La historia profunda: concepto y métodos en el pensamiento historiográfico Ramiro Guerra Sánchez

La historia profunda: concepto y métodos en el pensamiento historiográfico Ramiro Guerra Sánchez

Conocemos la importancia de la labor del maestro Ramiro Guerra en el movimiento de renovación historiográfico cubano, sobre todo por sus inobjetables aportes en contenido de obras seminales en el estudio del devenir de la nación cubana. En menor medida incorporamos a ese entendimiento la visión que acerca de la metodología de la investigación presentaba el autor, reconocido con certeza como «iniciador de la historiografía moderna cubana».[1]

¿Cómo llegó a formarse esa mente inquieta puesta al servicio de una especialidad en circunstancias extremadamente desfavorables para su ejercicio como profesión? He aquí un tema que requiere de mayores precisiones. No se trata de acercarnos a la audacia de Guerra en el esclarecimiento de determinados acontecimientos históricos, sino de entender la lógica de un pensamiento que articula, en teoría y método, una concepción definida del oficio del historiador.  

En el maestro Guerra encontramos una noción inicial de historia que, enriquecida en su prolífico quehacer profesional, alcanzó ribetes renovadores bien definidos. Se trata de la «historia profunda» que en las primeras décadas del siglo XX contrapuso a la «historia parcial», esta última limitada «a hechos políticos y de guerra», y caracterizada por «una apasionada glorificación de todo lo cubano, una exaltación de nuestros propios méritos y una magnificación de nuestros personajes, incluyendo hasta los de tercera y cuarta fila».[2]

Esta concepción fue delineada en un contexto de encrespadas polémicas pedagógicas, signadas por el contrapunteo laicismo escolar/religión. La enseñanza de la historia de Cuba y de la Moral y Cívica fueron revaluadas por partidarios de uno y otro bando, saliendo a relucir en todos los casos las imperfecciones e insuficiencias en materia de libros escolares, muy distantes de las necesidades educativas y políticas de la naciente república. No obstante, para Guerra, como para su amigo, el maestro Arturo Montori, el intelectual Fernando Ortiz y otros destacados pedagogos nucleados en torno a la recién creada Sociedad Luz y Caballero, el problema no radicaba en la materia curricular, mucho menos en el laicismo educacional, sino en el cómo se concebía e impartía la historia patria. Frente a la historia lineal, aconflictiva y «guerrera», el maestro de Batabanó concibió una «historia profunda» o «completa» que tuviera en cuenta

[…] lo que somos y de cómo hemos llegado a serlo; la que expresa el hondo sentir nuestro, expansivo, generoso, humanitario; la que refleja las concepciones de nuestros pensadores, de inteligencia viva, lúcida, penetrante, omnicomprensiva; la que escriben día por día en nuestros campos, que fecunda el sudor de sus frentes, nuestros campesinos sobrios, pacientes y buenos.[3]

El hecho de que sus más importantes obras en materia histórica estuvieran orientadas a la formación y capacitación magisterial, y que el uso público (escolar) de esa literatura especializada se dirigiera a la formación cívico-nacionalista del futuro ciudadano, precisaban de un guion secuencial, cronológico, ajustado en su narrativa a códigos propios del manualismo. Su primer gran resultado con este perfil fue la Historia elemental de Cuba, escrita para las escuelas primarias superiores, preparatorias y normales. La impronta historiográfica de este libro fue reconocida por la historiadora Gloria García al afirmar: «A pesar de su carácter inconcluso, difícilmente pueda subestimarse la importancia y la influencia de largo alcance que esta obra ejerció en la historiografía cubana».[4] En la concepción de ambos volúmenes, circunscritos temporalmente al año 1607, dispuso un referente esencial según testificó el propio Guerra: «[…] los compuse ajustados, en todo lo que me fue posible, a un plan semejante al usado por Altamira en su Historia de España y de la civilización española».[5]

Sin dudas, la obra del escritor español Rafael Altamira fue esencial en el itinerario intelectual de Guerra, sobre todo en el diseño conceptual de la «historia profunda». Ambos estaban identificados con el papel de las historias patrias en la labor regeneracionista y de formación cívico-patriótica. Con Altamira y el grupo de Oviedo encontramos una definición de la historia de España que, desde diferentes prismas ideológicos y militancias políticas, remite a la búsqueda de la identidad cultural a partir del estudio de la «civilización» del pueblo español («historia interna»), en contraposición a la historia política.

¿Historia política (externa) o de la civilización (interna)? he aquí el dilema en el que se debatía la manualística escolar, pero que tenía su correlato en los contrapunteos entorno al tipo de narrativa historiográfica que debía consagrarse en el imaginario nacional post-98. Algunos autores, como el español Daniel Linacero, asumían posiciones más radicales: «No es una Historia política, externa, nacional, por el contrario, es una historia cultural, interna, supranacional. No se detiene ante las batallas, las dinastías, los reinados, los personajes, sino ante los descubrimientos, los progresos, los inventos […] la constancia, el trabajo y el desinterés, al servicio de la humanidad».[6]

¿Por qué Altamira como referente en el maestro Guerra? El intelectual español establecía el indispensable equilibrio metodológico en esos debates, al afirmar estar desautorizado como autor para «borrar» o «desfigurar» la parte guerrera de su España, pero añadía que tampoco podía limitarse a ella. Era necesaria la aprehensión de una imagen íntegra y orgánica, reveladora de «la raíz psicológica, individual y colectiva que, aparte la influencia del medio físico (en lo que le pertenece en cada momento y cosa), tienen los hechos del proceso histórico de un pueblo».[7]

Desde luego que Guerra pondera la importancia del dato en toda investigación histórica: «Los hechos no son la historia, ciertamente, pero no se puede hacer historia sin los hechos». Eso sí, advierte que el problema residía en las interpretaciones diversas que los investigadores hicieran de sus selectivos datos. Aquí nuestro autor se distancia del clásico molde rankeano fijado en la sentencia: «mostrar las cosas tal como sucedieron», sin dejar margen a cualquier perspectiva hermenéutica que pusiera en dudas la objetividad del documento luego de pasado por el riguroso filtro de la crítica histórica. Según el historiador, pretender que se ha escrito la historia por un autor es una falacia, «porque cada generación y cada historiador la ve y la estudia desde un punto de vista distinto».[8] 

A diferencia del positivismo clásico, que cifra en las certezas de «la mal llamada historia» de «los héroes y batallas» el cientificismo de la especialidad, para Ramiro Guerra la historia política prevale apenas como la más «brillante, aparatosa y pasional». La «historia profunda», empero, la presenta como la verdadera científica, una vez que «se consagra a descubrir y sacar a plena luz los factores que han determinado y determinan el desarrollo de las comunidades y los pueblos».[9] De ahí la aseveración del historiador Oscar Zanetti al juzgar los rasgos distintivos de la obra de este autor: “El tono objetivo y la parquedad de sus juicios –entre otras características- mantienen a Ramiro Guerra dentro de las fronteras del positivismo, pero su obra supera claramente el estadio narrativo de la historiografía de principios de siglo e imprime al discurso histórico nacional rasgos modernos y perdurables».[10]

La definición de «historia profunda» fue enriquecida en su medular ensayo Azúcar y población en las Antillas. Sin dudas, a la altura de 1927, fecha de publicación del texto, los ingentes problemas relacionados con la propiedad de la tierra, el deterioro creciente de las condiciones de vida del campesinado y la extensión brutal del latifundio azucarero, no podían explicarse en toda su complejidad a partir de la mera sucesión de hechos, procesos y figuras de la política.

Como pedagogo ligado a una concepción de la enseñanza de la historia consustancial al discurso legitimador de las corrientes del nacionalismo insular, no obviaba la matriz événementielle, el tiempo sublimemente corto en el que transcurrían la desbordante batalla y el portentoso arrojo del héroe. Como afirmara en la Sociedad Cubana de Estudios Pedagógicos, en plena Primera Guerra Mundial, impartir la historia de Cuba en los planteles escolares era «cuestión de vida o muerte».[11] Ahora bien, como historiador actualizado de las tendencias renovadoras que fluían en Europa y los Estados Unidos, confirmaba las insuficiencias del positivismo «duro y puro» y su consecuente impacto en el «aburrimiento» y la «memorización estéril».

Y no es que abogara por el cientificismo historiográfico, a la usanza del paradigma positivista, de hecho no podía estar al margen del secular forcejeo entre las ciencias nomotéticas y las ideográficas entorno a sus respectivos estatutos de ciencia: «De las ciencias históricas, sociales y políticas se ha dicho que tienen la inferioridad en relación a la química, la física y la fisiología, por ejemplo, de que no son experimentales».[12] Pero la equiparación de la historia con el experimentalismo de las ciencias naturales parece hallarlo más en la metodología del psicologismo conductista, del cual tampoco estaba ajeno por su impronta en la pedagogía de la época. La experimentación no se logra mediante la sucesión o relatoría cronológica, sino que la cifra en la comparación rigurosa. De ahí la lógica del método comparado aplicado al régimen de propiedad de la tierra en Cuba con respecto al de los «microcosmos» antillanos, a partir de los análisis aportados por los historiadores ingleses Lilliam Penson, James A. Williamson, Vincent T. Harlow y el profesor de la Universidad de Oxford, Hugh E. Egerton:

Ciertamente en la historia no pueden hacerse experimentos. Pero hay casos en que una causa de transformación histórica opera aisladamente en condiciones tales que pueden seguirse, paso a paso, sus efectos y contemplar, como en una cinta cinematográfica, el desarrollo de los acontecimientos. Y si un hecho social, político o económico se repite en estas circunstancias esencialmente idénticas en diversos países y lugares pasando siempre por las mismas fases, es posible aplicando el método comparativo a un determinado número de ejemplos, llegar a generalizaciones de absoluta validez, puesto que se establecen mediante procedimientos lógicos irreprochables.[13]           

Posteriormente, la amplia cultura del historiador y su dedicación constante lo pondrían en condiciones de flexibilizar el reduccionismo objetivista-naturalista del método comparado en la investigación histórica, al que llegó a asociar con los estudios microbiológicos en muestras de conejos. Desde la Introducción a la historia de la colonización española en América (1930) y La expansión territorial de los Estados Unidos a expensas de España y de los países hispanoamericanos (1935), pasando por el Manual de Historia de Cuba (1938) hasta llegar a la enjundiosa Guerra de los Diez Años en dos volúmenes (1950, 1952), así como al ensayo La educación primaria en el siglo XX: proceso histórico de la misma en Estados Unidos de América, Gran Bretaña y Cuba (1955), se advierte el enriquecimiento progresivo de su arsenal metodológico en historia comparada.

Imposible desconocer, por ejemplo, el sustancial análisis económico-social que emprende el autor en su emblemática Guerra de los Diez Años.  Lo considera indispensable para relacionar las especificidades de las jurisdicciones del centro-oriente de la Isla con la eclosión y desarrollo del movimiento independentista en esas regiones, así como sus diferentes dinámicas entre ellas y con respecto a las del occidente en igual contexto histórico. Aquí no se trata ya de escenarios/laboratorios, sino de una comprensión más certera de las complejidades del oficio: «No basta conocer a los hombres que actúan. Hay que estar informados, asimismo, de las condiciones generales, en lo natural y en lo que ha llegado a ser obra humana».[14]     

He aquí otras dos orientaciones metodológicas y teóricas que Guerra incorporó a su «historia profunda»: la atención a la dimensión social y económica de los procesos históricos, incluidos los estudios demográficos y su enfoque regional, así como a la importancia de la geografía en el diseño de las investigaciones.

Este esfuerzo por trascender el tradicionalismo parcelario de especialidades como la geografía, las ciencias políticas, la economía, la demografía, las historias tradicionales mucho más marcado entre las décadas de 1930 y 1940, responde a la emergencia y al desarrollo de corrientes de pensamiento y escuelas que laboran a contracorriente de las configuraciones historiográficas dominantes. Ciertamente, muchas de las directrices que marcan los derroteros renovadores del maestro Guerra entroncan con la radicalidad del proyecto de los primeros Annales franceses, empresa inte­lectual de trascendental impacto en el replanteamiento del oficio del historiador y la naturaleza de su especialidad, con su sugerente tratamiento de la historia económica y social.

No se trata de apuntar hacia el mayor o menor influjo directo que pudo tener esta escuela en el historiador cubano, sino de advertir las señales de una época marcada por la renovación intelectual en ámbitos de las ciencias sociales con pretensiones narrativas globales. Y en ese fluir de ideas y literatura de diferentes latitudes, pero, además, desde las más diversas especialidades que le incumben por oficio, responsabilidades y también por cultura, Guerra no puede sustraerse de subtitular su Manual de Historia de Cuba, con el rótulo: «Económica, social y política».   

La concepción altamirana de «historia interna» estará presente en esta obra, pero al igual que sucede con el manual del historiador español, su concepción se aviene con una finalidad pedagógica, apegado a ciertos moldes secuenciales de hechos periodizados a partir de eventualidades de naturaleza política. El manual del pedagogo cubano, al igual que su Guerra de los Diez Años, fueron solicitudes que le hiciera la empresa editorial Cultural S.A. para que sirvieran como libros de consulta en la enseñanza secundaria.

No obstante, aún en el caso de estos textos escolares exquisitamente documentados, la perspectiva «profunda» aparece reivindicada en sus renglones. En su periplo intelectual mucho le sirvió el curso especial de verano que recibiera como «maestro de certificado» en la Universidad de Harvard, en fecha tan temprana como 1901. Allí se nutrió de las clases de geografía física y de las excursiones geográficas, a tono con el incipiente movimiento de renovación pedagógica que contaba en Estados Unidos con importantes exponentes: «Tanto me interesaron y tan útiles me fueron los conocimientos de geografía física adquiridos en Harvard, que me sirvieron de base para apreciar aspectos esenciales de la geografía de Cuba viajando por las provincias cubanas».[15] 

Geógrafos estadounidenses como C. Langdon White y George T. Henner; libros como el Tratado de Geografía Física, del climatólogo francés Emmanuel de Martonne, El hombre y la tierra, traducción de la obra magna del también científico galo Jacques Élisée Reclus, así como la geografía general, regional y de Cuba, a cargo de los geógrafos y profesores cubanos Salvador Massip y su esposa Sarah Isalgué, fueron otros de los referentes esenciales en la definición de la obra historiográfica y pedagógica de Guerra.

Pero en ese constante intercambio de ideas e influjo de experiencias, el maestro cubano volverá una y otra vez sobre la producción española. De ahí que asienta su afinidad de criterios con Claudio Sánchez Albornoz, autor de la debatida obra España. Un enigma histórico. Al coincidir con el historiador expatriado en la importancia de tener en cuenta los factores económicos en la historia, sin que implicara afiliarse a determinismos economicistas, citaba algunas de las reflexiones filosóficas de su homólogo hispano: «[…] pero el modus operandi de cualquier comunidad humana no puede madurar en un mundo puro de ideas, desprendido de todo contacto con la tiranía eterna del vivir».[16] Pero fue su acercamiento a la historia social, según el propio Guerra influido por el historiador británico George M. Trevelyan, el que le permitió contornear su noción de «historia profunda»: «Sin historia social, hay que reconocerlo, la historia económica resulta estéril y la historia política ininteligible».

La historia social tiene un positivo valor propio y un campo de exclusiva incumbencia: la vida diaria de los habitantes de un país en las edades pasadas. Comprende las relaciones humanas y económicas entre las diferentes clases; el carácter de la familia y de la vida hogareña; las condiciones del trabajo y de las horas destinadas al descanso y al esparcimiento; la actitud del hombre respecto a la naturaleza; y, finalmente, la cultura de cada época tal como surge del proceso general de la vida colectiva, con inclusión de las formas en cambio constante de la religión, la literatura, la música, la arquitectura, todas las restantes artes sin excepción alguna, el pensamiento y la ciencia.

Esta aseveración plasmada en Mudos testigos, obra publicada en 1948, permite apreciar el amplio diapasón de temas y objetos de investigación que llegó a concebir Guerra, en modo alguno cercanos a los socorridos por los exponentes de la historiografía tradicional dentro y fuera de Cuba. Era a su entender una metodología capaz de proporcionarle al historiador la posibilidad de descender la escala de análisis hasta aquellos resquicios de cotidianidad del hombre común, allí donde podían rastrearse las verdaderas raíces de la cultura de un pueblo, muy en sintonía con la enorme obra etnológica y antropológica emprendida por su coterráneo y amigo Don Fernando Ortiz.

De ahí su interés también por la polémica intelectual —y personal— protagonizada por dos expatriados españoles: el filólogo español Américo Castro y su archirrival Sánchez Albornoz, ambos enfrascados en discurrir sobre la composición y esencia cultural del pueblo español. La ausencia de esta dimensión, a juicio de Guerra, obstaba la adecuada interpretación de la «contextura vital» de las comunidades humanas, por lo que insistió en la necesidad de ahondar en los fundamentos culturales, tanto como en la existencia material, de las poblaciones campesinas en las diferentes regiones y localidades de Cuba.   

Aquí se entroncan otros elementos condicionantes en su concepción de «historia profunda»: el espacio geográfico natal y las experiencias de sus primeros años de vida que moldearán definitivamente toda su obra intelectual.

El universo cultural de Ramiro Guerra fue forjado en un espacio geográfico y en un tiempo fronteras. Transcurrió su infancia y juventud en el antiguo cafetal «Jesús Nazareno», enclavado en el barrio de Guanabo, cercano al poblado habanero de Batabanó, franja meridional de fértil tierra roja, cuyas familias más acomodadas habían alternado sus residencias entre las prósperas posesiones rurales dedicadas preferentemente al cultivo del café, del que obtenían extraordinarias ganancias, y los centros urbanos colindantes, en particular en la capital habanera. Pero al nacer, en 1880, la situación del enclave distaba mucho con respecto a la que se vivió durante el auge cafetalero en las primeras décadas del siglo XIX.

El contexto económico y social posbélico de la Isla cambiaba vertiginosamente y las condiciones de gran parte del campesinado de la zona se verían afectadas por las transformaciones; algunos de ellos devinieron colonos o se dedicaron a los cultivos de subsistencia y la cría de ganado, como el propio padre de Guerra.

Del significado de esta experiencia agraria en su labor intelectual, comentó: «De ancestro campesino, y nacido y criado en una finca rústica, pude observar y darme cuenta, desde niño, de la estrecha vinculación del hombre con la tierra al ayudar a mi padre a las faenas de la labranza».[17] De ahí sus crónicas sobre «Jesús Nazareno», audaz y magistral pieza en la que testimonio e investigación se entrelazan aportando un delicioso relato, ejemplo de interrelación armónica de los más diversos aspectos que integran la trama. La conclusión de Guerra al publicar un texto «familiar» pero que, como afirmara Moreno Fraginals, «le creció entre las manos»,[18] fue que la elaboración de diferentes historias personales sobre fincas rústicas cubanas, «serían un aporte valiosísimo a la historia económica y a la historia social», arrojando «viva luz sobre la manera de ser y de vivir del pueblo de Cuba».[19]      

En efecto, la temática campesina y la defensa de la pequeña propiedad rural fueron una constante en su obra pedagógica, historiográfica, incluso en su ensayística relativa a temas económicos, como la ya citada Azúcar y población en las Antillas y su posterior Filosofía de la producción cubana (1944).

En el caso de su laboreo historiográfico es difícil aislar el interés por insertar la vida cotidiana del campesino y de las culturas regionales de su quehacer como pedagogo. Guerra, junto con Pedro García Valdés; en Pinar del Río, y Miguel Ángel Cano; en Santiago de Cuba, descolló como abanderado en la introducción de la historia regional y local en los primeros grados de la enseñanza primaria, como expresión del método objetivo de aprendizaje. En tal sentido, apoyó, desde su cargo de Superintendente General de Escuelas, la iniciativa de su colega García Valdés de incluir la «Historia local del barrio o término» dentro del programa de la asignatura.[20]

En la historia encontró el abundante arsenal necesario, primero, para enfrentar con rigor académico y proyección política beligerante el deterioro creciente de la vida del campesino en todos sus estratos sociales, el paso de las propiedades rurales a manos de compañías y especuladores extranjeros, y el «avasallador latifundio azucarero». De mismo modo que, en plena lucha armada contra la dictadura batistiana, retomó la misión pública de la historia, pero esta vez en defensa del evolucionismo político como piedra angular de una doctrina liberal afincada en una clara matriz filosófica y política positivista. La historia, declaraba en 1957, permitía «reforzar la esperanza con la paciencia», pues «nacimos en la Historia, nos movemos en la Historia (…) no debemos esperar cambios revolucionarios, sino como resultado de un proceso lento y gradual como el del natural crecimiento».[21]    

Al cumplirse medio siglo de la desaparición física de Ramiro Guerra Sánchez, retomamos algunos tópicos metodológicos de su pensamiento, claves esenciales donde encontrar el sustento de una obra de renovación, emprendida junto a Ortiz y Emilio Roig de Leuchsenring en la primera mitad del siglo XX. Aproximaciones que de algún modo permiten que la obra del maestro de Batabanó; del pedagogo e historiador de Cuba, permanezca también «moviéndose» en la historia, formando parte del bagaje historiográfico y cultural de generaciones de profesionales que apuestan por una enriquecedora y siempre aportadora «historia profunda».   

 

[1] José A. Portuondo: «Ramiro Guerra. 1880-1970», en Verde Olivo, La Habana, 8 de noviembre de 1970, p. 6, Carmen Almodóvar Muñoz: Antología crítica de la historiografía cubana (período neocolonial), Editorial Pueblo y Educación, La Habana, 1989.

[2] Ramiro Guerra: Fines de la educación nacional, Imprenta y Papelería La Propagandista, La Habana, 1917, p. 14.

[3] Ramiro Guerra: La patria en la escuela. Conferencia del Superintendente Provincial de Escuelas de Pinar del Río, pronunciada en la reunión de maestros celebrada en Guanajay el 29 de noviembre de 1913, Imprenta y Papelería La Propagandista, La Habana, 1913, p. 4.

[4] Gloria García: Prólogo a Ramiro Guerra: La Guerra de los Diez Años, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1972, p. XVI.

[5] Ramiro Guerra: Comentarios a un gran libro de Claudio Sánchez Albornoz. España. Un enigma histórico, Editorial Lex, La Habana, 1958, p. 11.

[6] Daniel G. Linacero: Mi segundo libro de Historia, Palencia, 1934, pp. 7-9. en Raimundo Cuesta, Ob. cit., p. 91.

[7] Rafael Altamira: Rafael Altamira: Manual de historia de España, Aguilar Editor, Madrid, 1934, p. 10.

[8] Ramiro Guerra: Comentarios a un gran libro de Claudio Sánchez Albornoz. España. Un enigma histórico, Editorial Lex, La Habana, 1950, p. 40.

[9] Ramiro Guerra: Azúcar y población en las Antillas, Editorial Lex, La Habana, 1961 (1ed. 1927), p. 7.

[10] Oscar Zanetti Lecuona: Isla en la historia. La historiografía de Cuba en el siglo XX, Ediciones Unión, La Habana, 2005, p. 34.

[11] Ramiro Guerra: Fines de la educación nacional, p. 13.

[12] Ídem.

[13] Ibídem., p. 8.

[14] Ramiro Guerra: Guerra de los Diez Años, p. 16.

[15] Ramiro Guerra: Comentarios a un gran libro de Claudio Sánchez Albornoz. España. Un enigma histórico, pp. 15-16.

[16] Ibídem., p. 41.

[17] Ramiro Guerra: Comentarios a un gran libro de Claudio Sánchez Albornoz. España. Un enigma histórico, pp. 14-15.

[18] Manuel Moreno Fraginals: Prólogo a Ramiro Guerra: Mudos testigos. Crónica del ex-cafetal Jesús Nazareno, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1974, p. 11.

[19] Ramiro Guerra: Mudos testigos, p. 24.

[20] Pedro García Valdés: Enseñanza de la historia, Editorial Minerva, La Habana, 1941 (2da. ed.), p. 254.

[21] Ramiro Guerra: Por las veredas del pasado, 1880-1902, Escuela Tipográfica “Manuel Inclán”, La Habana, 1957, p. 5.