Giselle: paradigma de la danza universal

Danza

Giselle: paradigma de la danza universal

  • Giselle, BNC. Foto: Nancy Reyes
    Giselle, BNC. Foto: Nancy Reyes
  • Sadaise Arencibia y cuerpo de baile. Foto: Nancy Reyes
    Sadaise Arencibia y cuerpo de baile. Foto: Nancy Reyes
  • Sadaise Arencibia y Raúl Abreu. Foto: Nancy Reyes
    Sadaise Arencibia y Raúl Abreu. Foto: Nancy Reyes

La sala García Lorca del Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso reabrió de par en par sus puertas para recibir —con danza, música, poesía, luz y color— la reposición de Giselle, cuya versión cubana es el resultado de la inagotable creatividad de la prima ballerina assoluta Alicia Alonso, miembro de honor del Consejo Internacional de la Danza (CID-UNESCO).

La también directora general del Ballet Nacional de Cuba (BNC), Patrimonio Cultural de la Nación, se apoyó en la coreografía original de los maestros Jean Coralli y Jules Perrot, libreto de los escritores Théophile Gautier, Vernoy de Saint-Georges y el propio Coralli, quienes se inspiraron en una leyenda popular germánica recogida por Heinrich Heine, música del maestro Adolphe Adam y diseños de Salvador Fernández. 

Por otra parte, a la versión insular la distingue —básicamente— la excelente elaboración y montaje del drama, el carácter, la fuerza y la comunicación entre todos los personajes que intervienen en esa puesta en escena. 

Giselle cuenta una historia de amor, engaño, traición, locura, maldad, envidia y vida más allá de Tanatos (la muerte en el vocabulario psicoanalítico ortodoxo). Es —sin ningún género de duda— el ballet más codiciado y aclamado por los amantes del arte de las puntas y por los propios bailarines, quienes lo consideran un sueño y una verdadera prueba de fuego, de la que —lamentablemente— no todos los danzantes salen airosos.

Interpretan los papeles protagónicos los primeros bailarines Viengsay Valdés, subdirectora artística de la emblemática compañía, Anette Delgado, Sadaise Arencibia, Grettel Morejón y Dani Hernández, así como los bailarines principales Raúl Abreu y Rafael Quenedit, cuya excelencia artístico-profesional los identifica en cualquier escenario nacional o foráneo donde han actuado y representado al BNC y a la patria que los vio nacer, crecer y desarrollarse como artistas integrales.  

Con un poco de leyenda, un hálito de misterio y ligeros matices mágicos, Giselle cautiva a balletómanos nacionales y extranjeros, así como a los colegas de la prensa especializada que cubren las funciones incluidas en esta temporada; fascinación que, ni el paso del dios Cronos, logra disminuir, ya que una técnica impactante no alcanza para desempeñar el papel de Giselle, cuyos retos más complejos consisten —fundamentalmente— en el virtuosismo técnico-artístico y en la interpretación teatral, fundidos en cálido abrazo, estilo impecable, así como entrega incondicional en cuerpo, mente y espíritu al arte danzario en general, y al ballet clásico-romántico en particular.

En ese contexto coreográfico-dramatúrgico, quisiera destacar —con letras indelebles— la magistral interpretación que hacen de esa obra, Sadaise Arencibia, quien desempeña el papel de Giselle, la inocente campesina que muere virgen, y por ende, se convierte en una Willis, así como Raúl Abreu, quien le presta pie y alma al noble Albrecht, duque de Silesia, quien engaña a la muchacha al disfrazarse de un humilde campesino germano, pero es delatado por los celos enfermizos que padece el guardabosques Hilarión (primer bailarín Ernesto Díaz), quien también está perdidamente enamorado de Giselle.

Sadaise y Raúl —con los sentimientos que, al exteriorizarlos, los convierten en movimientos corporales— no solo intelectualizan y espiritualizan la técnica académica y la proyección escénica, sino también dominan el clima emocional del auditorio, el cual acaba rindiéndose a los pies de esas figuras insignia de una de las mejores agrupaciones danzarias del orbe.

Raúl Abreu, quien ha alcanzado plena madurez artístico-profesional, y hace un uso inteligente de los conocimientos teórico-conceptuales adquiridos en la septuagenaria Escuela Cubana de Ballet y consolidados en el proscenio, ha interiorizado e incorporado a su estilo danzario de afrontamiento, que al personaje de Albrecht debe llevarlo a las tablas con el amor y la pasión que singularizan al fogoso Duque de Silesia, quien está dispuesto a morir bailando por agotamiento físico, para encontrarse con su adorada Giselle en el espacio espectral donde moran Mirtha (Ely Regina), la malvada Reina de las Willis, escoltada por las doncellas que fallecieron vírgenes.

A Sadaise Arencibia habría que dedicarle —por supuesto— un párrafo especial, ya que la escena en que Giselle enloquece y muere por amor, deviene una de las más logradas en la representación de esa perla del ballet romántico de todas las épocas y todos los tiempos, así como la escena final, en que Giselle se pierde en los oscuros laberintos de la tumba fría que guarda sus virginales restos, y Albrecht cae al suelo transido de dolor.

Con razón, el público los ovacionó con fervor, porque esa reposición de Giselle por parte del BNC supo acariciar —como solo suele hacerlo la suavidad de la seda— el intelecto y el espíritu humanos.