caminos de frente en el patio herediano. Jamás olvidaré el abrazo de su hermana al final del tributo. Y ambas banderas, la de Cuba y Panamá entrelazadas.

Fue una de las lecciones que dejó el autor de Las islas y las luciérnagas para mi vida. Nada sustituye un roce, una mirada. El tiempo es lo de menos. Y la poesía, la poesía todo lo puede, todo lo alcanza.

Todavía habría espacio para otra más. Conseguir una entrevista con él, podría parecer sencillo; parecer, repito. Él insistía en que fuera en la mismísima Casa del Caribe, donde le saludaban a cada paso. Insistía en que no era demasiado importante lo que podría decirme. Insistía en que prefería ser mi amigo, no mi entrevistado.  

Cuando al fin se hizo el milagro, cuando se detuvo y desgranó parte de su historia, sobrevino su talento natural, su niñez al lado de las victrolas, su pasión por el Caribe, el misterio de la poesía. También me habló de la relación del hombre y su creación. En un rapto desmitificador me confesó:

“Cuando comencé a escribir leía nombres que me parecían inalcanzables: Eliseo, Cintio, Retamar… Luego tuve la suerte de conocerlos y comprendí que aparte de su talento y sus glorias, eran seres humanos normales. Hay algo muy importante: la obra se va por encima del hombre, se independiza de él, lo sobrepasa”.

Es la primera vez que cuento estos detalles. Quizás ahora se comprenda el susto, la increíble sensación que me envolvió cuando recibí de manos de Teresa Melo, la Distinción Quijote Negro en el 39 Festival del Caribe, en el Encuentro de Poetas del Caribe y el Mundo que lleva el nombre de Jesús Cos Causse. Hubo mucha gente querida a mi lado. No lo creía, aún no lo creo.