Hablar

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  • Reparto de la película Hablar.
    Reparto de la película Hablar.

En un libro referente a la comunicación en el arte, José Luis Brea escribe sobre una obra de Marcel Duchamp hecha en 1916: Ruido secreto. El libro se llama Un ruido secreto. El arte en la era póstuma de la cultura. Leyendo el ensayo de José Luis Brea, me percaté de la relación que existe, relación proporcional además, entre la cantidad de comunicación efectiva y los públicos parciales. Allí, Brea, señala la capacidad que tiene una supuesta curación museística para “incomunicar” lo que la obra de Duchamp intenta.

Ante esta realidad de la obra de arte, más bien la irrealidad de la obra de arte, Brea apunta sus armas. Expone que precisamente un “readymade asistido”, todo readymade en realidad, está confeccionado para interactuar con el espectador de todas las maneras posibles, por todas las vías existentes. La obra de Duchamp, consiste en unas placas de latón rotuladas con frases que le faltan caracteres, en la misma consecuencia que un cartel de neón le faltan algunas letras. Según Brea, que pudo descifrar el contenido de la frase de la parte inferior, escrita alternativamente en inglés y en francés, el contenido de la misma está sujeta a una impronta que solo conoce el artista. La frase es un sinsentido: “Peggy decide arrasar los desiertos amueblados como sin embargo corresponde”.

Entre otras cosas (muchas), Duchamp logra que el leguaje adquiera, mediante el arte, su incomunicación. No se sabe, como espectador (como público), qué estamos viendo en realidad, pero tenemos la certeza que allí “se nos dice algo”. En esta misma ruta, he visto una película interesantísima, puesto que retrata muy bien los modos que hemos encontrado para incomunicarnos.

En una sociedad que está constantemente inventando métodos para significarnos, para hacernos más cercanos mediante el diálogo o la exposición de lo que pensamos, de lo que vemos, de lo que sentimos, llega Hablar (Aquí y Allí Films y Sabre Producciones, 2015) dirigida por Joaquín Oristrell, una producción española de altos quilates. Hablar tiene un elenco de lujo, que sin más logran lo que se proponen como actores: Sergio Peris-Mencheta (El Profeta), Estefanía de los Santos (La Borracha), María Botto (La Madre), Raúl Arévalo (El Cordero), Marta Etura (La Supercualificada), Juan Diego Botto (El Explotador), Astrid Jones (La Explotada), Dafnis Balduz (El Periodista), Mercedes Sampietro (La Corrupta), Nur Al Levi (La Obsesiva), Miguel Ángel Muñoz (El Adicto al Porno), Carmen Balagué (La Comadrona), Goya Toledo (La Chica Anuncio), Secun de la Rosa (El Director del Hotel), Álex García Alicia (as Alex García), Antonio de la Torre (El Gitano), Melani Olivares La Camarera, Petra Martínez (La Actriz), Juan Margallo (El Actor), Guillermo Pérez (El Poeta), Sara Álvarez (Chica Vestido Rojo), Jorge Alvariñas (Chico sin Autoestima), Almudena Puyo (Angustias), Bea Bracero (Dolores), Claudia Melo (Irina), Irene Maquieira (Víctima), Jon Arraez (Verdugo), Fernando Solís (Vendedor Ambulante), María Pordoy (Amiga de Ana), Mateu Bosch (Frutero), María Simón (La Chica de la Sandía), Íñigo de Lascoiti (Policía 1), Luciano Ciaglia (Policía 2).

Básicamente, la película es un reclamo a la forma incongruente de comunicarnos a la cual hemos llegado en este siglo xxi. Todas las situaciones que presenta Joaquín Oristrell, van convirtiéndose en inverosímiles por su apego a la realidad. Discursos que operan en la utopía, soluciones humanas que exponen la desnaturalización, construcciones teatrales donde lo cotidiano es frívolo, alcances de la mirada de los personajes guiados por una cámara que por más que trate de inmiscuirse no lo logra, son los componentes esenciales de Hablar.

Se desarrolla en una plaza cualquiera de Madrid, la ascensión, la salida a la superficie (metáfora que nos adentra de golpe en la realidad de los personajes), de una madre (María Boto) con su niño recoge algo tirado en el piso (una cubierta de algún dulce achocolatado), lo comienza a lamer sediciosamente, cubre los primeros minutos. Esto es luego de que se nos advierta que es una película filmada en un solo plano-secuencia. La mujer se cruza con uno de los personajes que acude al encuentro de una cita a ciegas (han quedado a través de un chat).

De esta manera el director urde situaciones que buscan reflejar que “algo siempre tratamos de decirnos, pero no lo logramos”. Los parlamentos no están dirigidos a nosotros como espectadores, están dirigidos a la necesidad propia de los personajes de romper esa especie de silencio que crea el hablar demasiado. En los diversos problemas que un personaje expone, el otro, pasivo hasta encontrar un punto flaco en la defensa que hace, toma al punto flaco y lo convierte en su arma más terrible. Es una lucha por hablar más alto, sin razonar, sin escuchar. Los personajes no se escuchan nunca, no verdaderamente.

Cada palabra, cada gesto, milimétricamente diseñado en el readymade cinematográfico del director hace de Hablar, una experiencia enriquecedora. Una vidriera amarga del hasta dónde hemos llegado para estar solos. Nos apiadamos de situaciones que perfectamente pueden ser las nuestras, pues no se trata de historias socavadas en una ficción intermedia, sino de posibilidades reales del estado de las relaciones actuales entre los individuos.

Marcel Duchamp manifestado a través de las diversas capas confluyentes en una plaza cualquiera de Madrid. Hacia el final, para cuando la representación se vuelve imposible de ocultar, todos los personajes terminan acudiendo al teatro.

Pero antes existe un preámbulo: un gitano tiene reunido en una canturía a una pequeña cantidad de personas y los está arengando (a que firmen unas planillas) a una libertad fuera de todo contrato social para con el Estado. El canto del gitano (expresión española de la libertad a toda costa) consiste en una experiencia frente a un banco por el cobro de un cheque, en realidad el conflicto lo lleva la “reputación de los bancos y sus enredos”, porque el protagónico sale ileso, sin percances, de su transacción. En la medida que toda la violencia generada por la incomunicación es, de alguna manera, solucionada mientras el gitano canta (o recita) su poema, las historias dispares y emulsionadas llegan a su fin.

Todos han llegado al teatro, zona mágica de la representación. Y ocurre algo genial, que lleva a Hablar a un grado superlativo de expresión artística. Dos viejos (una mujer y un hombre) leen para el público, mientras leen se descubren, mientras se descubren tratan de diferir del texto, pero encuentran que todo está escrito, el guión lo ha previsto todo. Cuando callan, cuando hacen silencio, nos percatamos de que la cámara siempre ha estado allí, silenciosa, ojerosa, lenta. La cámara gira: todos los personajes que se nos mostraron durante una hora y media más o menos, están sentados en los banquillos. Al finalizar, aplauden. Aplauden despavoridamente. Aplauden, dejando lágrimas y sonrisas, como se aplaude a la vida aplauden. Lloran, se sonrojan, se felicitan y nos felicitan por haber llegado (ilesos) al final de la representación. Y aplauden, siguen aplaudiendo, aunque se rompan las manos. En silencio, sin una sola palabra, nos dice para siempre Joaquín Oristrell.