Homenaje a La Habana. Lino Betancourt

Homenaje a La Habana. Lino Betancourt

  • Foto: AHS
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Lino Betancourt, Guantánamo 1930, Periodista, escritor para la radio, locutor y musicógrafo. Artista Mérito del Instituto Cubano de Radio y Televisión. Productor y redactor de notas para discos de los Estudios Abdala. Premio Nacional de la Radio en 2007. Autor de La trova en Santiago de Cuba: apuntes históricos; Andante,

Editora Musical de Cuba, La Habana, 2005. Falleció en diciembre de 2018 en la capital cubana.

¿Qué lugar define a La Habana?

—Cuando divisé por primera vez en La Habana el Capitolio Nacional pensé que era el más grande del mundo, rodeado de fotógrafos con sus cámaras montadas en trípodes tomaban instantáneas a curiosos turistas y provincianos que querían guardar la prueba de su visita. Yo, por supuesto, me tomé una memorable foto... Y, sí, decididamente, creo que el Capitolio define a La Habana porque, ayer y hoy, sigue siendo el símbolo habanero; aunque el Morro, le dispute el logotipo.

¿Cuál sabor identifica a La Habana?

—En el oriente de Cuba, de donde vengo, los frijoles preferidos son los colorados y los negros están reservados a la cena de Nochebuena. Cuando decidí instalarme definitivamente en La Habana, comía diariamente en una de las numerosas fondas donde se servía buena y barata comida. Luego, me afilié a otra más pequeña en Cuatro Caminos, donde el menú siempre era el mismo: arroz blanco, picadillo, frijoles negros y plátanos maduros fritos... El sabor de aquellos frijoles, con abundante comino, se me pegó al paladar para siempre, va conmigo hasta hoy. Aquel sabor dulzón del caldo espeso y oloroso a comino fue, es, el sabor de La Habana.

¿Cuál es el olor de la ciudad?

—Muy joven paseaba, caminaba, deambulaba por el centro, por La Habana Vieja. Entonces existía, en cada esquina, un café donde a todas horas el camarero se movía entre las mesas con una gran cafetera en una mano repleta de humeante leche y, en la otra, el café, aromático, negro. Lo mezclaba ahí, delante del cliente. Ese café con leche aromatizaba toda La Habana... Para mí, durante muchos años ese fue su olor.

¿A qué rincón vuelves siempre?

—Mi hermano Emilio se fue de la casa en 1931, no pude conocerlo, pero mandaba cartas y sabíamos que tenía un puesto de venta de diarios y revistas en La Habana Vieja, en el portal del Café La Marina (Obispo y Oficios). Cuando llegué corrí enseguida a conocerlo y no tuvimos que hablar, nos identificamos al instante. Era una de las personas más nobles que he conocido. A ese rincón, vuelvo siempre.

¿Qué lugar para mirar (sentir) La Habana?

—Casablanca, donde se alza el Cristo, desde donde se aprecia casi toda la ciudad, sobre todo la bahía y la parte antigua. No hay un lugar mejor que ese.

¿Qué hora de La Habana?

—La del crepúsculo, la hora vespertina, el atardecer, cuando cae el sol y se hace silencio para esperar la noche y uno la ve llegar cautelosamente, como para no interrumpir el hermoso espectáculo del atardecer.

¿Qué hecho histórico de La Habana?

—La Habana tiene muchos hechos históricos, pero si tengo que escoger uno, menciono la Toma de La Habana por los Ingleses. Me pregunto: ¿Qué hubiera sucedido si los ingleses demoran mucho más en abandonarla? ¿Seríamos otros?, ¿se hubiera perdido la nacionalidad cubana?... No, no, no quiero ni pensar en eso.

¿La mujer más importante de La Habana?

—Isabel de Bobadilla, que tiene el mérito de identificar a La Habana a través del símbolo de la ciudad: La Giraldilla, inspirada en su paciente otear el horizonte para ver la llegada de su esposo, Hernando de Soto, que ya había sido devorado por los indios semínolas en la Florida. Pero, hay otra mujer que también simboliza a La Habana: Cecilia Valdés, bella mulata. La mulata es la mujer cubana.

¿La estatua?

—Tengo un amigo en la Habana Vieja, el escultor Carlos Planas, tiene su taller en la Loma del Ángel. Un día, le digo “Maestro Planas, debías hacer una estatua a Cecilia Valdés...”

“¿Para qué? —me dice—, mira cómo pasan Cecilias vivas por ahí”.

¿La canción?

—En 1947 llegué a La Habana en circunstancias muy difíciles, había participado en la fallida expedición de Cayo Confites para ir a liberar a República Dominicana de la tiranía de Leónidas Trujillo y me trajeron preso al campamento de Columbia; pero logré pasarle un telegrama a mi papá que, poco después llega y logra mi liberación.

Yo vestía todavía ropa mucho mayor que la mía —lo que causó risa a mi padre—; ya en la calle, tomamos el tranvía Marianao-Capitolio, y nos bajamos, justamente en la tienda El Machetazo, donde el viejo me compró una camisa y un pantalón “mecánico” —que ahora llaman jean o pitusa—, y mientras caminábamos hacia la estación ferroviaria, yo iba escuchando “Dos gardenias” que salía de las victrolas cantada por Daniel Santos y la Sonora Matancera y, algo insólito, con bandoneón. Esa es la canción que más me recuerda La Habana. Pero, ¿quién me iba a decir entonces que, con el tiempo, su autora, Isolina Carrillo y yo seríamos grandes amigos?

¿El monumento de La Habana?

—Mi monumento, como trovadicto empedernido que soy, no existe, le falta a La Habana: la Peña de Sirique.

¿Un lugar para el amor?

—El Malecón. Tengo un amigo español, residente en Madrid y cada vez que viene a La Habana corre y se sienta con su mujer en el Malecón. No se dicen una palabra. Pero, ¿para qué?, si ese sitio está hecho para el amor.

¿Qué le falta a La Habana?

—Una Casa de la Trova, una casa donde escuchar trova todos los días, como la que fundó Ezequiel Rodríguez. A los vecinos de los altos “les molestaba” la música y la cerraron.

¿Qué libro te identifica con La Habana?

La Habana. Apuntes históricos, de Emilio Roig de Leuchsenring.

¿El pintor/a de La Habana?

—Nadie mejor que René Portocarrero ha pintado La Habana con todas sus luces, colores y sombras. Hasta en sus famosas “Floras” está La Habana.

¿Qué le sobra a La Habana?

—Sus rincones fétidos e insalubres, sus nauseabundos solares o cuarterías que aún persisten y que algunos filman como lugares pintorescos y folclóricos. No, ¡que desaparezca para siempre esa imagen miserable de nuestra bella Habana!

¿Qué podemos hacer por ella?

—Hacerla más limpia, que es una bella mujer con la cara sucia. Hay que lavarle la cara y maquillarla con todos los colores naturales de nuestro país.