La ciencia ficción es el espejo que colocamos en el futuro para entender mejor el presente (II)

La ciencia ficción es el espejo que colocamos en el futuro para entender mejor el presente (II)

En esta segunda parte de la entrevista a José Miguel Sánchez, YOSS, el ensayista, crítico y narrador cuenta su experiencia con la editorial DECO Mc Pherson S.A, a propósito de su libro Prueba de destrucción.

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¿Cuáles son sus escritores fundamentales, los que en su opinión han marcado su obra?

Como autor que lee tanto narrativa del mainstream como fantástica, en rigor tendría que ofrecerte dos listas: en la primera estarían Ernest Hemingway, Alejo Carpentier, John Dos Pasos, Curzio Malaparte, John Updike, Jesús Díaz, Thomas Pinchon, Carson McCuller, Yukio Mishima, James Thurber, Truman Capote, Lino Novás Calvo, Raymond Chandler, Junichiro Tanizaki y P. G. Wodehouse… entre muchos otros. En la de autores de ciencia ficción y fantasía, Alfred Bester, Robert Ervin Howard, Terry Pratchett, Robert Heinlein, Greg Egan, Ursula K. LeGuin, David Gemmell, Lois McMaster Bujolds, Jack Campbell… y muchos otros. Creo que quien tiene una sola influencia acaba plagiando; quien admite muchas, puede mezclarlas y resultar original.

¿Cómo estás enfrentando estos momentos de crisis por la situación de la pandemia? ¿Crees que la literatura es un ejercicio paliativo?¿Te servirá de trigo para futuras creaciones?

Algunos amigos dicen que yo no estoy sufriendo la crisis, sino disfrutándola. Realmente, este ha sido, literariamente hablando, un año muy productivo, para mí: hasta ahora he terminado cuatro novelas y estoy trabajando en la quinta. Más un largo ensayo sobre la presencia checa en Cuba, una crónica sobre lo que es vivir en cuarentena por el nuevo Coronavirus y tres cuentos de unas 20 cuartillas cada uno. No me siento aburrido. Tengo mucho qué escribir, mucho qué leer, muchas series que ver y películas que volver a disfrutar en mis discos duros.

Extraño ir al gimnasio, entrenar con los grandes pesos a los que estaba acostumbrado en los últimos años, pero con los que tengo en casa de mi madre me he seguido ejercitando y logré volver a bajar de los 70 kg de masa corporal, un gran reto al medio siglo de edad. Echo de menos correr al atardecer por el malecón, como era mi hábito diario ¡sin nasobuco! Pero, como escribí arriba, la literatura es un material indispensable para resistir la realidad. Esto también pasará, y miraremos atrás por encima del hombro para reírnos y sentirnos más fuertes, por la prueba superada.

Pero, de momento, no quiero escribir más sobre cuarentenas y arrestos domiciliarios. Dejando volar mi fantasía, al menos, me siento libre.

¿Qué te da miedo?¿Qué es lo que más te enfurece? ¿A tu juicio cual es la palabra más peligrosa? ¿Cuál la más esperanzadora?

Me aterra alguna vez convertirme en una vaca sagrada, alguien a quien le publican textos mediocres sólo porque ya tiene un nombre. Quiero seguir experimentando y reinventándome siempre, ser inventivo y original hasta a los 90 años. Mi peor miedo es volverme conservador, tener miedo de arriesgar.

Me enfurece la gente que cree que escribir no es un trabajo, porque ellos también escriben. Los que maltratan el idioma, despreciando toda concordancia de género y número, como esos cantantes-compositores ¿o descompositores? de reguetón que dicen tranquilamente «todas por iguales» y toda la gente que dice «de gratis». Pero, más todavía, los que tratan de imponer sus miedos a los demás, los que prohíben lo que temen hacer, los que creen que son ellos la medida de todas las cosas. Por ejemplo: yo no fumo ni bebo, nunca lo he hecho, pero no me molesta que la gente fume y beba cerca de mí. El cuerpo de cada persona es su templo: si alguien elige ensuciarlo ¿qué derecho tenemos a prohibírselo?

Por eso, sin dudas, la palabra más peligrosa es NO. A veces hay que decirla, ¡qué remedio! Pero lo ideal sería que nunca fuese absoluta, que sólo significara «ahora no» o «no estás listo aún». Y el NO más terrible es el que nos imponemos a nosotros mismos: NO puedo, NO soy capaz…

Y mi palabra favorita sigue siendo la misma que a los 18 años, cuando escribí «Timshel»: un término hebreo que significa, sencillamente «tú puedes». Porque algunas veces no podemos, no lo logramos… pero eso no significa que tengamos que dejar de intentarlo, que nos rindamos, que nos resignemos. Hay que tratar de ser la rana que cayó de madrugada en la leche, y pataleó y pataleó, hasta que por la mañana salió saltando de la sólida mantequilla. No la otra rana, la que rindió y se ahogó. Porque las ranas, aunque puedan respirar en el agua… por lo visto, no son capaces de hacerlo en la leche. O, si no, la fábula no tendría sentido ¿verdad?

¿Qué le aconsejarías a los jóvenes escritores? ¿A los jóvenes en sentido general?

A los jóvenes escritores, ante todo, que lean mucho. Y escriban mucho. Cuentos, muchos cuentos, en lugar de tratar de tener la gran novela a los 20. Que se vuelvan conscientes del lenguaje, que procuren ampliar su vocabulario, que aprendan cómo usan los grandes los recursos dramáticos ¡y que no se olviden de que la puntuación es parte de la literatura! Parece haber un movimiento subterráneo por eliminar la coma que separa al vocativo del resto del sujeto, tan hermosa en español.

Escribir es dominar el idioma, y sólo dominan algo quienes lo conocen bien. Aprendan las reglas de ortografía y sintaxis antes de intentar cambiarlas... pero no tengan miedo de intentarlo, siempre que sea ex profeso, y no por desconocimiento o desidia. Experimenten, imiten estilos... pero digan siempre lo que ustedes mismos quieren decir. Un escritor no se mide contra la estatura de los demás de su generación, ni siquiera contra los maestros de generaciones anteriores: se mide con el escritor perfecto que él mismo sueña llegar a ser. Y en el que nunca se convertirá, porque cuando llegue a lo que soñaba, ya sus aspiraciones serán incluso mayores. Y es justo que así sea, pues eso es la vida.

A los jóvenes en general, que vivan sus años con paciente impaciencia: es bueno quererlo todo y quererlo ahora, ansiar tomar el cielo por asalto, abominar de todo lo que se ha hecho antes como falso y obsoleto, querer incendiar el universo para empezar a construirlo de nuevo. Desear no cuesta, e impulsa siempre. Pero, antes de hacerlo… quizás sería mejor detenerse a pensar un momento. Recordar que este mundo que ellos creen que nosotros poseemos y les negamos, en realidad, tampoco nos pertenece: nos lo prestaron nuestros padres, y los jóvenes que hoy lo codician tendrán que devolvérselos un día a sus propios hijos. Porque nada es eterno ni invariable: ni la juventud de unos, ni la vida de otros. Aunque siempre habrá vivos y jóvenes, la antorcha de las ansias y la rebeldía va pasando de una mano a otra más tierna, y cada una trata de incendiar el cielo. Pero cuidado… porque nadie quiere dejar sólo cenizas a los que vienen detrás.

Aunque, tras haber escrito lo anterior, me doy cuenta de que ningún joven que se respete puede hacer caso de ese consejo. La juventud es el momento de creer que todo se puede, de intentarlo todo, de hacer tres cosas imposibles cada mañana antes del desayuno ¿y quiénes somos nosotros, los mayores, para decirles que eso es una locura, que es imposible, que NO se puede?

Así que, jóvenes… olvídense de todo lo que les digan sus mayores… y hagan lo que quieran hacer. A veces no lo lograrán, y habrá golpes, y lágrimas y negativas a intentarlo de nuevo. Pero otras… harán la diferencia. Y esas habrán valido por todos los fracasos. Pues no cuenta la cantidad de veces que una persona falla y cae… sino las que se levanta, se sacude el polvo y vuelve a intentarlo. Hasta que, un día, casi sin darse cuenta ¡y si no es él, otro! alguien acaba lográndolo… y entonces todos dicen que era obvio y que siempre fue así.