Eloy, Elvira y el Tao

Eloy, Elvira y el Tao

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  • Walter Salles, realizador de esas tres grandes películas llamadas Estación central de Brasil, Detrás del Sol y Diarios de motocicleta. Foto tomada de Internet
    Walter Salles, realizador de esas tres grandes películas llamadas Estación central de Brasil, Detrás del Sol y Diarios de motocicleta. Foto tomada de Internet

Walter Salles, realizador de esas tres grandes películas llamadas Estación central de Brasil, Detrás del Sol y Diarios de motocicleta, se quejaba a inicios de este siglo del cinismo que recorre el cine post-Tarantino. Aunque comparto “grosso modo” su opinión, al parecer, el artista suramericano, quien decía estar muy al tanto de cuanto hacen gente joven del continente, no lo andaba mucho sin embargo en relación a la ejecutoria de otras más maduritas a la manera del desaparecido realizador argentino Eliseo Subiela.

Dicho señor, a cuya mano directriz pertenece No mires para abajo (una de las películas perteneciente al ciclo Eros latinoamericano, encargado de recién abrir el Festival de Cine de Verano del ICAIC) representó la expresión culminante, dentro del contexto regional de un cine encallado en un rocalloso territorio argumental donde reinaría el semicandor, la inocentada, delirios seudopoéticos, arrebatos dulzones, alambicamiento  e incurables cursilerías habitadas por “pibes y pibas” de otro mundo: productos transgénicos disparados de un laboratorio de miel y anacronismo.

Quizá quien escriba participe de ese espíritu crítico acompañante del período aludido por Salles, de igual signado por el mismo cinismo; pero lo cierto es que por mucho tiempo no pudo con los caramelos liricoides de quien en algún momento inicial se perfilaba como una de las grandes firmas autorales de la pantalla austral, mas a la fecha de este filme ya triste sombra sería.

Subiela —suerte artística distinta la suya a la vaticinada—, degeneró en un cine pletórico de existencialismo de cartón, espiritualismo coélhico, enfatización, sermoneo, didactismo, melodrama a propulsión a chorro. Laxo y carente de entidad narrativa, por norma. Algunos de sus filmes parecían la yuxtaposición de viñetas a cierto amago de idea central; o sea, una argamasa de presuntos “raptus” o relámpagos de luz, pegados a como dé lugar, sin cemento ni sementera. Esperma al viento sin probabilidad de fecundar en la memoria.

No mires para abajo, didáctica como ninguna, deviene autogestionada lección erótica, donde Eliseo copia lo peor de sí mismo. El filme, del cual ahora se cumple la década de su estreno, arranca citando a Bretón: “Como ocurre siempre en las épocas en que socialmente la vida no vale nada, es preciso saber ver por medio de los ojos de Eros. En el tiempo que está por llegar, a Eros incumbe restablecer el equilibrio roto en provecho de la muerte”. Después de semejante entrada, conociendo lo serio que se tomaba sus dichos este director, habrá que sujetarse para no correr. En el cursillo de educación sexual en el cual convierte al largometraje —dedicado por escrito y todo a sus propios hijos, reconozcámosle el valor—, la sublimación de la oriental deontología amatoria del Tao llegará más allá de Pekín, de forma literal.

La cuestión de la joven Elvira es que su contraparte masculina no alcance el orgasmo, pero menos en aras de prolongar el goce que con el fin de que el jovencito pueda emprender la inédita suerte de geografía eroturística propuesta aquí. A medida que el muchacho incrementa el número de penetraciones, será capaz de viajar mentalmente (pero como si fuera en vivo) a mayor número de las ciudades visitadas en la realidad por su imposible chiquilla: recorrerá sus calles y hasta el puesto donde ella compró butifarras en Sevilla. La meta de 81 arremetidas sin eyacular, al principio dada por inalcanzable, pronto será destrozada por el amante (no menguante, esto no es Almodóvar aunque tenga su poco).

El listón coital no solo se elevará en territorio del tradicional samaritano; no, la nena —nada que ver con la de Francella—, le mostrará a su sonámbulo Eloy todo el repertorio del Kamasutra desde su posición de sacerdotisa sabelotodo sexual. Pero Eliseo adereza la clase —no podía suceder lo contrario, y esto es lo que a la larga descuartiza la lección de anatomía—, con surrealismo, magia, versitos, frases hechas, muertos vivos frente al cementerio, yoga, tantrismo, bailes seniles, fantasmas paternales y la altisonancia tremendista sello de la casa.

Además, impertérrita subielada, le encasqueta nombres a los atributos sexuales: al del rubito, Marlon (¿tendrá alguna relación con el protagonista de El último tango en París?; el vínculo sería algo forzado más allá de la analogía supuesta por pareja-cama, pero con el argentino todo valía); al de la chica, Adoratriz. Tan difícil de digerir como su también en Cuba vista El resultado del amor (2007), la pieza del un día prometedor firmante de Hombre mirando al sudeste y El lado oscuro del corazón halla en la actriz Antonella Costa —quien logra la real hazaña de conferirle un poco de color a este ridículo manual pedagógico— virtud primera; junto a los apartados técnicos, sobre todo el trabajo fotográfico.