En tiempos de cola

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En tiempos de cola

Las colas son organismos vivos. Tienen sus ciclos y hasta necesidades propias. No es un barbarismo ni un chiste. Lo he comprobado más de una vez. Y en estos tiempos, con creces. Se compone de varios microorganismos o individuos. Cada uno tiene una función específica.

Más de uno me ha dicho que en Cuba nunca se extinguirán las colas. Aunque no es endémica de nuestro país; son un mal inevitable. Y hasta me han puesto a pensar. ¿Será cierto que muchos se sienten atraídos por el tumulto?

He sido testigo de varias personas que han visto los grupos frente a un determinado lugar de expendio y correr a marcar sin saber aun lo que se vende. Asimismo, he escuchado a más de una pareja invitándose al concurso de una buena cola solo por hacer algo y ver que llevan a casa.

Aquí no incluyo los que hacen filas por escasez verdadera. Ni a aquellos que, por hacer un bien, le hacen el favor a un pariente, amigo o vecino. Y son inmolados como auténticos mártires.

En este punto no me distraigo en las generalidades. Solo me interesan las excepciones, esas que sí hacen la regla en muchísimos casos y que convierten al tedio en algo más productivo.

Soy vapuleado, por el bichito de la curiosidad, y lanzado a la investigación. Llego al punto de tropezarme con un tal A. K. Erlang, danés, que por allá por el año 1909 creó una Teoría de las colas que ahora mismo sería un chiste para los cubanos.

Y se entiende, porque para ese danés las colas tienen características bien precisas:

“A lo largo del tiempo se producen llegadas de clientes a la cola de un sistema desde una determinada fuente demandando un servicio. Los servidores del sistema seleccionan miembros de la cola según una regla predefinida denominada disciplina de la cola. Cuando un cliente seleccionado termina de recibir su servicio (tras un tiempo de servicio) abandona el sistema, pudiendo o no unirse de nuevo a la fuente de llegadas”.

¿Le suena de algo? Bueno, en la práctica, sería lo que cada de uno de nosotros pretende. Pero la realidad nos supera. De paso, supera toda fantasía. Y es que hemos convertido algo conceptual en un ser vivo que ya nos despunta a todos. Eso me lleva a preguntarme, ¿quién fue el primer cubano que hizo cola? Mas no quiero alejarme del tema que nos ocupa.

Son muchos los momentos por los que pasan las colas. Resumidas en una estructura bien narrativa: introducción, nudo y desenlace. Cada uno entorpecido por los errores humanos que dan al traste con la relación cliente-servicio-fuente. Estar acostumbrados a que este proceso sea agónico y lastrado es, también, un error. Solucionarlo sería la primera piedra que habría que lanzar.

Si bien existe una patología llamada enoclofobia, que es terror a las multitudes, también podría dilucidarse la presencia de un placer morboso en algunos de hacer infinitas e inesperadas filas entre aglomerados. Porque bien se ve que en Cuba a muchos les encanta codearse con las masas.

Miro la cara de una buena parte de estos sujetos que colean. Hay expresiones de todo tipo. ¡Oh, Paul Ekman, cuánto adorarías estar aquí, para ser testigo de esta festividad no verbal!

Hay expresión de cansancio, aburrimiento, pero se destacan las de alegría rayando el éxtasis; también de preocupación y concentración; rostros severos y otros que muestran confianza en el prójimo; pululan los perdidos que piensan hallar el camino; zozobra y, además, inconformidad; infantilismos y severidades. Hay de todo. Pero prevalece una nube de realización humana.

Siempre llevo un libro cuando voy a hacer una gestión a la que antecede una cola. Eso no quita que me pierda un solo detalle de lo que ocurre a mi alrededor. Me ocurre entonces que apenas me concentro en lo que leo. Por momentos, se me unen lo leído con la realidad real que siempre es mucho más rica.

También llevo un lapicero y en la misma página leída, anoto las curiosidades que voy viendo y que enseguida comparto.

  • Somos de naturaleza confiados y cariñosos.
  • Nos encanta establecer todo tipo de relaciones y contactos.
  • Ayudamos al que sea.
  • Existen los hiperactivos que se hallan a sus anchas organizando las colas, llevan y traen mandados y hasta chismes.
  • Los más habladores son los que se encargan de actualizar la cantidad de los productos que se venden y su existencia real.
  • Los matemáticos y estadísticos adoran encontrar al auditorio perfecto para sacar sus cálculos sobre cuántas horas faltan de estadía y si habrá posibilidades de que alguien más usurpe el lugar que les toca.
  • La sed de justicia alcanza presencia en los justicieros, esos que para defender al despojado de su lugar en la línea son capaces de esgrimir cualquier argumento, porque nadie tiene el derecho de consumir el tiempo y el espacio de los otros.
  • Aquellos que son rígidos de pensamiento, o que tienen personalidad con rasgos anancásticos, son incapaces de entender que van detrás de alguien que no está presente y que, a su vez, le sigue a otros que fueron a marcar en otros lugares y que regresan enseguida.
  • Los territoriales valoran el espacio que ocupan y, al mismo tiempo, tratan de dejarlos marcados de alguna forma.
  • Sobresalen en estas venturas la presencia de trastornos neuróticos del control de impulsos, y por ansiedad generalizada.

Y muchas otras cosas que veo a diario. Lo cierto es que las colas ya se están volviendo seres enciclopédicos. Ameritan tiempo y cuidado. Como mascotas se les puede consentir algunos desajustes. Pero no está permitido perderles pie ni pisada, pues podría dañar nuestra salud mental.