Las “claves bajas” de la realidad

Artes plásticas

Las “claves bajas” de la realidad

  • Enrique Báster Hijuelos. Foto de la autora
    Enrique Báster Hijuelos. Foto de la autora
  • Enrique Báster. "Lugar con un rose de luz". Óleo sobre lienzo. 30 cm x 20.2 cm.
    Enrique Báster. "Lugar con un rose de luz". Óleo sobre lienzo. 30 cm x 20.2 cm.

Enrique Báster Hijuelos es extremadamente minucioso. El lienzo está en blanco, y, de pronto, crea colores y los deshace con otros colores. El pincel delínea ciudades, comunidades humanas, colonias de insectos —¿quién sabe?—. Todo depende de la mirada de quien lo admira. Ante sus ojos se mezclan las imágenes del caminar por La Habana compleja, de contrastes, y las calles de su Holguín natal: recuerdos, palabras, noticias, personas. Transforma en mensajes pictóricos la vida misma, se la apropia y la convierte en patrones de color.

“Pudiera parecer que en mis obras predomina el negro —dice—, sin embargo, llegué a esas tonalidades oscuras por la combinación obsesiva de prácticamente todos los colores. Era casi como una neurosis a la hora de mezclar, mezclar y mezclar”.  

La galería Villa Manuela de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba vuelve a exponer la obra de Báster. Una vez más su arte abstracto, basado en hechos reales —cómo el mismo prefiere definirlo—, busca en la naturaleza reflexiva un puente hacia la compresión del mundo circundante.

Su serie Pinturas en Clave Baja favorece y contradice la realidad al mismo tiempo, juguetea con ella, con sus texturas, con los materiales sólidos que la componen. Fragmentos de monedas y retazos de tela se imbrican como parte del paisaje entre las capas de pintura. Los matices claro-oscuros de las obras dialogan entre sí cual si fueran unidades individuales de un gran mosaico.

“La fragmentación, la relación de los espacios, el desplazamiento, todas las piezas pertenecen a series diferentes que hablan de situaciones. En estas, que son en clave baja, se establece de cierta manera un diálogo con el significado de estas tonalidades oscuras en la cultura occidental y el dramatismo de esa relación entre las sombras y las luces. Son ideas y destellos conceptuales que no son abordadas por primera vez. La literatura los utiliza, y también el cine, la filosofía, la religión. Hay mucho sobre el porqué de la oscuridad y su pugna con la luz”.

¿Cómo hacer entonces un arte abstracto basado en hechos reales?

“Abstraerse no es necesariamente evadir, no es tener esa idea o concepción escapista de algo, sino mirar las situaciones desde otras perspectivas para volver sobre ellas. Estamos viviendo una era plena en imágenes, a la que también se suman las imágenes que transmite la propia naturaleza y la esencia humana. Mientras más se complejiza el mundo contemporáneo, es llamativo como prácticamente todos los códigos vienen en claves abstractas que están constantemente transmitiendo sentidos, dígase el comercio, la tecnología, la comunicación y la biotecnología.

“Mi trabajo evita la mímesis, esa representación tácita de la realidad. La manera de abordar la abstracción es disímil. No me considero ese tipo de pintor, de artista, que está todo el tiempo tratando de ir a la introspección, a esa idea de la emoción interior y tratar de plasmarla. En mi caso, todo el tiempo estoy yendo a la realidad en su escenario más amplio. Puede ser que la encuentre en el trabajo de campo que hago mientras camino interactuando con la cotidianeidad; se manifiesta, en una palabra, a través de noticias o puede ser incluso en conversaciones, en el discurso social”.

¿Y en el caso específico de Pinturas en Clave Baja?

Esta es una exposición que yo tenía grandes deseos de hacer. Mi trabajo se compone de varias series. En ellas, intermitentemente, desde la década del 90, cuando finalizaba mis estudios en el ISA, comencé a hacer muchas obras en clave baja, negras. De esas series hay una muy completa que se titula Hacinamiento, en la que mezclé toda la gama de colores. Hice como una suerte de laboratorio del color, de alquimia. Estas escenas me recordaban, de cierta manera, el asentamiento poblacional, colonias de insectos, eran muy evocadoras. Esa sobreposición y la fragmentación totalmente intencionada me permitió abrir una ventana a otros campos ideológicos y sociales.

“A esta fueron sumándose otras series como Colonia y Jardín. Ahora estoy haciendo una con franjas de colores donde voy aplicando finas veladuras del color negro que hacen que estas pierdan su brillo natural, su pureza. Esto lo relaciono con hechos propios de la naturaleza como el ocaso, no en el sentido de lo romántico, sino en el sentido del principio o el fin de algo”.

Los títulos de cada pieza constituyen una puerta abierta a la búsqueda del significado: Ofrenda y abstracción, Inocencia, Noche iluminada, Una historia de Luz y sombra ¿Cuánto de la vida común subyace en la superficie policromática del lienzo? ¿Es un sentimiento, una sensación, un recuerdo casi cinematográfico? Báster no busca respuestas, sino la formulación de preguntas que conllevan a la meditación.  

“Nunca me paro en el lienzo en blanco. Aunque en el proceso existe la experimentación, siempre parto de alguna intención. Los títulos, en mi caso, no son miméticos, sino que te dejan una suerte de ventana, de puerta abierta para que el espectador sienta la necesidad de inducir una reflexión”.

El color es la clave de todo, su tratamiento define la esencia de la pieza. Cada situación cotidiana despierta en este artista la necesidad imperante de inmortalizar ciertas tonalidades, porque lo colores también nos susurran verdades.

“El color y cómo se aplica ha sido muy importante en toda la tradición de la pintura. Lo que realmente diferencia un mismo tema o un mismo género, dígase paisaje, retrato, naturaleza muerta, aparte de la indumentaria relativa a la época, es el cómo se trata el color.

“Hay una tradición muy importante en la historia de la pintura en la que se habla del tenebrismo. Las pinturas de Goya, las obras de Kazimir Malevich, el expresionismo abstracto, todos estos referentes activan el sentir”.

Siempre hablas del estudio de la historia como un elemento importante para la creación…

“Aunque siempre hay un contrapunto con la realidad, la historia de la pintura es como un diccionario en el cual encuentro respuesta a cualquier palabra — entiéndase palabra como duda—. Allí acudo cada vez que tengo una inquietud desde el punto de vista estético. 

“La abstracción es una manera de hacer. En ocasiones, aunque el resultado sea una pieza abstracta, no necesariamente significa que haya estudiado a pintores abstractos para llegar a ella. La manera de ejecutar una obra tiene mucho más que ver con el procedimiento— no vamos a decirle la inspiración—”.

¿Por qué escoges el abstraccionismo como un modo de expresión artística?

“Casi 6 o 7 años después del ISA, comencé a hacer obras seriadas, un poco coqueteando con obras más realistas. La transformación más evidente fue en los años 2008 y 2009, aproximadamente. Ya yo venía profundizando no sólo frente al lienzo, al soporte, sino desde el punto de vista de concretar las ideas. En ese período establecí un diálogo muy estrecho conmigo mismo, con mi trabajo anterior y el venidero.

“Vengo de una formación académica que trabaja lo figurativo. Hubo un momento en mi vida en que sentí que trabajaba dos líneas paralelas que hablaban prácticamente de lo mismo. Necesitaba un cambio, una ruptura radical de lenguaje en mi trabajo. Decidí que mi obra no iba a ser más representativa, comencé a evadir la mímesis e hice una regresión hacia las estructuras básicas de los objetos y los elementos geométricos”.

 Desde entonces Enrique observa, escucha y siente en claves cromáticas. Deja que el pincel delinee horizontes, situaciones cotidianas y comunidades hacinadas, hechas a base de pastas y veladuras. Crea con la simple condición de que ante los ojos del espectador el significado sufra una metamorfosis, induzca una reflexión. Mezcla y vuelve a mezclar como en una neurosis donde el color es la expresión más pura de la naturaleza humana.