La poesía invade todo lo que escribo

La poesía invade todo lo que escribo

Ricardo Riverón Rojas, es poeta, periodista, editor y no me permitió olvidar su condición de humorista. Entre las múltiples labores que ha realizado en el mundo del libro, fue fundador de la editorial Capiro, en la ciudad de Santa Clara y Director de la revista Signos. Escritor de gran trayectoria literaria con más de una veintena de libros publicados tanto en Cuba como en el extranjero. Por su obra ha sido laureado con importantes premios y distinciones.

Pertenece al grupo literario de Santa Clara, El Club del Poste, integrado por los poetas decimistas: Yamil Díaz Gómez, Jorge Luis Mederos Betancor (Veleta) y Williams Calero Calero, cuyas décimas recientemente inspiraron el audiovisual Quererse de lejos (amor versus pandemia) que fue trasmitido por la TV cubana y ha trascendido las fronteras de la isla.

La conversación con Riverón, es amena y pletórica de poesía. En la que no faltan sus versos libres como respuesta a mis preguntas. Es un placer que me haya concedido esta entrevista. Agradezco la prontitud y el tiempo dedicado. 

¿Recuerdas el primer texto que escribiste? ¿Cuál es tu primera publicación? ¿Háblanos brevemente sobre tus obras publicadas y los premios obtenidos?

Lo primero que escribí con la intención de que tuviera algún valor fue poesía en versos libres. Muchos, equivocadamente, piensan que fueron décimas, pero ya ves que no. Fue por 1971. Por esa época me hallaba intoxicado de lecturas filosóficas, y titulé al texto «Unidad y lucha de contrarios». Lo recuerdo perfectamente:

Me gusta vivir en mi casa,

                        comer en mi mesa,

                        dormir en mi cama

                        y pensar con mi cabeza.

                        Me gusta también

                        (siempre que vaya con una dama):

                        salir de mi casa,

                        comer en otra mesa,

                        dormir en otra cama

                        y no pensar

                        ni tener cabeza.

Como podrás apreciar, intentaba moverme dentro de los códigos de la antipoesía y la poesía coloquial de la que pudo ser mi promoción, la de los de la segunda época de El Caimán Barbudo, pero como empecé un poco tarde, realmente no es hasta los años ochenta que considero haber alcanzado un estatus profesional, después de ganar el Premio 26 de Julio en 1986. Ese galardón propició la publicación del libro de décimas Y dulce era la luz como un venado, que no apareció hasta 1989. Antes de ese, en 1978, había publicado un breve cuaderno, también de décimas, titulado Oficio de cantar, procesado en el taller literario, pero lo considero prehistoria.

Hasta la fecha de hoy he publicado 22 libros por distintas editoriales de Cuba y otros países, tengo otros dos de próxima salida, uno terminado y como cinco en proceso. Son de distintos géneros, pero la poesía se lleva el protagonismo. Además del 26 de Julio, los otros premios míos que valoro son: el Uneac de testimonio en 2001, el Memoria, también de testimonio, en 2008, y el Samuel Feijóo (honorífico) en 2015. No es que concursara poco, sino que los premios no son mi fuerte. Como le ocurre a casi todo el mundo, los libros que más valoro son los de la madurez. Menciono algunos al azar: Pasando sobre mis huellas (Ediciones Unión, 2002); El ungüento de la Magdalena (humor en la medicina popular cubana), con cuatro ediciones (Ediciones La Memoria, 2008, Editorial Oriente, 2011, Editorial Ácana, 2018 y Ediciones Adalba, 2019), Días como hoy (Editorial Letras Cubanas, 2008), Lo común de las cosas (Editorial Betania, 2005), Morir con otras almas (Editorial Letras Cubanas, 2016), La aldea letrada (Ediciones Matanzas, 2016) y Manías crónicas (en proceso por la editorial Oriente). No quiero menos a los que no menciono, solo no quiero ser exhaustivo.

Lo primero que publiqué fueron también poemas, y además un cuento, en una publicación que hizo la Universidad Central de Las Villas para dar a conocer los ganadores de su concurso literario Abel Santamaría. De esos dos géneros gané el premio en la edición de 1975 y el cuaderno apareció en 1976. Un año antes yo había debutado en un taller literario, el del municipio de Camajuaní.

Eres poeta, narrador, periodista y editor. ¿Puedes decirnos brevemente cómo consigues llevar esta diversidad de funciones? ¿Cómo asumes cada uno de estos géneros literarios? ¿Hay influencia de un género sobre otro?

Se te olvidó decir «humorista», labor que desarrollo junto a mis hermanos decimistas del Club del Poste. Pero ese trabajo se da más en la oralidad que en la publicación, aunque también, pero en menor medida. Somos improvisadores que no cantamos nuestras décimas. Respondiendo a tu pregunta, yo mismo me pregunto: ¿soy todo eso? De algunas de esas profesiones solo lo soy a medias: he escrito mucho periodismo, pero nunca he trabajado en un medio de prensa, porque las estrictas normas de la Upec no consideran “medios” las publicaciones culturales donde sí he trabajado. Como editor me considero un aprendiz, ya algo desfasado si atendemos a que la mayoría de los editores de hoy también diseñan (o diagraman) con programas como el Indesign, cosa que yo no aprenderé nunca a hacer, pues me jubilé hace 10 años.

Como narrador tengo bastante poco, aunque con la crónica y el testimonio narro constantemente. El ensayo sería otra faceta, pero tampoco soy un ensayista en rigor, sino más bien alguien que escribe textos reflexivos con una buena cuota de especulación; o ensayos a medio camino entre el periodismo de opinión (artículo) y el ensayo en sí. Entonces, lo que sí soy, creo de manera plena, es poeta. Y, sí, la poesía invade todo lo que escribo. A ella le agradezco la obsesión por el lenguaje y la construcción nutriente, osmótica, isotópica. Ella rige, incluso más allá de la página, mis estrategias de vida, no siempre galantes ni exitosas, pero sí fértiles.

Recientemente ha salido a la luz por la editorial DECO Mc Pherson S.A tu obra, Vivir para VerS.O.S ¿Por qué este título? ¿Puedes abordar acerca de esta publicación?

Vivir para verS.O.S pudiéramos descifrarlo como un llamado de auxilio para salvar a quienes viven de (o por) la poesía. Quiero salvarme a mí mismo y a todos los que han hecho de la poesía el centro de sus actos. Pero el poeta solo se salva salvando a la poesía, matriz de todas las criaturas nacidas de su ideal humanista. El libro en sí es un acto de exorcismo, con textos reflexivos donde trato de develar los pesos específicos que le debían corresponder a la poesía en nuestra conflictiva contemporaneidad. El ensayo inicial «La poesía es rentable» trata de reflejar los valores que hacen a la poesía un bien superior al dinero. Tal vez este solo ejemplo te de la tónica general del libro.

¿Cómo ha sido tu experiencia con esta editorial? ¿Qué opinas de este proyecto?

Hasta ahora todo ha sido perfecto. El trabajo con la editora, con el diseñador, la retribución oportuna, la comunicación toda. Solo me falta tener el libro físico en mis manos, pues los cierres de fronteras me han impedido cargar al bebé. Espero con ansia. Como es un libro que se imprime en su mayoría bajo demanda, y de la venta online se derivarán mis regalías, tengo la esperanza de que se venda, para que entonces la poesía sea rentable también en los espurios términos monetarios. Pero te aseguro que agradezco más las lecturas y las reflexiones que pudiera contagiar que cualquier otro bien material asociado a su publicación.

¿Cuáles son sus escritores fundamentales, los que han marcado tu obra?

¡Uff! ¿Estoy obligado a escoger? Yo creo que todo el que ha puesto un verso bien escrito sobre el papel es para mí fundamental; ¿a quién discrimino entonces? Al principio de mi trayectoria admiraba mucho la expresión antipoética, entonces Nicanor Parra, Huidobro, Vallejo, Benedetti, Efraín Huerta, eran dioses. Pero igual, con el paso del tiempo, comencé a desgranarme el alma con Darío, Lugones, Neruda. Y con Guillén, Retamar, Eliseo Diego, Gastón Baquero, los jóvenes de mi generación. Más lejanos sentía a Lezama y una buena parte de los origenistas. Si tuviera que dar un nombre, preferiría que fuera uno colectivo, y ese sería, sin dudas, la Generación del 27 española.

¿Cómo estás enfrentando estos momentos de crisis por la situación de la pandemia? ¿Crees que la literatura es un ejercicio paliativo? ¿Te servirá de trigo para futuras creaciones?

Pues estos momentos los he enfrentado como la mayoría, con suma cautela para todo lo que sea socializar, aunque por momentos, de manera inconsciente he cometido alguna imprudencia. Si hasta una vez me pusieron una multa (merecida) de 100 pesos por bajarme el nasobuco en público en ocasión de leerle a unos poetas unas décimas humorísticas, pero en general me he cuidado como un animal con pedigrí.

En lo creativo he tenido experiencias muy buenas, empezando por el audiovisual Quererse de lejos, sobre el tema del aislamiento profiláctico, que la TV nacional estuvo transmitiendo en horario estelar por más de seis meses y en Youtube tiene más de 70 mil visitas. He escrito mucho. Organicé, junto a otros, eventos, online al inicio y luego presenciales y estuvimos muy visibles en las redes. No uso el plural de modestia, es que de verdad fue un fenómeno colectivo. La literatura nunca es paliativo, siempre ha sido, y será la terapéutica definitiva, vaya, el mismísimo ungüento de la Magdalena, que todo lo cura. Todo lo que uno escribe con el corazón abierto, la mente clara y algo de oficio será útil más allá de la circunstancia que lo generó. Seguro todo lo que he hecho en estos meses me servirá.

¿Qué te da miedo?  ¿Qué es lo que más lo enfurece? ¿A tu juicio cual es la palabra más peligrosa? ¿Cuál la más esperanzadora? ¿Qué opinas de la palabra feminismo?

¿Miedo?: la altura y la incertidumbre -¿Me enfurece?: la irracionalidad -¿La palabra más peligrosa?: irresponsabilidad -¿La más esperanzadora?: conciencia -¿Sobre el feminismo?: ¿Quieres que mi hija del corazón, Marilyn Solaya, me crucifique? Mira que ella siempre vigila atenta nuestros deslices machistas. Así y todo me arriesgo: todo lo que signifique justicia y reivindicación, lo apruebo y apoyo. Fíjate que en este libro del que hemos hablado hay un ensayo que se titula Aquí no manda Bulé, que va sobre el tema. Pero evitemos excesos, sobre todo los que le restan lógica al lenguaje.

¿Qué le aconsejarías a los jóvenes escritores? ¿A los jóvenes en sentido general?

Que solo dejen de ser jóvenes cuando sean viejos en sentido general.