Mireya entre cielo y tierra

Mireya entre cielo y tierra

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Escritores, literatura cubana
  • Cubierta del libro.
    Cubierta del libro.

Entre cielo y tierra-Mireya Luis, de Oscar Sánchez Serra (Editorial José Martí, 2016), se puede leer de dos maneras: una, la de los interesados en recibir, ampliar y cotejar información sobre una de las figuras más sobresalientes del deporte cubano en el último medio siglo; otra, la de quienes detrás de una personalidad buscan sus registros íntimos, las fortalezas y fragilidades, en fin, la persona.

En esto último radica el mérito del libro de un periodista, colega nuestro, que toma altura aquí como escritor. Salvo contadas excepciones, el tratamiento biográfico de los héroes deportivos cubanos no despega de la semblanza hagiográfica, el recuento estadístico y la instancia descriptiva.

Oscar se ha acercado a Mireya desde una perspectiva cercana a lo que la antropología define como una historia de vida, método de investigación cualitativa que permite al investigador acceder a lo que los individuos crean y reflejan del ámbito social en que se desempeñan. La historia de vida típica presenta la visión de su propia existencia por parte del sujeto entrevistado.

Pero en este caso se revela paralela y sustancialmente el cronista comprometido con la saga autobiográfica de la protagonista y mucho más allá, porque en realidad el libro posee una resonancia coral, en el sentido de que es posible medir el antes, el después y el ahora de Mireya Luis y sus circunstancias.

En ese antes, que la ha acompañado siempre, está el tronco familiar y a partir de este, los avatares de la migración haitiana a Cuba en las primeras décadas del siglo pasado, marcada por la explotación económica, la precariedad social y la discriminación racial.

Conmueve la ansiedad postergada del padre Alejandro por retornar al país natal, el modo en que conservó lengua y espiritualidad como un asidero a sus raíces en un Camagüey rural.

Pero conmueve más aún un personaje sin el cual Mireya nunca hubiera sido Mireya, la madre Catalina. Imagino la disyuntiva de Oscar al zambullirse en la historia de Mireya, porque Catalina, genio y figura, es libro aparte.
Ancla y hélice propulsora de la familia, matriarca recia y comprensiva, la madre de Mireya deslumbra por sus gestos y premoniciones, su palabra viva y su fuerza de voluntad, y esa cosmovisión particular que solo es posible cuando se está a medio camino entre el mito y la realidad.

Mireya tampoco es Mireya sin «el padre blanco», Eugenio George, quien llevó al voleibol cubano a planos estelares con la conquista de los títulos olímpicos de Barcelona, Atlanta y Sidney, cuatro Copas del Mundo, tres campeonatos mundiales, dos Grand Prix, siete Panamericanos y siete Centroamericanos y del Caribe.

Llama la atención la sinceridad del maestro cuando le cuenta a Oscar: «El día que no aprendamos algo o no busquemos hacerlo, es un día que no se merece vivir. Y Mireya Luis me enseñaba cada día algo nuevo, aprendimos mucho con ella, nos llevó a diseñar dinámicas que sin su presencia hubieran sido muy complejas de establecer».

Mireya no sería lo que es sin la hermana Mirta, sin la familia, sin su hija Idanaisys, sin sus primeros entrenadores, sin sus compañeras de equipo, sin sus amores y dolores. Los campeonatos y las medallas van y vienen, las vivencias de los retos que enfrentó dentro y fuera de la cancha.

Pero tampoco sin Los Van Van y Celina González, el piano de Frank Fernández, los cuadros de Zaida, Choco y Nelson Domínguez (quien puso su imagen a la portada de un libro, espléndidamente ilustrado por viñetas de Pedro Méndez), sin el amor de Humberto, sin la deuda con Haití.

Y, sobre todo, no sería ella sin Fidel, sin la admiración que se profesan mutuamente, sin los desvelos del Comandante, sin la huella de las tantas conversaciones entre ambos.

Del magnetismo que irradia quien es considerada como una de las mejores voleibolistas de todos los tiempos escribe el poeta Miguel Barnet en el prólogo del libro.

Tomado de Granma