Nicolás Guillén: Conversación en los 70 (Parte I)

Nicolás Guillén

Nicolás Guillén: Conversación en los 70 (Parte I)

Nicolás Guillén sonríe siempre, y con las manos se arregla la melena.  Unas veces su voz es como un trueno; otras, tan queda que apenas podemos escucharla.  Viste cuidadosamente y sus modales son de gran señor. Sus manos y su cuerpo son firmes… Su agilidad, envidiable, como lo son también su buen humor y su ironía fina. Trabaja y hasta hace poco se le veía hacer a pie el kilómetro que separa su casa de la oficina. No parece cansarse. Toma el avión con frecuencia y tranquilidad: Europa, África. Asia, las dos Américas lo han visto llegar en repetidas ocasiones con su poesía y su sonrisa.

Más de cincuenta años lleva Guillén de ejercicio poético. Sus primeros poemas acusan influencias romántico-modernistas y el deseo de evasión. A partir de ellos, ha evolucionado con la poesía y la poesía ha evolucionado con él. Desde muy temprano lo ganan las ideas antiimperialistas y al lado de los humildes decide hacer su vida y su obra, de manera que toda ella es, como ha dicho Ezequiel Martínez Estrada, “una batalla contra la operación, contra los privilegios y rivalidades que separan a los seres humanos de cualquier  condición”.

A los setenta años llega ahora Nicolás Guillén. No pretende disimular el poeta, pero tenemos la impresión de que se olvidad de ellos. También nos olvidamos nosotros, al verlo.

PASTORES Y SOMBREROS

-¿Cómo enjuicia usted la formación literaria que recibió en su infancia? ¿Qué cosas de su infancia le interesa destacar ahora?

-No, yo no podría hablar de una formación literaria, en el sentido más o menos estricto del término,  y por supuesto, tampoco desde el punto de vista académico. Lo que pasa es que yo encontré tanto en mi casa con mi padre como en la de mi padrino – ambos ilustrados  y estudiosos-  libros de literatura española y universal que despertaron gran inquietud artística en mí.

Mi padre era un hombre bien informado en la política y las letras de su tiempo, y fue él a quien yo sometí para su juicio, mis primeros conatos literarios,  pero, repito, no tuve una formación sistemática ni estricta.

Mi padre era además un dirigente liberal de vida muy agitada y un periodista profesional de gran prestigio. Recién llegado de la Guerra de Independencia, de donde vino con el grado de alférez, fundó con un correligionario suyo de nombre Pedro Mendoza – orador que algunas veces cultivó la poesía-  un periódico al que ellos llamaron Las Dos Republicas. A mí me parece que tanto mi padre como su amigo cayeron en un espejismo político, el mismo que engañó a muchos cubanos del comienzo del siglo XX. Pocas dudas me cabe de que esas dos repúblicas no fueran Cuba y los Estados Unidos, pues como es sabido, los yanquis  disfrazaron su penetración imperialista en nuestro país, dirigida a la  explotación de nuestros recursos, bajo el manto de una “protección” que no existió.

Cuando yo nací, pues, Las Dos Repúblicas, era un periódico familiar en mi casa, y después, durante diez o doce años más fue el único periódico liberal importante que había en la ciudad.

Cuando yo tenía seis u ocho años iba a los talleres y la redacción de aquel diario. No recuerdo si ya entonces había en la puerta de la casa donde  Las  Dos Repúblicas se editaba la muestra que vi luego cuando la redacción y los talleres cambiaron de ubicación y era yo mayor. Esa muestra ofrecía,  al centro,  el título del periódico, a un lado el escudo norteamericano y al otro el de Cuba. El escudo yanqui, por supuesto, con un águila que tenía las alas muy abiertas, el ojo muy duro, las garras muy fuertes y el pico muy curvo.

De aquellos días guardo el recuerdo de cuando los liberales se alzaron contra e presidente conservador Estrada Palma. Yo, que había nacido en 1902, tenía entonces seis o siete años. Recuerdo las calles de Camagüey, fangosas, llenas de jinetes tocados con grandes sombreros de guano, el ir y venir de mi padre al  “Círculo”  (así se llamaba genéricamente el lugar donde despachaban  las autoridades del Partido Liberal) y del “Círculo” a nuestra casa.

Como es sabido, en las elecciones que celebraron los norteamericanos prácticamente llamados por el Gobierno conservador, los liberales resultaron triunfadores, lo que determinó la elección de mi padre a Senador, por un periodo que entonces llamaban “corto”, es decir, de cuatro años, en oposición al “largo”, que era de ocho.

A pesar que mi padre se veía precisado por razones de su cargo a permanecer bastante tiempo en la Habana, nadie de nuestra familia vio la capital, y yo, que fui el primero en hacerlo, tuve que esperar hasta 1920.  Esas largas ausencias de mi padre eran compensadas por la alegría de su regreso Por aquellos días no eran frecuentes los automóviles en Camagüey, de manera que el público se valía de los coches de punto. En uno de ellos llegaba siempre mi padre rodeado de paquetes y una gran maleta con regalos para mi madre. Fue en uno de esos viajes cuando trajo el fonógrafo, ya sin la bocina enorme que los primeros aparatos de esta clase tenían y que en los dibujos de propaganda aparecía con un pequeño perro“oyendo la voz del amo”.  Con el fonógrafo mi padre trajo una serie de discos, cuyos nombres todavía recuerdo, pues hirieron profundamente mi imaginación infantil: uno grande con el Sexteto de Lucía, otro con la Serenata, de Schubert, otro con el dúo de La Africana, otros, en fin, con pasajes de La Traviata , El rey que rabió, El año pasado por agua, etcétera. Por supuesto no faltaban Caruso no Tita Rufo, muy famosos por aquellos días. Tampoco discos nacionales con números de Regino López, Hortensia Valerón, Floro y Cruz, el danzón el Bombin de Barreto, otro danzón que no volví a oír, que se llamaba Las botellas, y algunos más. Por cierto, que de tanto oír el  Sexteto de Lucía me lo aprendí de memoria y lo chiflaba con gran alegría de mi padre.

No sé quién creyó descubrir en mí disposiciones para la música; pero lo cierto es que sin saber cómo ni cuándo me vi en las manos de un maestro de este arte, que todos llamaban el señor Pérez, el cual nunca logró bajarme del tejado de mi casa donde yo lo esperaba empinando papalotes.

Mi padrino se llamaba don Sixto Vasconcelos, y yo lo recuerdo de cuando él era presidente de la Audiencia de Camagüey. Era un hombre de rostro muy agradable, ojos claros, muy perspicaces, de bigote poblado, calvo. Le oí decir más de una vez que en Madrid había sido  compañero de vida literaria de Emilio Bobadilla.

A pesar de que yo entonces no lo necesitaba, porque mi padre era Senador, él se empeñó en hacerse cargo de mis clases en un colegio que había casi en los bajos de la casa donde vivía. Era una casa antigua de un solo piso, con dos ventanas de madera a la calle y un gran jardín ceñido por una serie de cuartos donde estaban las aulas. El propietario de ese plantel era un español de apellido Rodríguez.

Recuerdo, no sé por qué, de la manera más clara, detalles de aquel ambiente, no el de la escuela sino el de la calle y los vecinos. Por ejemplo, la “venduta” de una española llamada Rosita que tenía una hija bellísima; un tren de lavado de unos muchachos hijos de un español de apellido Villanueva; una casa donde vivía la familia Escoto, cuyo jefe era gran amigo de mi papá; Agustín Vasconcelos, algo mayor que yo, que me enseñó a forrar papalotes; el templo bautista en la misma acera de la casa de mi padrino y del colegio; el paredón del único costado libre que tenía el edificio del Gobierno Provincial, y algunos más. Por la calle de Cisneros se hallaba también la casa en que un político conservador de nombre Aurelio Álvarez, había instalado un órgano periodístico de su partido, llamado La Palabra. Asimismo, el edificio de la Audiencia; en la acera de enfrente, el de la Colonia Española; la imprenta de Marrero; el bufete o la oficina de trabajo de un amigo de mi familia, que se llamaba Amado López, a quien un tiro de revólver le había deformado el dedo índice de una mano; la librería de Pancho Bueno, donde andando el tiempo compraría yo mis instrumentos escolares; el Ayuntamiento, la Casa de Socorros, y, en fin, el parque de Agramonte donde estaba prohibido pasear a negros y mulatos.

Frente al parque se hallaba la sociedad El Liceo, que con el andar del tiempo se había apartado del fin que persiguieron sus fundadores en el siglo XIX, entre ellos el Marqués de Santa Lucía, Salvador Cisneros. El Liceo era un centro de aristócratas provincianos, ganaderos y azucareros, y de jóvenes ociosos e imbéciles. En los san juanes, o sea, nuestros carnavales, que tenían efecto bajo el gran sol de junio, los miembros de El Liceo se sentaban en grandes taburetes de cuero a la puerta de su sociedad y lanzaban contra los paseantes cartuchos de almagre y otras sustancias colorantes, cuando no objetos contundentes.  Este salvajismo se extremaba si alguna familia “de color” tenía el atrevimiento de pasar frente a aquella sociedad, pues a los cartuchos citados se añadían insultos alusivos al color de la piel. Cantaban por ejemplo: “Al negro que monta en coche –siempre lo coge la noche” y otros estribillos del mismo cariz. El general, El Liceo llegó a ser una sociedad odiosa y odiada por el pueblo camagüeyano. Frente a ella, precisamente en el parque de Agramonte, siendo yo niño, se produjo un tumulto enorme por haberse atrevido un grupo de negros y mulatos a pasear una noche de retreta por aquel sitio, y a resultas del cual resultó herida una muchacha llamada Digna Rita Varona.

EL LARGO ESCÁNDALO

-¿Qué estudios hizo usted en Camagüey?

-Me gradué de Bachiller en Ciencias y Letras, pero no pude concurrir nunca a las clases en el Instituto o Liceo a causa de mi trabajo. Yo tenía que trabajar como tipógrafo (junto con mi hermano Francisco, hoy abogado) en una imprenta llamada El Nacional, de unos amigos de mi padre, ya entonces muerto. El horario no era como el de hoy: se entraba a las siete de la mañana y se salía a las doce; se volvía a la una y se salía a las seis. A las ocho de la noche iba a dar mis clases hasta las diez.

En aquella época los profesores oficiales no solo daban clases particulares, previo pago por supuesto, sino que las daban de acuerdo con un libro de texto publicado por ellos y que el alumno tenía que comprar: gramática, literaturas (la preceptiva y la histórica) matemáticas. En inglés ocurría algo bochornoso, y era que el profesor de la asignatura se había fabricado una escala para aprobar a los alumnos: 25 pesos, aprobado; 50, aprovechado o notable; 75, sobresaliente. En víspera de exámenes, uno iba a su casa y allí se hacía un pequeño ensayo de cómo y qué había que contestar a las preguntas convenidas con él. Se llamaba Bernardo Junco. Un viejo alto, grueso, de rostro congestionado. Los jóvenes cubanos de hoy no tienen la menor idea de esto y comprendo muy bien que no puedan concebirlo.

Cuando me gradué de bachiller ingresé en la Universidad de La Habana, la única que había entonces, como alumno de la Escuela de Derecho. Solo estudié un año, que aprobé. Abandoné el estudio de la carrera y al hacerlo publiqué un poema en tres sonetos, titulado “Al margen de mis libros de estudio”. Se publicó en el primer número de la revista literaria Alma Mater, en la cual figuraba como “administrador” Julio Antonio Mella.

Después regresé a Camagüey y allí permanecí varios años trabajando como periodista, hasta que en diciembre de 1927 volví a La Habana…

-¿Y qué hizo aquí entonces?

-Era la tercera vez que venía y fue la vencida, pues me quedé con un empleo en la Secretaría de Gobernación gestionado por los amigos de mi padre.

Cuatro años más tarde publiqué los Motivos de son, que causaron un largo escándalo, del cual fue un gran animador José Antonio Fernández de Castro. Sin embargo, nunca colaboré en el famoso magazín dominical que él dirigía en el Diario de la Marina. La confusión viene de que lo hice en otra página del mismo periódico, la de “Ideales de una raza”, de Urrutia.

Tampoco publiqué una línea en la Revista de Avance, a la que hay que reconocer el mérito de haber aireado no poco el ámbito cultural cubano.

-¿Qué aportes válidos hicieron esos poemas al movimiento negrista? ¿Qué cosas de ese movimiento no resultaron válidas?

-Yo creo que esos poemas hicieron volver los ojos de la crítica oficial hacia un fenómeno no considerado hasta entonces importante, mejor dicho, existente, el del papel del negro en la cultura nacional, del que eran prueba aquellos poemas cuyo ritmo indicaba de posibilidad de amulatar el romance español, esto es, cubanizarlo, volviéndolo a su ser prístino de los tiempos de la Ma Teodora.

Mire… Hay un hecho cierto, y es que al llegar a Cuba la moda de lo negro, no directamente de África, sino pasando por Montparnasse y el Barrio Latino, se convirtió en un modo, determinado por la formación histórica de nuestro pueblo, hija de las culturas africanas venidas al país durante más d tres siglos, y la española. Porque todos conocemos los ejemplos de Góngora y de Lope, pero en un medio como el cubano, de raíces afrohispanas, no se trataba d una aventura, de un conato, como en aquellos ingenios, sino de fijar la aportación seria de una cultura a otra, de un intercambio incesante y vital. De la guitarra del pueblo, el “son” pasó a los salones de la aristocracia e influyó no solo en la naturaleza de nuestra música sino en la literatura…

Perdóneme, pero esa conmistión no es muy difícil de ver a lo largo de mi obra desde los Motivos –hace cuarenta y dos años— hasta hoy.

-¿Usted se considera un poeta de la negritud?

-Usted me pregunta si yo me considero un poeta de la negritud y yo le contesto que no.

Con la negritud sucede como con el realismo socialista, del que todo el mundo da una explicación distinta, y, tal vez, todos tengan razón. A veces me recuerda la definición que de la metafísica hizo Voltaire: la búsqueda, en un cuarto oscuro, de un gato negro que no está en el cuarto.

Ahora bien, yo creo que la negritud tiene su explicación en la lucha de los negros oprimidos, alienados, negados contra el imperialismo representado por los norteamericanos, franceses, ingleses, holandeses, es decir, por hombres blancos que los oprimen, alienan y niegan. Por ejemplo, en África. Lo mismo pasa en las Antillas Menores, especialmente Guadalupe y Martinica, islas que para los franceses son “les Antilles”, y cuando dicen “Antilles” no piensan jamás en una isla tan grande como Cuba, la mayor de todas.

En Cuba misma, antes de la Revolución, se explicaba la negritud o el negrismo porque reivindicaba los valores artísticos, políticos, culturales, humanos, en fin, del negro ante la discriminación o la esclavitud, y su figuración en la cultura nacional.

                ra una de las manifestaciones de la lucha de clases. Pero cuando una revolución borra esa lucha y da el poder a la clase obrera sin tener en cuenta el color de la piel, ese concepto de superioridad racial deja de existir.

Hay momentos –momentos históricos- en que la negritud está ligada a los movimientos de liberación nacional, pero es imposible mantenerla como una actitud a outrance, porque entonces se convertiría en otro racismo.

-¿Qué libros leía usted cuando escribía Sóngoro cosongo?

-Ríase, estaba leyendo un libro que nada tenía que ver con mi posición de entonces; nada menos que La decadencia de Occidente, de Spengler, muy de moda en aquellos momentos. Leía también a Ortega.

COLOR CUBANO

-Aunque en Sóngoro cosongo no hay un enfrentamiento directo con la realidad, ya se advierte en ese poemario un despunte de preocupaciones sociales. ¿Cómo había obrado la realidad en usted?

-Este libro fue escrito en el clima creado por “Ideales de una raza”, y todo cuanto ella suscitó. Porque a pesar de no ser una publicación revolucionaria, sino más bien reformista, hay que reconocerle a la página un gran mérito como revulsivo social. Por otra parte tenía una gran amplitud en cuanto a la publicación y tratamiento en público de los problemas que atañían a la convivencia negri-blanca.

Desde el punto de vista musical o rítmico, yo recibí una influencia muy grande del Sexteto Habanero, que había impuesto el son oriental en la Isla y especialmente en La Habana.

Sería exagerado decir que el Sóngoro cosongo expresaba una gran preocupación social, sin embargo, no se hallaba ausente, sobre todo, teniendo en cuenta algunos poemas como “Caña”, “La pequeña oda a un negro boxeador cubano”, etcétera.

Algunos de mis críticos de entonces, negros, no pudieron o no quisieron ver que en los propios Motivos había signos de afirmación estética negra –no racista- pero exentos de lo que luego se ha llamado negritud. Léase, por ejemplo, uno poema como “Negro bembón”, que contiene una actitud de risueña protesta contra el predominio de los cánones de la belleza blanca, cuyos arquetipos pertenecen a la cultura europea traída por el conquistador e impuesta a los esclavos, como ya le he dicho hace un momento.

En el Sóngoro cosongo hay que considerar el arranque de inconformidad que había en mí, frente a la discriminación racista, sobre todo en mi provincia de origen, profundamente reaccionaria.

-De Sóngoro cosongo a West Indies Ltd. Distan tres años. De un libro al otro hay una maduración de su poesía y de su pensamiento. De poesía negra se ha pasado a poesía cubana (color cubano), de poesía de esbozos sociales se ha pasado a plena poesía social. ¿Podría esbozarnos el por qué de esa evolución?

-La caída de la dictadura de Gerardo Machado tuvo una gran influencia en mi poesía y en mi vida.

Yo vivía al margen de la política cubana, a pesar de que muchos de mis artículos –como puede verse en la mayoría de los que publiqué a partir de 1928 en “Ideales de una raza”- tenían franco y hasta violento contenido revolucionario. En realidad, yo era un joven inconforme, decepcionado de aquel tipo de actividades, que me  recordaban negativamente la muerte de mi padre, la cual dejó una huella muy profunda en mí. Aparte el hecho de que fue un mentor para mi inteligencia, yo me sentí siempre amorosamente ligado a él. Después de su muerte, tuve la conciencia clara de haberlo perdido en una guerra estúpida, la guerra civil llamada de La Chambelona, en la que se enfrentaron conservadores y liberales, grupos que no se diferenciaban entre sí más que en el nombre, pues ambos eran expresión del juego y rejuego electorero en que la burguesía nacional, sometida al imperialismo, disfrutaba el poder, mediante dos grandes núcleos partidarios, que eran en realidad uno solo, al modo yanqui. En tal virtud, pues,  mi actitud  fue de repulsa a la política nacional hasta el punto de que nunca voté.

Al caer Machado, el cuadro de la política cubana se modificó profundamente. Surgieron distintas agrupaciones jóvenes, todas autotitulados revolucionarias y entre las cuales sobresalía el ABC, de tendencia claramente fascista, desde su ideología hasta sus camisas verdes, su racismo, su desdén a las masas, etcétera.

No me sentí en disposición de unirse a ninguna de estas bandas porque, como demostró por aquellos días Rubén Martínez Villena, tenían un carácter marcadamente reaccionario.

Desde 1934 me uní, como compañero de ruta, a las filas del Partido Comunista, que aún no tenía diez años de fundado. Así, por ejemplo, trabajé con la Hermandad de Jóvenes Cubanos, con el Comité Pro Abisinia, con el Comité de Ayuda al Pueblo Español. Amigos de la misma promoción y yo fundamos la revista Mediodía, que pronto cambió su carácter eminentemente revolucionario para convertirse en un órgano político, comunista, llamado a desempeñar un gran papel en la revolución.

Mis actividades, aun con lo poco significativa que eran, me crearon una situación incómoda en Cuba. Por esos días me llegó una invitación, sugerida por Juan Marinello –que estaba a la sazón en México- al congreso organizado por la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios (LEAR) de aquel país, hacia el cual partí por mar hasta Veracruz pasando por Yucatán y enseguida, por tren, a México.

Eran los tiempos del benemérito general Lázaro Cárdenas y, al amparo del clima democrático que caracterizó su gobierno, participé en el trabajo revolucionario allá, lo cual me ayudó enormemente.

ESPAÑA BAJO LAS BOMBAS

-Y de México a España, ¿no?

-Efectivamente. Estando en México se produjo otro acontecimiento en mi vida, este de importancia fundamental, y fue mi viaje a España hacia donde partí en compañía de Marinello, Octavio Paz, José Mancisidor, Juan de la Cabada, Silvestre Revueltas y otros, para tomar parte en el II Congreso Mundial por la Defensa de la Cultura, que tuvo lugar en Valencia, Madrid, Barcelona y finalmente en París, donde fue clausurado.

Fue entonces cuando conocí a grandes figuras de la literatura universal: Vallejo, Aragón, Ludwing Renn, Spender, Ana Seghers, Ehremburg, Huidobro, Neruda, Miguel Hernández, Bergamín  y tantos y tantos que harían la lista interminable.

En Valencia ingresé en el Partido Comunista, en 1938.

Resumiendo, le diré que fueron esos dos acontecimientos, la caída de Machado y la lucha del pueblo español contra Franco, los que maduraron e impulsaron  mi vocación revolucionaria, política, a la que he servido durante cerca de cuarenta años con mi poesía y a la que seguiré sirviendo hasta el fin de mis días.

-¿Cuándo comenzó a intuir que el soldado era pueblo?

-Cuando escribí el poema “West Indies Ltd.”, o mejor dicho cuando me hallaba escribiéndolo. Recuerdo el fragmento de dicha composición en que yo me refiero a los soldados al servicio de la burguesía:

                ¡Dramática ceguedad de la tropa, / que siempre tiene presto el rifle / para disparar contra el que proteste o chifle / porque el pan está duro o está clara la sopa!

También:

                Los que ante el máuser exclaman: / “¡hermanos soldados1”, / y ruedan heridos / con un hilo rojo en los labios morados…

¿Recuerda?

Cuando terminé de escribir “West Indies Ltd.” ya había en mí los elementos para el libro siguiente: Cantos para soldados y sones para turistas.

-“Guadalupe W. I.”, incluida en ediciones sucesivas, no aparecía en la primera de West Indies Ltd. Descontando esto, su preocupación americana comienza a manifestarse en El son entero, y su preocupación universal en La paloma de vuelo popular. ¿Motivaron sus viajes al extranjero esas preocupaciones? ¿Son anteriores a los viajes?

-En primer término, el poema sobre Guadalupe no aparece en la edición inicial de West Indies Ltd., porque fue escrito al regreso de un viaje que entonces no había hecho: precisamente el viaje de regreso de España, donde había permanecido yo cerca de un año, en plena guerra civil.

En un poema anterior, “La pequeña oda a un negro boxeador cubano” –que apareció primero dedicado a Kid Chocolate- se habla ya del cañaveral. Del imperialismo, y mucho antes puede encontrarse un germen parecido en el poema “Futuro”, que es del 27, o mejor dicho, que fue publicado en ese año en la revista Orto, de Manzanillo, sin que recuerde si lo compuse antes, que es lo que presumo. Recuerde asimismo el poema “Llegada”, del Sóngoro cosongo, también de indudable fuerza universal.

Por supuesto, todo esto sirvió de humus propicio para que arraigara una preocupación y ocupación ecuménicas. Mis viajes, desde luego, ensancharon cada vez más el marco en que se insertó mi poesía.

-Toda su obra es una lucha contra los prejuicios…

-Desde muy niño me acostumbré a la lucha contra el prejuicio racial. En Camagüey, mi pueblo, dominó siempre una élite ganadera que era tan ignorante como vanidosa. No recuerdo si ya le dije a usted lo que era la sociedad llamada El Liceo, centro y cuna de la gente más estrecha culturalmente de la provincia, tal vez de toda la Isla. Desde mi infancia, pues, vi el espectáculo de la discriminación de los negros por el color de la piel y de no pocos blancos por su extracción social. Esto me hizo rebelde contra una sociedad así, y de esa rebeldía surgió mi inconformidad no solo al prejuicio de razas, sino contra todos los demás. Eso se ve bien en mi poesía.

En cuanto a que mi obra haya contribuido a desbaratar ciertos prejuicios, le digo que es posible, junto a la obra de otros escritores que se hallaban en el mismo plano. Sin embargo, estoy convencido de que el derrumbe de esos prejuicios se produjo como consecuencia del triunfo de nuestra Revolución.

-Ha escrito usted dos poemas teatrales. En muchos de sus poemas, el diálogo juega un papel principal. ¿Nunca se ha planteado escribir una obra teatral de gran aliento?

-Yo mismo me pregunto eso, es decir, por qué no he hecho yo teatro.

Rivas Cherif se asombraba de que con tantos personajes como tiene mi poesía –Papá Montero, la mujer de Antonio, Quirino con su tres, el Negro bembón, el Chévere, Cantaliso, el sargento José Inés, el soldado Miguel Paz y muchos otros- no los hubiera puesto yo en escena, moviéndolos en el ámbito nacional.

                A estas alturas, ya es imposible… si es que me diera por eso.

(Fin de la Parte I)