Eugenio Rodríguez, en su centenario

Eugenio Rodríguez, en su centenario

Etiquetas: 
Museo Nacional de Bellas Artes, exposición
  • Edificio de Arte Cubano. Foto tomada de Habana Radio
    Edificio de Arte Cubano. Foto tomada de Habana Radio

El Museo Nacional de Bellas Artes de La Habana rinde merecido homenaje al escultor cubano Eugenio Rodríguez (La Habana, 1917-1968), con motivo del centenario de su natalicio. Para eso ha organizado una exposición, Juego de Ángeles, en la amplia sala transitoria del Edificio de Arte Cubano. Podrá comprobarse cuán acertada ha sido la selección mostrada, representativa de ese artista, con obras significativas en el grabado y la escultura, entre las décadas del cuarenta y sesenta del pasado siglo. Su  lamentable desaparición física ocurrió en un momento en que su talento se desplegaba y pasaba a modos de expresión de notoria madurez creativa.

La figura femenina, sin duda ocupó el centro principal de su atención artística, a lo largo de esas tres décadas. En los años cuarenta, y aun a inicios de los cincuenta, dibujaba las ondulaciones del cuerpo femenino con evidente disfrute en los grabados y en la escultura. Cuidaba fijar la figuración del rostro, de los senos, de las caderas y los muslos, las zonas donde se concentra la sensualidad femenina.

La enseñanza académica estaba ahí presente, pero el modo de acentuarlas en sus tempranas esculturas en piedra y terracota de los años cuarenta e inicios de los cincuenta, evidencia una exuberancia aún mayor que las formas de Rubens en lo pictórico, reflejo del impacto visual y emocional provocado por la llegada a Cuba de un escultor europeo, Bernard Reder, el cual le influyó notablemente en la manera de acentuar los volúmenes del cuerpo femenino. Aspecto al cual se sintieron arrastrados varios artistas nuestros, al ver en ese proceder, un modelo nuevo de representación, alejado de las formas de la enseñanza académica de San Alejandro.

Esto se hace claramente evidente en la obra modelada en terracota, Mujer a caballo (1944), sin duda una pieza muy meritoria exhibida en esta muestra. Es decir, pasaba por la acción del influjo de una figura europea de mayor experiencia y conocimiento en el arte de lo escultórico, que deslumbró a los jóvenes artistas de acá; deseosos de incursionar en la escultura de corte moderno, apartados de las convenciones académicas aun imperantes, sobre todo en la escultura cubana de entonces. 

El amor temprano de Eugenio por los volúmenes macizos, no le impidió experimentar con la búsqueda de vaciamientos internos en las figuras escultóricas. Eso aireaba a los volúmenes, los aligeraba. Dejaba la sensación de presentar la corporeidad de la silueta femenina casi suspendida, a pesar de la pesantez de la piedra. Esa es una característica suya, recién comenzada la década de los cincuenta. Les dio a esas figuras una gracilidad y un movimiento peculiares, como si se tratara de la ejecución de una danza.

Una erótica suave de lo femenino estuvo presente desde sus comienzos. Sin embargo, al paso de unos años, a mediados de los cincuenta, al ir transitando progresivamente hacia la figuración abstracta, su acentuado sensualismo fue desapareciendo, aunque más bien pasó a ser esbozado ahora con sutileza.

Las manifestaciones artísticas donde se desarrolló fueron esas dos, el grabado y la escultura. En el grabado exploraba los temas. En cambio, el volumen le daba las posibilidades de trabajar las figuras en su dimensión tridimensional sin seguir por eso un traspaso directo del grabado. Son dos vertientes interrelacionadas de su arte con caminos propios.

Al pasar a mediados de los cincuenta a la abstracción, en resonancia estilística con la nueva tendencia artística en el arte cubano de vanguardia, conservaría la figura femenina en los grabados, aunque de manera abstracta, a veces llegando solo a ser una figura casi intuible. En otros casos, recurre al poder informacional preciso del título para precisar su alusión temática. Al menos, si nos atenemos  a la representatividad de lo mostrado en esta exposición.

De los años sesenta se presentan obras a tinta y gouache, junto a otras en tinta y tempera. La femineidad continuó en esos años bajo formas abstractas, como ocurre en Mujer sentada (1965) a tinta. No ha de pensarse por el contrario que este sea su único tema abordado. En esta década final de su creación, el impetuoso proceso de la revolución cubana lo llevó a nuevos temas. Representados en la exposición están, el Circo (1965), tinta, de evocación abstracta; el del Músico, (1967), tinta; el de la figura en reposo, a la manera de un retrato abstracto —en uno recuerda al Chac Mool, tal vez evocación de esa imagen dibujada por Martí—; el de lo heroico en Guerrillero (1968), tinta, estremecido emocionalmente por las virtudes del Guerrillero Heroico y del movimiento liberador de las guerrillas. El tema del guerrillero con el fusil trazado linealmente de una manera abstracta, tuvo una presencia destacada en parte de su producción de esos años, como lo atestiguan fielmente varios de los grabados aquí presentados.

En los sesenta, amplía los materiales y la técnica, a la talla directa y la madera, respectivamente. Continúa en la abstracción pero deja traslucir alguna sucinta reminiscencia figurativa. Nunca se apartó de la representación de lo humano. Se concentró en mostrar al individuo en su condición de representación genérica, no singular; y no en tratar a lo grupal. En estas esculturas, las líneas acentúan las angulosidades, con ligeros detalles algo curvados como ya había venido trabajando en sus grabados anteriores. Aparecen nuevamente los llenos y los leves vacíos intermedios en los interiores de la figura que caracterizaron sus grabados en los cincuenta, los cuales encontraron un eco fértil en la talla en madera durante la década siguiente.

El no haberse alejado de lo humano le confiere a sus creaciones abstractas, el ser sugerentes en un amplio rango. A veces resulta difícil establecer ese contacto antropomórfico si no fuera por su alusión en el título.

Una pieza sobresale del resto de las esculturas presentadas en la sala, por su técnica, oxiacetilénica, y su material, el metal. Aparece bajo el título Fuga (1953). Responde a un momento epocal del arte cubano, cuando artistas como Domingo Ravenet incursionaban en el uso del metal en la escultura. Esta pieza es análoga en principio —aunque menor en dimensiones y en complejidad—  a la realizada por este artista, en respuesta al encargo realizado por las autoridades culturales del museo, cuando se inauguró el edificio a fines de los años cincuenta, situada a gran altura en el lobby del museo. Prueba, por demás, de la  valía, reconocimiento y consideración de Eugenio Rodríguez para esa fecha, dentro de la perspectiva del arte moderno que comenzaba a hacerse imperante en el arte renovador de esos años en el país, del cual es un símbolo pleno la propia arquitectura de este museo, donde hoy se exhiben solo las colecciones de arte cubano. 

Conviene considerar cuán satisfactorio le resultó abordar lo femenino en la escultura, al mostrar el gozo inusitado de las figuras en sus comienzos, en la antes referida Mujer a caballo (1944), en terracota; y en dos talladas en piedra, de la cual destaco (Figura con gallo) 1951, en las cuales siempre la carnosa mujer está sonriente. En la primera, porque el erotismo es disfrutado, al estar sentada sobre el caballo (lo masculino), con cuyo lomo y espalda vigorosa, establece un contacto directo de su cuerpo desnudo. En la segunda pieza, inscribe la figura de la mujer dentro de una forma esférica. La presenta en un juego de evidente retozo con la figura alargada del gallo para sugerir los lances amorosos entre estos, dada esa condición fálica, siempre deseosa de sexualidad del gallo, que encuentra un asiento reconocible en la imaginación popular.

Posiblemente ese juego de movimientos entrelazados de las dos esculturas en piedra sea la esencia temática de la litografía de los años cincuenta que da nombre a esta exposición, Juego de Ángeles en esta muestra organizada por el Museo de Bellas Artes. Aunque en eso opere seguramente cierta malicia burlona de Eugenio, al dar muestras de un delicioso toque de astucia en el revoloteo erótico de los ángeles. Esos, que por su naturaleza angélica debieran ser seres asexuados, parece que tampoco pueden sustraerse a esa fuerza enervante de los sentidos que hace a los cuerpos estremecerse y revolcarse complacidos, en la alegría provocada por uno de los mayores dones de la vida. Esa que era de feliz disfrute por el propio artista.