Mi memoria no es un cementerio

Miguel Barnet

Mi memoria no es un cementerio

  • Miguel Barnet. Foto Internet
    Miguel Barnet. Foto Internet

—Escribo siempre a mano, con una gorra puesta para tener bien protegida la cabeza, y luego, en una tipiadora mecánica, mecanografío yo mismo mis manuscritos. Toda la gran literatura se ha hecho a mano. Temo al ordenador de palabras aunque lo domine. Cuando una frase aparece en la pantalla de la computadora, empiezo a verla como algo lapidario, definitivo, que no me deja avanzar. El ordenador me priva del placer de la página que se va llenando con mis signos, de ese goce que me proporciona estrujar una cuartilla entre las manos que es como matar a una criatura imperfecta para propiciar el nacimiento de una más saludable.

Es el autor de Biografía de un cimarrón y Canción de Rachel, de Gallego y La vida real. De Oficio de Ángel y de varios libros de ensayos y poemas. En esta entrevista, Miguel Barnet, uno de los escritores cubanos más leídos dentro y fuera de Cuba, define su estética, habla acerca de su narrativa, revela, hasta donde quiere, los secretos de su quehacer literario, y aborda, como nunca antes para el público, su vida privada.

UNO MÁS EN LA MULTITUD

—Usted es académico de la lengua y miembro de la presidencia de la Unión de Escritores. Tiene ahora cincuenta y dos años de edad y algunos kilogramos de más. ¿Qué queda de aquel poeta que en 1964, a los veinticuatro, daba a conocer La piedrafina y el pavorreal?

—Soy todo eso. Tengo unos pocos kilogramos de más, tengo cincuenta y dos años y una experiencia que no tenía a los veinticuatro cuando publiqué La piedrafina y el pavorreal. Pero mi memoria todavía no es un cementerio. Mis coetáneos, en su mayoría, viven. Mis recuerdos de los años sesenta están frescos y siguen actuando sobre mí como el fermento de mi vida. Siento el orgullo de ser un hombre de la generación de los sesenta: florida, psicodélica, espinosa y turbulenta. Todo me parece que se concentró en los sesenta. Fueron, en mi opinión, los años locos de esta segunda mitad del siglo, como una vez lo fueron los veinte. Todo eso es lo que queda en mí; de aquel que fui con menos experiencia pero con más júbilo. No maldigo la experiencia pero reconozco que me inhibe bastante a veces. Sin embargo, todavía cuando estoy eufórico entro en mi casa con un ímpetu de adolescente que me deja perplejo y me da por cantar arias de Verdi y besar las paredes empapeladas de mi cuarto. El poeta no ha muerto porque la poesía es lo único que lleva eternidad.

—Usted ha dicho que todo hombre tiene su mito. ¿Cuál es el suyo?

—Con premeditación he facturado para los demás una personalidad extrovertida. Pero soy en verdad un hombre melancólico. “Un hombre triste que siempre está alegre”, para citar a Bola de Nieve. En cuanto al mito que podría aureolar mi persona, eso lo dejo a los demás. Que ellos me mitifiquen lo merezco. Ese sí será un premio para tirar la casa por la ventana.

—A veces usted me da la impresión de ser un individuo empaquetado, solemne, con la autoestima elevada a la enésima potencia, siempre presto a inclinar las situaciones a su favor y como si anduviera viviendo ya su propia inmortalidad. También me parece un individuo franco, amistoso, lleno de generosidad, que espera siempre algo de la vida. ¿Cuál o cuáles son los adjetivos que se avienen mejor a su carácter?

—También preferiría que fueran los otros quienes escogieran los adjetivos más apropiados a mi carácter. Mi gusta, como a cualquiera, que las situaciones se inclinen a mi favor. Si tuviera que escoger un epitafio, sería: Aquí yace Miguel Barnet. Se creyó inmortal.  ¿Para qué confesarle que soy amistoso?  A mis amigos, que son muchos, les parecería ocioso y vano. A los que se declaran mis enemigos, les parecería una broma de mal gusto. Ahora sí, el adjetivo “solemne” bórrelo de su lista. No se aviene a mí en absoluto.

—Ángel Luis Fernández Guerra, que es, un poco, su crítico hegemónico, dice que usted en el fondo de su alma conserva la lejana nostalgia de ser un escritor maldito, pero que al lado de alguien como Virgilio Piñera –el niño maldito por excelencia de la literatura cubana— no pasa de ser “el chico bueno”, “un niño de teta”. ¿Está de acuerdo con esa afirmación?

—Estoy de acuerdo con todo lo que dice mi amigo y exegeta Ángel Luis Fernández Guerra. Es uno de los hombres más lúcidos que he conocido. ¿No ve usted que se dedica a estudiar mis libros? Creo que soy un chico bueno de mi barrio. Eso es todo. En cuanto a lo de niño de teta… vamos, no hay que exagerar.

El protagonista de Oficio de ángel, una novela autobiográfica, es un joven burgués que se subleva contra su condición social, como antes lo hizo el poeta de La sagrada familia. Ambos son el hombre que exhibe los trapos sucios de la parentela y, en desacuerdo con sus ideas morales, ve con mirada a veces irónica y siempre crítica sus pequeños y grandes pecados. Me parece también que esa visión no oculta un cariño implacable, pero cariño al fin, y que usted rompe con su familia y con su mundo a pesar suyo.

—A pesar mío hago muchas cosas. Soy uno más en la multitud, y como tal estoy lleno de contradicciones. Mi relación de amor-odio con mi clase social no tiene mucho que ver con mi verdadera familia. Ella es víctima de un poeta maldito que la ha fabulado. Y, por otra parte, le aclaro que no todo son trapos sucios, ¿eh?

LA MEDIDA QUE YO CALZO

—¿Cuál fue la reacción de sus parientes ante esos dos libros?

—Injusta, soberbia. Mi padre me escribió una carta reprochándome La sagrada familia. A ellos les pareció calumnioso, blasfémico. Pero luego me lo pasaron por alto. Bueno, no son mis vecinos, son mis padres. Además, yo no tuve intención de ofender. Mi intención fue la de fabular con las consabidas hipérboles. Oficio de ángel es una novela con elementos autobiográficos muy fuertes, y también con mucha fantasía y con una condensación de muchos personajes y situaciones que no corresponden a los de mi familia. Creo que ellos entendieron eso a la larga. Mis padres no son ingenuos; son sencillamente mis padres. Y saben la medida que yo calzo porque me la dieron.

—¿Cómo acogió su familia su vocación de escritor?

—Ellos no hubieran querido otra cosa. O escritor o un gran cantante de ópera. A ellos les gusta que yo publique libros, que dé conferencias, que viaje, que salga en la televisión, y que escriba mucho. Ellos se realizan en mí.

—¿Por qué escribió Oficio de ángel? ¿Para matar sus recuerdos? ¿No murieron con La sagrada familia?

—Solo el recuerdo nos hace vivir, escribió el gran poeta andaluz. No, no voy a decir qué poeta andaluz porque no quiero que me acusen de fanático. Además, como casi todos los grandes poetas de España son andaluces, allá ellos, los españoles. ¿Quién puede matar sus recuerdos? Ni las piedras.

—Pienso que Oficio de ángel es una derivación de La sagrada familia. Se me antoja también que esa novela se imbrica, fuertemente, con las cuatro que le preceden. Si Oficio de ángel  es una novela autobiográfica, ¿no es asimismo una novela-testimonio?

—Es ambas cosas y algo más. La novela donde más he puesto de mí, de mi estética, de mi gusto por el lenguaje, de mi condición de escritor y lo que ello lleva implícito desde el punto de vista emocional y técnico. Es una novela-testimonio también. Yo no he hecho otra cosa en mi vida. Y es mi mayor orgullo. Contribuir a delinear una modalidad que resultó novedosa en mi época me da derecho a hablar así. Aborrezco las falsas modestias, detrás de ellas se esconden los usurpadores y los mediocres. Y es, como usted afirma, una derivación de La sagrada familia. Solo que Oficio… tiene una intención dramatúrgica más evidente.

—Usted me dirá que en Oficio de ángel la realidad se funde con la ficción. ¿No sucede lo mismo en sus novelas anteriores? De todas formas, se ha dicho que sus personajes con como detonadores que sirven al autor para liberarse de cargas poéticas contenidas.

—¡Qué autor no se libera de sus cargas poéticas contenidas! El que no lo diga, no es un autor. Es un hombre que emborrona cuartillas en cuadernos de tenedores de libros. Y cómo abundan.

Claro que sí, en todos mis libros estoy yo. Henry James decía que el autor que no fuera autobiográfico carecía de alma. No voy a inaugurar la galería cubana de los desalmados. Ese no podría ser mi destino entregándome, como me he entregado en todos mis personajes, en un toma y daca intenso y desgarrador, y siendo yo mismo a la vez. No, no se entiende fácilmente este punto de partida. Pero es así.

—Como un toque diferente, acaso, se habla del lirismo de Oficio de ángel para distinguirla de sus novelas restantes. Pero el lirismo, ¿no es una constante en toda su narrativa?

—Lo es. Pero los críticos quieren ver siempre códigos nuevos. Para eso son críticos. No creo que sea un toque diferente, pero sí un toque más acentuado. Usted mismo ha reconocido semejanzas entre Oficio de ángel y uno de mis más líricos libros de poemas.

Yo creo, precisamente, que el lirismo es una condición sine qua non de la literatura. Sin él no hay literatura de altos quilates. El lirismo no es más que un destello de la subjetividad. La obra literaria que no tenga una carga lírica sabe a comida rancia, a leche en polvo. Ya William Faulkner habló sobre eso. Y Rulfo y Lezama lo demostraron con creces, para poder solo dos ejemplos latinoamericanos.

—¿Cómo surgen los personajes de sus libros? Imagino que responderá que los encuentra, pero el juego no es tan sencillo. En Canción de Rachel usted da una clave cuando dice que en  ese libro “habla ella, de su vida, tal y como ella me la contó y tal como yo luego se la conté a ella”. Lo que me gustaría precisar es esto: entre el momento en que se decide por un personaje y el momento en que ese personaje queda plasmado en un libro, ¿cómo se enriquece?, ¿con lo que puedan aportarle otros sujetos afines, con lecturas e investigaciones complementarias del autor?,  ¿con la propia memoria histórica de Miguel Barnet?

—Están ahí. Unas veces los busco con afán; otras, los encuentro. Pero siempre los tengo que rehacer, que reinventar. Y se enriquecen primero con mi propia savia, luego con lecturas complementarias, con personajes afines, con la memoria histórica de mi país y la mía propia. No quiero revelarle estrategias secretas. En esto soy como un militar. Mi plaza es mía, la defiendo yo.

—Hablamos de sus novelas-testimonio –Cimarrón, Rachel, Gallego, La vida real— un ciclo que, usted lo ha dicho, se cerró para siempre. ¿Por qué?

—Ya lo he dicho: no escribo por escribir. Hice dentro de la novela-testimonio lo que me propuse hace casi treinta años atrás.

No quisiera repetirme. Me interesó el tema de la etnicidad y la migración. Y de eso he escrito. No soy un escritor de estampas costumbristas. El tema del chino, que algunos me reprochan no haber abordado en una novela testimonio, está en mis cinco novelas. De algún modo lo abordo también en mi poesía. Ahora quiero escribir crónicas y relatos y continuar mis investigaciones sobre los cultos africanos.

CON PIES DE GATO

—Entonces, ¿se aburrió de coleccionar vidas ajenas?

—De eso no me aburriré nunca. Solo que ahora las colecciono para que complementen mi vida. Esa es mi más rica colección, la más agradecida, la que me colma más. Pero sí me aburrí de esa distancia que me imponía entre mis personajes y yo para llevarlos a la letra impresa o a la pantalla. Ahora nuestra complicidad es mayor, quiero ser yo el personaje de interés para ellos. Que se venguen de mí.

—¿Cuál fue la complejidad mayor que tuvo que vencer para acometer Oficio de ángel?

—Ninguna. Fue mi libro más espontáneo. “Y comenzó el tiempo fluvial. Y el agua de la superficie no volvió a ser calma. Y la noche se tornó día…”

En todo caso, si usted quiere que hable de complejidad, le diré que hubo una: vencer los prejuicios sociales, las barreras ideológicas, los tabúes sexuales. Ser yo o tratar de serlo, que es lo más difícil para un escritor.

—Me gustaría que aludiera al proceso creativo de esa novela. Sé que la comenzó en 1975 y que no caminó. La retomó en 1987, pero era ya una novela diferente a la que se perfilaba en su versión anterior.

—Lo que hice en 1975 no valía nada. Y me di cuenta. Lo rompí porque el niño que hablaba no era auténtico; la primera persona no me funcionó, todo me resultaba falso, sin resonancia. ¡Qué valor tuve para romper aquellas trescientas páginas! Pero qué bien hice. En 1987, en Valencia, España, a la distancia, en un hotel feo, empecé a escribir Oficio de ángel, y salió.

De lejos se ve más cerca y más profundamente. Me di cuenta de que podía colocarme en otra perspectiva, que el niño de 1975 era ahora un niño travieso con muchos ojos y muchas esquinas. Era un niño que miraba desde muchos ángulos y dueño de la facultad de emplear a su antojo varias personas: el autor omnisciente, la primera persona y la tercera, que como autor me daba muchas posibilidades.

—Ángel Luis Fernández, recurro de nuevo a su crítico imprescindible, habla en Oficio de ángel  de las “copresencias” de Alejo Carpentier, Lisandro Otero, Renée Méndez Capote, entre otros. ¿Es así por un testimonio tácito de admiración hacia esos escritores o por mera influencia literaria?

—He rendido pleitesía a las generaciones que me han precedido, a quienes han dejado una obra importante para la cultura cubana. Esa es la única lección que puedo darles a los más jóvenes. Le confieso que me ha servido de mucho. Así me evito el rencor, la imitación, la envidia. Y hago lo contrario a lo que ellos hicieron, pero partiendo de parámetros conocidos y familiares.

El parricidio es un mal inevitable, lo sé, lo he sentido, lo he experimentado, pero qué estéril resulta.

—¿Por qué su narrativa mira siempre hacia el pasado? ¿Por qué no hay en ella eco de lo inmediato?

—Mi poesía y mi narrativa miran hacia el presente. Escribo con perspectiva de presente. El pasado es una sustancia nutricia. Un alimento necesario. Pero solo en función del presente. Lo inmediato se me escapa como el humo entre los dedos. Es cierto que mi obsesión es el pasado cuando emerge como un fantasma de alas contrahechas. Mi vida se alimenta de esos desperdicios de la memoria. Sin embargo, amo estos días en que el fuego de un Prometeo intemporal irradia mis huesos y rehace mi vida. Lo inmediato no existe, no le alcanza tiempo, no es materia literaria. Soy, quizás, demasiado pretencioso, pretendo que mis temas entren en la intemporalidad. ¿Quién puede negarme que hoy no existen cimarrones, inmigrantes desgarrados, artistas frustradas devenidas cocottes…

La bella del Alhambra, inspirada en Canción de Rachel y dirigida por su primo Enrique Pineda Barnet, es el gran éxito de taquilla del cine cubano de todos los tiempos y una de sus películas más connotadas, ganadora, entre otros galardones, de un premio Goya. ¿Cuál y cómo fue su trabajo en esa cinta? ¿Qué piensa de la versión que en ella se da de su novela?

—Trabajé en el guión con mi primo Enrique. Él tiene mucho talento y conoce las leyes del cine. Nos compenetramos mucho. Su versión, la nuestra, para decirlo mejor, es una versión legítima y la apruebo.

—Quisiera pasar a otro tema. Me gustaría formularle un par de preguntas sobre la situación actual del país.

—Bien.

—El bloqueo. El bloqueo que Estados Unidos impone a Cuba en los ámbitos económico, comercial y financiero, ¿afecta también a la cultura cubana?

—Afecta terriblemente a la cultura del cubano y a la dignidad de todos los pueblos, incluyendo al noble pueblo norteamericano.

—La actual situación de Periodo Especial que vive la nación, ¿podría provocar en los funcionarios actitudes de intransigencia extrema ante la creación literaria y artística? ¿Cómo contrarrestarla?

—Hasta ahora solo conozco de esfuerzos para superar el periodo especial. La creación literaria y artística se lesiona con el periodo especial. Mi esperanza es que algún día podamos hablar en pasado de este periodo que yo prefiero llamar transitorio.

—¿Teme a que en una situación como esta se reedite el llamado “quinquenio gris” (1971-1976) aquella etapa en la que, como recordaba alguien recientemente nos tocó asistir al triunfo de la mediocridad y de una concepción escolástica de la cultura, y que por poco nos hace volver, en pleno siglo XX, al areíto y al juego de batos de nuestros aborígenes?

—El llamado “quinquenio gris”, que para mí fue un poco más largo, es papel mojado. Prefiero no hablar de eso. No voy a regodearme en las miasmas de una época que no me hizo feliz.

—Pero, y me perdonará que insista, usted fue uno de los perjudicados por aquella política cultural errónea: años sin publicar una línea, sin que se mencionara su nombre. En esa etapa, Miguel Barnet sencillamente no existió para la cultura cubana. ¿Cómo sobrevivió a aquel periodo? ¿Cómo juzga hoy aquellos años?

—Escribiendo. Leyendo. Criando perros. Amando. Viviendo. Juzgo aquellos años como un túnel oscuro del cual salí para siempre. Entre otras razones, porque me dio la gana.

—En el prólogo a Viendo mi vida pasar, antología de su quehacer poético, dice que la suya es una estética de participación. ¿Qué quiso decir con eso? ¿Es válido también para su narrativa?

—Quise decir que mi trabajo literario e investigativo se completa en el otro, en el lector. Un poema, una novela, una obra de investigación solo cumple su cometido cuando el otro la asimila. No creo en los escritores que dicen que escriben para una satisfacción únicamente personal. Son unos mentirosos y unos fatuos. O están tan insatisfechos o tan traumatizados que tienen que hacer confesiones falsas. Yo escribo para que me lean, sencillamente para que me lean. Eso me basta. No para dar lecciones ni para que me quieran más. Que me quieran por mis actos. Que me estimen si lo que escribo sirve de algo para la satisfacción ajena. Esas ideas de Perogrullo son válidas también para mi narrativa.

—¿Cuáles son los temas y propuestas de Con pies de gato?

Con pies de gato es una antología de treinta años de mi poesía, el tiempo que llevo escribiendo. Parece nada, parece que fue ayer cuando, con insolente desenfado luego de leer unos poemas de Nazim Hikmet, me dije: “Yo puedo escribir así”. Esto no lo había confesado nunca.

Por eso comencé a escribir cuando era investigador del Instituto de Etnología y Folklore de la Academia de Ciencias, donde tanto aprendí. He ido por la vida con pies de gato.

—En una entrevista reciente expresaba usted que, por el momento, no habría otra novela. ¿Hasta cuándo durarán estas vacaciones del narrador?

—No hay vacaciones. Tengo múltiples tareas. Y escribo algunas crónicas. Cuando los demás piensan que estoy en la luna de Valencia, estoy trabajando. Cuando me ven trabajando, estoy simplemente cargando las baterías.

—¿Cree usted en la inspiración o en el oficio?

—El oficio es bueno para los carpinteros, pero el escritor nace. ¿Qué oficio tenía Rimbaud  a los dieciocho años? ¿Qué oficio Juana Borrero, la cubana genial, a la misma edad? Y produjeron obras imperecederas. Talento y sensibilidad… entonces llega esta, con sus máscaras, para sorprendernos. Sí, ella, la inspiración.

1992