El vicio de Domingo Alfonso

El vicio de Domingo Alfonso

Ochenta y cinco años de vida cumplió, este 10 de septiembre, Domingo Alfonso, a quien podemos calificar de disímiles maneras. De profesión es arquitecto; por vocación, es, esencialmente, poeta.

Conversar con él es una suerte de embeleso porque atrapa y entretiene con sus tantos saberes. Su historia está repleta de pasajes novelescos, como por ejemplo, su origen muy humilde, marcado por la ascendencia africana y esclava heredada de su bisabuela materna, quien se llamó como el ingenio de donde provenía: Elena. Pero los avatares de la vida son caprichosos, y es por eso que el pequeño Domingo fue dotado de inteligencia y una marcada sensibilidad ante lo cotidiano, que posteriormente tomó forma en inmuebles y letras.

Arquitecto e intelectual, pareciera que son dos caminos sin mucho en común, pero sí tienen su punto de convergencia. Como ingeniero se dedicó a la construcción, quizás porque «es también una forma de arte, de creación, aunque más terrenal y aplicada a nuestras necesidades más fundamentales como tener un techo para poder vivir». La arquitectura le trajo muchas satisfacciones, fue su sustento y el de su familia.

Según cuenta, el encuentro con la poesía sucedió muy temprano en su infancia. Sin embargo, destaca como un instante especial, cuando a los 12 años llegó a sus manos Las 100 mejores poesías de la lengua castellana, prologado y seleccionado por el erudito español Don Marcelino Menéndez y Pelayo. Y tuvo que ser un hallazgo idílico, que le marcó para siempre. Tanto así, que, aunque basó su vida laboral en trabajos de edificación, porque es «fundamentalmente, un padre de familia», nunca reprimió lo que del medio del pecho le brotaba en forma de versos y rimas. De esa manera es que hoy contamos con una obra lúcida, reconocida en parte del mundo, con premios, y traducciones en varios idiomas.

En sus inicios, luego de aquel tropiezo feliz con lo que él mismo califica como «poesía de calidad», sintió el golpe de la pasión. Empezó a escribir mañana, tarde y noche, y a leer mucho. Procuró conocer a los grandes escritores de la época, nutrirse de ellos. Sus descubridores y mentores fueron, primero, José Ángel Buesa y, después, Roberto Fernández Retamar. También resalta la influencia de poetas como el chileno Pablo Neruda y el venezolano Andrés Eloy Blanco, a quien distingue como extraordinario; sin descartar, por supuesto, a los clásicos de siempre, entre ellos Federico García Lorca.

La poesía se convirtió en su vicio, y la neoromántica fue su primera inquietud. Comenta con orgullo que en el año 1956 publicaron su primer poema «Muchacha de mil hombres», reflejo total de los movimientos líricos de entonces. Y como los tiempos cambian, más tarde su obra también lo hizo «porque la sensibilidad varió y surgieron otros modos de hacer, nuevos intereses literarios». Hasta hoy se ha dedicado a la cotidianidad, al mundo más próximo, y al tiempo en que vivimos.

Todo eso sucedió mientras concebía edificios, construía un hogar, y cumplía misión internacionalista en África…Se apartó por temporadas porque fue preciso erigir un proyecto de vida, pero, admite, no se puede alejar de la poesía. Y ahora, cuando ya la arquitectura no es su tarea fundamental, cuenta que entre sus planes tiene varios libros, «uno de relatos, un poco fantástico; otro sobre sucesos y personas extraordinarias» en su vida; y uno de poemas Todo el tiempo del mundo, en él hace un homenaje a sus ancestros, a su bisabuela Elena Piloto.

A sus ochenta y cinco años de edad, Domingo Alfonso habla de la vida, de sus pasiones, de la responsabilidad con el hogar, y luego se define como «un escritor de concisión» porque ve en «la economía de palabras, un arma, un recurso esencial para decir lo justo»; y acoge como suya la premisa del gran poeta español Luis Cernuda «no sé nada, no quiero nada, no espero nada».