El réquiem de Mozart coreografiado por Georges Céspedes (I)

El réquiem de Mozart coreografiado por Georges Céspedes (I)

  • Réquiem de Mozart coreografiado por Georges Céspedes ha sido estrenado en La Habana en la Sala García Lorca al cierre de febrero y comienzos de marzo. Una reseña de la obra desde la profundidad escénica puede leerla aquí…Fotos tomadas de Internet
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    Réquiem de Mozart coreografiado por Georges Céspedes ha sido estrenado en La Habana en la Sala García Lorca al cierre de febrero y comienzos de marzo. Una reseña de la obra desde la profundidad escénica puede leerla aquí…Fotos tomadas de Internet

El Réquiem coreografiado por Georges Céspedes a partir del Réquiem K.626 en Re menor de Wolfgang Amadeus Mozart ha sido estrenado en La Habana en la Sala García Lorca al cierre de febrero y comienzos de marzo apenas unas semanas después de su presentación en México por la Compañía Danza Contemporánea de Cuba, para esta nueva ocasión con la colaboración del Teatro Lírico Nacional y la Orquesta sinfónica del Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso. Está concebida como un gran espectáculo escénico con una puesta ambiciosa por los recursos y medios expresivos que confluyen.

Los asistentes se vieron ante algo inusitado. Bajo la prodigiosa sonoridad de otra obra musical dedicada por Mozart a amigos masónicos fallecidos, unas sorprendentes imágenes siderales iniciales a manera de obertura nos conducen a través de un viaje por la vastedad del espacio cósmico hasta el acercamiento progresivo a una galaxia, donde aún más escondida dentro de esa gigantesca formación, entre el sinfín de cuerpos celestes que la constituyen se encuentra el prodigio de la vida humana en nuestro planeta, en el cual, la Naturaleza o Dios, o ambos tal vez en feliz conjunción han hecho surgir esa criatura insólita en el Universo. Confluyen en ella el ser proclive a la grandeza de la creación artística, y a la vez a la persistente conciencia del dolor, el sufrimiento y la muerte, según los presupuestos bíblicos que formaban los saberes aceptados en los tiempos de Mozart debido a la desobediencia de las preclaras ordenanzas preliminares dadas por Dios al hombre.

La majestuosidad del mundo intergaláctico mostrado en imágenes sobrecoge emocionalmente. Sitúa al espectador en una situación inmersiva envuelto en el intenso ambiente sonoro para abocarnos al misterio trascendental de la vida y la muerte, como si el propio Mozart en su prodigiosa imaginación creadora hubiese imaginado el alcance de esa gran dimensión cósmica aunque fuera de una manera vaga, imposible para el conocimiento científico del siglo XVIII, y sí propia de la actual del coreógrafo.

Resulta una experiencia integradora de manifestaciones artísticas, cercana a los resultados de la experiencia inmersiva con la tecnología 3D, en este caso de una manera socializada, y sin hacer uso de un instrumental tecnológico auxiliar, porque en esa oscuridad total del ambiente en el cual ha quedado sumergida la sala teatral, no cabe más que sostener la vista atenta envuelta en la potencia de la sonoridad mozartiana de cristalina belleza, que pudiera hablarse de la sensación de un acercamiento a la manifestación del poder divino o de la naturaleza, lo mismo da que se considere de uno u otro lado, porque ambas magnitudes sobrecogedoras se corresponden a la visión inconmensurable que el pensamiento humano puede darle a los efectos logrados por el arte.

O como se refiriera el prodigioso y genial Goethe (1749-1832), admirado ante la obra de Mozart: "¿Cómo, si no, podría manifestarse la Divinidad, a no ser por la evidencia de los milagros que se producen en algunos hombres, que no hacen sino asombrarnos y desconcertarnos?". O como apuntara Ernst Theodor Hoffmann (1776-1822), escritor, jurista, cantante, pintor y compositor musical prusiano, que participó activamente del movimiento romántico de la literatura alemana: “La música de Mozart es el lenguaje misterioso de un reino espiritual”.

O el filósofo y teólogo danés Soren Kierkegaard (1813-1855), quien basaba su filosofía en la condición de la existencia humana, en la libertad y la responsabilidad del individuo en medio de la desesperación y la angustia existencial, y confesaba abiertamente su admiración por Mozart porque veía en su música esa capacidad de entrar en un sincero contacto con la manifestación de Dios porque sus formas musicales permitían unir a un sentimiento profundo un pensamiento estremecedor de asombrosa brillantez en momentos de intensidad dolorosa.

Se hace necesario comprender esa dimensión trágica para ver cómo el hombre despliega energías en sobrepasar el poder destructivo al entregarse a expresar la soberana y divina Belleza eterna de las formas artísticas, a convertirse en un verdadero hacedor, émulo de los soberanos esfuerzos de Dios y de la Naturaleza ante la contemplación imaginada en formas musicales de los significados enlazados de la vida y la muerte.

El filósofo alemán Martin Heidegger (1889-1975) enunciaría en el pasado siglo respecto a la existencia, cómo el hombre tiene, en la singularidad de alcanzar a nivel de especie la conciencia de la muerte, la de estar destinado y marcado por el camino afirmativo y trascendental de la vida, a pesar de estar conducido inevitablemente a su obligado cese.

El afán de trascender esa permanente antinomia es observable en la creación, especialmente del arte, que desde siempre ha buscado alcanzar la superación de la caducidad individual y epocal a la cual está signada la materialidad. De ahí las palabras introductorias del texto del Réquiem en latín: Requiemæternam dona eis, Domine, et lux perpetua luceateis. (“Concédeles el descanso eterno, Señor, y que brille para ellos la luz perpetua”). La materia es caducidad, lo espiritual es permanencia eterna. Por eso la Misa de Difuntos está dirigida a elevar el alma en su desprendimiento del cuerpo, al desencarnarse. Desde tiempos muy remotos en todo el orbe, se presenta insistentemente a través del arte la posibilidad del tránsito hacia la vida eterna más allá de la muerte, en el deseo de sobrepasar el dolor, de trascender la vida material y alcanzar otra dimensión para la vida, no sujeta a la caducidad.

Se connota el sentido trágico de la muerte en las imágenes proyectadas en pantalla del esqueleto de una persona, cuya permanencia material contrasta ante la pérdida de lo más valioso y vital que animara al ser humano cuando estaba encarnado. El sentido luctuoso se da en el ambiente danzario y en la sobriedad del vestuario en tonos gris y negro.

Ha situado a ambos lados del escenario la presencia viva de los coros, enmarcando de manera enfática la visualidad de la pantalla en la cual se despliegan las imágenes, para que no puedan ser soslayadas las dos fuentes emisoras del discurso artístico vocal y visual, paralelas al danzario.

El afán de trascender el acto de la muerte acompaña a ese derrotero inevitable, de ahí un peculiar signo escenográfico enmarca precisamente de modo amplificado los bordes extremos de los dos coros laterales situados en una tarima sobre el escenario. Parece remitir a un modo versionado del jeroglífico Anj, signo de la llave de la vida eterna en el Egipto Antiguo, o el posterior de Cristo, identificado por la forma de pez, también un signo de la vida eterna y trascendente que viene desde muy antiguo.

Las coreografías empleadas en los distintos pasajes musicales que constituyen la estructura del Réquiem han buscado acercarse a la grandeza de la atormentada inspiración de Mozart, cuyo desbordamiento emocional se ha propuesto traducirlos interpretativamente a la danza contemporánea, con la fuerza y la pasión que caracterizaron a ese autor musical, unido a la coincidente fuerza, potencia y dinamismo siempre constatable de que han dado muestra las obras de este coreógrafo.

El grupo de bailarines inicialmente aparecen compactados, algo muy habitual en la estructuración de los sistemas compositivos coreográficos empleados en diversas obras por Georges Céspedes: comienzan siempre con un alto grado de concentración grupal que irá dando paso a sucesivas segmentaciones como algo que brota y se expande desde un núcleo originario.

Las obras de Georges no son concebidas para bailarines solistas aunque hay pasajes donde pueden aflorar intensidades dramáticas pero con la finalidad de mostrar las pasiones generales que anidan y mueven a los hombres. Sus coreografías son corales, es la sociedad la significada.

Se dan en esta Misa de difuntos movimientos suaves en los comienzos, indicio de la complacencia sensorial del cuerpo aun de manera instintiva como si se acariciaran con los brazos. Al fondo una brillante luz aparece creciente en la imagen filmada del rostro del hombre desnudo. Es el alma. Lo espiritual entrando al cuerpo en gestación. La luz sobre el rostro de este hombre llega a cubrirlo por ser el lugar destacado donde radica la inteligencia, la capacidad de creación que distingue singularmente a lo humano. 

En cambio, cuando dos bailarines masculinos se enfrentan en el escenario mirándose mutuamente, desafiándose, son los dos lados del mismo ser que en espejo se reconocen. Es posiblemente el momento del desprendimiento, cuando el cuerpo fallecido queda a un lado y se remonta el alma, observando al cuerpo abandonado.

La exaltación ante la muerte se va alcanzando en la proximidad de esta, luego sobreviene una rara calma, alejada de las pasiones. La huella de los pasos pronto se desvanecerá. Lo físico del cuerpo cederá al recuerdo. Es el momento cuando los cuerpos de los bailarines batallan en los momentos postreros del ser, todavía en lucha por mostrar la fuerza y la vitalidad que lo animara.

Se propuso en la puesta resaltar el cuerpo humano, recinto de la vida y del alma, a nivel de las imágenes filmadas y de las acciones de los bailarines. El cuerpo, metaforizado en su concepción escénica es magnificado en la pantalla, conformando paisajes geográficos, identificando lo humano a lo terreno, formados del torso y muslos humanos. Metáfora de su integración a la tierra, a la naturaleza de donde procede y volverá algún día, se supera la mortalidad de la carne pasando la materia a la inmortalidad mientras transcurren los días y las noches en el suceder sin fin hasta el fin de los tiempos. El arte tiene la capacidad de superar la desaparición. De hacer de la fuga, luz. De traducir la desolación en Belleza.

En un pasaje bailan hombres en escena con gestos fuertes. Los brazos amplifican los movimientos, el cuerpo quiere permanecer, mostrar su fuerza y vitalidad postrera. Son los movimientos expresivos del sufrimiento. Signo del cuerpo que realiza las últimas batallas por permanecer con vida, por no renunciar a ella.

La imagen en pantalla de la lluvia cayendo hacia el final es el agua derramada de luz eterna, de pureza celestial, de nueva impregnación de la vida, de la naturaleza recuperándose a sí misma en el eterno devenir. Es la expresión danzaria de la purificación del hombre, heredero de lo divino, del esplendor que desbroza las sombras. Manifestación del misterio insondable de la vida en la Tierra. En ese momento de consagración final el planeta se hace luz total, sol deslumbrador, al cual han ido a parar las almas en una forja constante del ser. Momento del retorno de los bailarines a su agrupada posición inicial, tránsito a la oscuridad, en espera del resurgir de la vida en el camino sin tiempo final de la luz espiritual.

Es el impulso humano por sobrepasar los límites después del tiempo natural disponible para cada cual, tan variable de unos a otros. No es el lamento lo que mueve a Mozart y a Georges. Al contrario, es la proeza del triunfo por sobrepasar las limitaciones temporales de lo carnal lo que hace a lo humano ser realmente grande, de un alcance mucho mayor que las formas de vida no racionales. Es la posibilidad de triunfar la vida sobre la muerte.