El vuelo irrepetible de los aviones en la madrugada

El vuelo irrepetible de los aviones en la madrugada

Etiquetas: 
Ediciones UNIÓN
  • Cubierta del libro (cortesía del Juan Siam)
    Cubierta del libro (cortesía del Juan Siam)

Con Aviones en la madrugada (Ediciones UNIÓN, 2015) el escritor holguinero Juan Isidro Siam obtuvo el Premio Guillermo Vidal de novela 2013, otorgado por la UNEAC en Las Tunas. Este escritor, natural de Banes, la tierra de Gastón Baquero, creó una especie de cuestionario para saber si los amigos que han leído Aviones en la madrugada recuerdan ciertos detalles de la novela. Cuando alguno le dice que está leyendo el libro, o que ya lo leyó, Juan Siam no vacila en preguntarle, con la jocosidad característica, medio en serio y medio en broma: “¿Dónde estaban las banderas?”. “¿Cuántas personas había en el concierto de Pablo Milanés en que un funcionario le dijo: «Pablito estamos esperando que cantes Yolanda», cuando la canción había sido la segunda en el programa?”.

Aviones en la madrugada es una novela disfrutable en todo el amplio diapasón de su contenido, desde la dedicatoria al epílogo, sobre todo –por la habilidad sugestiva de la narración– las escenas eróticas que se suceden como miradas en el cine de un pueblo de provincia, en la oscuridad de una sala cinematográfica de una ciudad que casi no tiene cines, o en la pantalla de un televisor soviético ELECTRON–318, aunque para buena parte de los nacidos después de 1990, esa marca de televisor nos sea tan lejana como la propia Unión Soviética. Escenas desenfadadas con la que inicia y transcurre la vida sexual de Jondra y Fernando, los protagonistas de la historia.

Aviones en la madrugada es una novela de coincidencias y casualidades, de segundos precisos, el azar contenido en una simple taza de café, en detalles aparentemente insignificantes, donde todo parece ser parte del engranaje de lo verosímil pero, a la vez, de lo asombroso; una novela circular en su estructura y que se desprende de una sencilla y contundente frase: “¿No querías conocer a Fernando?”. Confieso que me enamoré de Jondra, esa “femme fatale” que, en parte, recuerda al personaje de Nadja, de André Breton. Jondra puede llegar a ser tan cercana y surrealista como la Nadja francesa, y como Cuba misma…

Partamos de que esta es una historia de amor. Pero no una historia de amor de telenovelas; por suerte le falta lágrimas y melodrama para serlo. Fernando y Jondra –separados por diferencias generacionales, nótese el contraste inicial entre sus nombres– se conocen, enamoran, arriesgan y viven un romance cotidiano, vital, único, desesperado, en una ciudad que ellos hacen suya todas las noches y que les conoce los secretos: cada calle oscura y cada esquina, cada parque y cada banco, se hacen cómplices del amor, desenfrenado y enfermizo, entre Fernando y Jondra.

Pero como todo avión, todo buen romance (incluso en las telenovelas) no siempre está en el aire: vuela, roza las nubes, hace maromas, piruetas arriesgadas, pero llega el momento de aterrizar, poner las piernas–ruedas en la tierra, descender, quizá reabastecerse y luego levantar el vuelo. Son aviones que vuelan, pero descienden, como aquellos Mig–15 que de niño armaba Fernando uniendo las piezas. Y, ¿de qué otra cosa está hecha una novela sino de piezas a ensamblar, pequeñas partes de una armazón dramatúrgica que se irán colocando de manera que formen el esqueleto posmoderno del relato, el cuerpo entero?

Aviones en la madrugada es, además, un reflejo sociopolítico del país en diferentes épocas, un mosaico desde los años 60 hasta el 2000, pero visto sutilmente a través de las pequeñas cosas que conforman el todo y a la vez, la nada, aquellas pequeñas cosas de las que hablaba Joan Manuel Serrat. La música, como el cine, también mueve esta narración: The Beatles, Led Zeppellin, Sabina, Queen, Eric Clapton, The Animal, Barry Manilow, entre otros, resultan imprescindibles en el concierto sonoro y narrativo de Aviones...

En esta historia el país y la ciudad viene a ser un tercer personaje omnisciente, y a la vez protagonista, que a veces, no sé por qué extraña coincidencias y manejo de hilos, recuerda a Guillermo Cabrera Infante y sus historias nocturnas, de ciudades a medias penumbras, de cines y películas, de calles y parques... ¿No por casualidad Cabrera Infante nació en Gibara, “la Villa” marítima de esta historia?

Esta es una ciudad que habla, crece, lucha y se contorsiona a la par de los personajes, de sus vidas, y con el devenir de la urbe: las leyes revolucionarias de las primeras décadas; los comics ideológicamente subversivos; la eliminación del Día de Reyes, Navidad, Noche Buena; la crisis de Octubre; los racionamientos; las prohibiciones musicales; las becas escolares; el Período Especial y sus consecuencias..., muchas veces narrado por un niño, o a través de los padres de los protagonistas (la madre de Jondra y el padre de Fernando con sus respectivas piezas del mosaico, del modelo para armar un avión en partes); otras veces visto por un adulto que se pregunta por qué, a punto de arriesgar su matrimonio, está perdidamente enamorado de aquella mujer que lee a Nietzsche, o aquella mujer que él se ha construido de manera que lea a F. Nietzsche.

Pero Odlonra (el amigo, consejero y especie de Celestino de Fernando, que no deja de llamarle Maestro continuamente) le ha dicho: “Las mujeres toman la forma del hombre que las contiene. (...) Siempre se mostrarán como tú quieres verla. ¿Y acaso nosotros no somos, al menos, parecidos? ¿Y acaso no somos los culpables?”.

Muchos jóvenes de mi generación, aquellos, como decía, nacidos en las postrimerías de los 80 e inicios de los 90, no tuvimos aviones para armar, mucho menos un caza soviético Mig–15, como el protagonista de Aviones en la madrugada. Nacimos en “los años duros” del Período Especial, en donde los juguetes también abandonaban la Isla de diferentes maneras; pero quiero que después de una taza de café que puede ser la puerta del azar, Juan I. Siam me presente a Jondra, o al menos me diga dónde encontrarla, cómo llegar hasta ella. Yo le aseguro que correré todos los riegos. Después de mis aventurados traspiés, le escucharé decir, paternalmente y seguro de su verdad: “¿No querías conocer a Jondra? Ya ves: hay amores que matan”. Y yo le responderé, en nombre también de ella: “Recuerda, Juan Siam, aquello de que amores que matan nunca mueren, porque los vuelos inesperados, esos que despegan sin avisar, alcanzan mayor altura”.