Nicolás Guillén Conversación en los 70 (Parte II)

Nicolás Guillén

Nicolás Guillén Conversación en los 70 (Parte II)

  • Nicolás Guillén. Foto Internet
    Nicolás Guillén. Foto Internet

HAN MATADO A UN LÍDER OBRERO

—¿Cómo concibió la “Elegía a Jesús Menéndez”?¿Cómo la escribió?

—Una tarde, en 1948, después de almorzar, yo abandoné la casa en que vivía, que era la del famoso pintor Cándido Portinari, calle de CosmoVelho, en Río de Janeiro, para ir al centro de la ciudad. Regresé un poco tarde, y,  al llegar, Portinari me dijo: “Han matado a un líder obrero de tu país” y me tendió un periódico. Era el diario O Globo, en cuya primera página se daba cuenta de la muerte de Jesús Menéndez, aunque sin muchos detalles. La lectura de esa noticia me produjo un verdadero shock. Menéndez y yo éramos muy amigos, tanto que cuando el postuló un acta de representante por el Partido Socialista Popular, en la provincia de Las Villas, yo fui designado para acompañarlo en una gira por distintos lugares de aquella región. Él pronunciaba charlas y discursos y yo decía poemas, componiendo entre los dos una especie de velada político cultural en cada sitio que visitábamos. Estas actividades estrecharon aún más nuestra amistad, que tuvo muchas características fraternales. 

Aquella misma tarde en que me enteré de la muerte de Jesús, me puse a escribir un poema para él. Como yo estaba haciendo en aquel tiempo las elegías que aparecen en La paloma de vuelo popular, me propuse hacer una para Menéndez. Ahora bien, no alcancé a escribir más que algunos versos, pues partí de Brasil hacia Cuba, y fue aquí, en La Habana, donde el poema tomó cuerpo, luego de tres años de trabajo. Se publicó en plena dictadura.

Es un poema muy complicado, como usted sabe, y me llevó muchas horas de labor cada día. Incluso me enfrenté a ciertas dificultades técnicas que creo pude superar, como fue la que me planteó el romance que integra la III parte de la “Elegía”. Estaba escrito primero en versos octosílabos que en definitiva me parecieron muy débiles para lo que yo quería. Acometí pues la transformación del romance de ocho en uno de nueve, y no creo que me haya quedado mal.

—Al lado de la ironía y la sátira hay en su poesía una capacidad de ternura extraordinaria. Sin embargo, el tema del amor no aparece en su obra hasta El son entero para después manifestarse plenamente en Poemas de amor. ¿Por qué esa ausencia de amor hasta tan tarde?

—No me parece apropiada la expresión “ausencia de amor”. Se trata, mejor, de pudor, el pudor de expresar en público el amor. Los versos amorosos interesan a una pequeña cantidad de lectores, entre los cuales hay que incluir a los protagonistas de los poemas y muy pocos más.

Bien. En cuanto a mí no puede decirse que el amor llegó demasiado tarde a mi poesía. Un poema que yo considero antológico, un poema romántico, fue escrito en 1919 ó 1920: “La balada azul”. De la misma época es una composición en cuatro sonetos: “Rosas de elegía”. Hay algunos más, no solo de ese tiempo, sino de tiempos inmediatamente posteriores.

De manera que los poemas que usted considera tardíos, tienen, por cierto, una raíz bien lozana.

Por otra parte, yo creo que los que más cantan al amor y más hablan de él son los que menos lo ejercen.

En el prólogo de Sóngoro cosongo hablaba usted de “color cubano”. A su juicio, ¿en cuál de sus libros está mejor representado esto?

—Yo creo que en toda mi obra.

—¿Qué opinión le merecen los trabajos que los compositores han hecho sobre sus poemas?

—Sobre esto no puedo opinar desde un punto de vista técnico, pues como usted sabe no distingo un sostenido de un bemol. Solamente he reparado en que algunos compositores se dejan llevar por el ritmo verbal del poema y hacen una simple traslación del campo literario al musical. Otros, por el contrario, se apartan de ese camino y construyen su propio ritmo sin adherirse formalmente al del poema, aunque, por supuesto, teniéndolo en cuenta.

Por lo demás, aparte de las razones técnicas que le dije al comienzo, tampoco podría yo revisar los textos musicales escritos sobre mis poemas, pues los mismos, en Cuba y fuera de ella, pasan de cien.

—En El gran zoo retoma usted –“Avio-mamut”, “Reloj”- temas que recuerdan su etapa vanguardista. Además, la brevedad de los poemas de este libro nos hace recordar la de las “Odas mínimas”. ¿Por qué esa vuelta a los inicios?

—A lo largo de mi poesía, algunas canteras quedaron sin explotar, urgido, como siempre me vi por las tareas revolucionarias, y, si usted me lo permite, por un criterio un tanto sectario de mi oficio poético. De manera que tan pronto las circunstancias lo permitieron,  volví a esas canteras para sacar de ellas materiales que no creí haber trabajado lo suficiente al manipularlos por primera vez.

Son muchas las ediciones extranjeras que se han hecho de El gran zoo. Me ha llamado la atención la española, mutilada por la censura. ¿Cómo acogió usted eso?          

—Son varias las ediciones. En ninguna me fue dado intervenir y, por supuesto, no sé lo que hay en ellas. Por eso me importa poco lo que hizo la censura española. Además, ¿no cree que históricamente es una edición curiosa y que es divertido compararla con las ediciones cubanas y de otros países? Fíjese que el censor llevó su celo hasta el punto se suprimir versos como por ejemplo: “los generales con su sable de cola”, y también: “en su caballo estatua el héroe mono”. ¿A quién pensaría él, con pensamiento más atrevido que el mío, que me estaba refiriendo yo? Además, la alusión a la calle de San Isidro, en La Habana, desapareció de mi poema “El chulo”, supongo que por ser San Isidro el santo patrono de Madrid y la calle que lleva su nombre en nuestra ciudad, centro de reunión de prostitutas durante un tiempo hoy desaparecido. Desde luego, el poema “Policía” fue dinamitado, y ni una astilla quedó de él para recuerdo. Menos mal que tengo copia…

—Ante El gran zoo un joven poeta manifestó que era un libro que debía haber sido escrito por un miembro de su generación. Y usted respondió: “Hubiera sido magnífico. Lo único que el joven que hubiese escrito ese libro necesitaba cincuenta años de experiencia poética”. Sirviéndonos eso de entrada, ¿qué opinión le merece la poesía que actualmente están haciendo los jóvenes en Cuba?

—En efecto, eso pasó así como usted lo cuenta.

En lo que se refiere a los poetas jóvenes creo que, a veces, tienen demasiada prisa. Yo simpatizo con todos, a pesar de que ello no es un hecho frecuente, es decir, que no son muchos los poetas de mi edad que en su orgullo o, peor, su vanidad, dan la alternativa –como se dice en el toreo- a los compañeros jóvenes. Tal vez no sean muchos los jóvenes que se sientan con deseos de estar junto a los viejos o dejarlos a estos participar con ellos en el mismo trabajo, es decir, el ejercicio de la poesía.

Yo creo que los poetas jóvenes debieran demorarse en estudiar los buenos modelos –no me refiero a los viejos, sino a los clásicos-. A veces pienso que a algunos poetas de indudables condiciones les sería necesario estudiar seriamente los medios de expresión, esto es, la gramática, las formas métricas, los géneros literarios, algún idioma, y, desde luego, el español.

No quiere decir que yo pida ahora, nada menos que a estas alturas, que los poetas jóvenes escriban como los poetas del Siglo de Oro, pero creo, eso sí, que estos son ejemplares para una buena formación literaria.

Por lo pronto, suelo preguntar a los poetas jóvenes cuando me hacen el honor de someter a mi juicio algún poema, si han escrito aunque sea un soneto. No me siento cómodo cuando me doy cuenta de que ignoran las formas estróficas más elementales.

A mi juicio, para revolucionar un arte, cualquiera que este sea, es indispensable primero dominarlo.

SOY PERIODISTA Y ADEMÁS POETA

—¿Qué ha sido el periodismo para usted?

—He dicho muchas veces, y lo repito, que yo soy periodista y además poeta. Hace unos días conté a usted cómo se desenvolvieron mis primeros años de vida en un ambiente absolutamente periodístico, el mismo en que vivió siempre mi padre.

Para mí el periodismo es un desahogo y mediante su ejercicio me libero de muchas cosas que no puedo expresar mediante el verso. Sin contar que hay muchos poemas míos cuyo estilo es francamente periodístico y familiar.

—¿Qué criterios rigieron para la selección de las crónicas que conforman Prosa de prisa?

—Todos los criterios y ningún criterio: ese fue el criterio, como hubiera dicho José de la Luz.

Un criterio periodístico, pero literario; un criterio histórico, desde luego, y finalmente un criterio artístico mediante el florilegio de las crónicas que me parecieron mejor hechas, y que mejor reflejan las luchas de nuestro pueblo a lo largo de veintitrés años.

El libro no recoge, por supuesto, toda mi labor periodística, que empieza en Camagüey, en 1922, en El Camagüeyano y abarca tribunas como “Ideales de una raza”, Mediodía, Resumen, Gaceta del Caribe, Última Hora, Orbe, Información,  Vanguardia Cubana, Hoy, El Mundo, Revolución, Granma, Juventud Rebelde, Bohemia, Verde Olivo, Trabajo, El Nacional, de Caracas… en fin, una relación interminable.

Aunque mucha gente no lo sabe, yo he colaborado en la mayoría de los periódicos cubanos antes y después del triunfo de la Revolución.

—En la nota inicial de Gaceta del Caribe se dice: “(…) nadie necesita de plateadas espuelas para hacer andar a Pegaso”. Esto es una alusión directa a la revista Espuela de Plata, fundada y dirigida por Lezama Lima. Desde hoy, a más de veinte años de distancia, y vistos los poderosos aportes a la poesía cubana del grupo de escritores que se nucleó en torno a Espuela de Plata, ¿qué puede decirnos de esas palabras?

—Nunca colaboré en Espuela de Plata, pues mantuve un criterio francamente opuesto al de sus redactores. Yo pertenecía al grupo de escritores revolucionarios y nuestro papel estaba junto a las masas trabajadoras. La prueba es, precisamente, la frase que usted cita.

Puedes, publicado en 1962, está ilustrado con varias viñetas suyas. Sabemos que le gusta dibujar. ¿Hasta qué punto es el dibujo en usted una necesidad expresiva?

—Yo acostumbro hacer algunas viñetas sin ser dibujante, por supuesto, que casi siempre son las mismas: caras de frente o de perfil, alguna rosa, alguna casita, alguna palma… todo muy pobre.

Sin embargo, como ocurre con todos los poetas, el dibujo en mí tiene un carácter liberador, como le decía hace un momento del periodismo. Si lo hubiera perfeccionado, hubiera sido un complemento de mi poesía, un medio de comunicación superior al siempre limitado de la palabra escrita.

—¿Cómo trabaja usted?

—Trabajo mientras tengo ganas. Tan pronto me doy cuenta de que esas ganas han desparecido, no doy un teclazo más.

Esto del teclazo le dirá a usted que escribo a máquina, pues no soy capaz de hacer un pareado manuscrito.

Por lo demás, busco infatigablemente la perfección, siempre inalcanzable. Corrijo sin cesar lo que escribo y nunca estoy satisfecho de lo que sale de mis manos.

—En tiempos difíciles para la creación, y a veces para la vida, ¿cómo concilió la creación con las labores para la subsistencia?

—Siempre viví bastante apretado por las circunstancias, tanto políticas como económicas. Sin embargo, no me faltó el tiempo para escribir. En verso por las noches o los días que tenía más o menos libres, y en prosa urgido por mi oficio periodístico. Cuando salgan mis obras en prosa, verá usted que se componen principalmente de artículos y crónicas.

—De su vida tan rica en anécdotas, ¿quisiera recordar alguna? Digamos, de alguno de sus viajes.

—En 1963 ó 65, no recuerdo bien, estando yo en Sao Paulo, Brasil, fui invitado a hablar por la televisión en un programa muy popular al mediodía. Al comenzar la trasmisión y con el consabido énfasis de este género, el locutor me presentó dirigiéndose a la invisible audiencia, más o menos así: “Queridos televidentes, esta tarde tenemos con nosotros al poeta cubano Arístides  Guillén, que acaba de llegar a nuestra ciudad y amablemente ha accedido a presentarse ante ustedes…” Luego, volviéndose hacia mí, me dijo marcando sabrosamente cada palabra (en español, que hablaba muy bien): “¿No es cierto, poeta, que su apellido se pronuncia así, Guillén?” Sonriéndome, le contesté lentamente: “Sí, mi querido amigo, Guillén se pronuncia Guillén, pero Arístides se pronuncia Nicolás”.

Esto que le voy a contar ahora sucedió aquí en La Habana, en los días en que la Revolución estaba recién triunfante… Como usted recordará, surgió la manía de bautizar con nombres indios –taínos, siboneyes- los barrios aristocráticos de la ciudad, y un periodista me preguntó mi opinión sobre esa medida. “Está muy bien –le respondí yo- pero estimo que ahora debe ponérseles a las calles habaneras nombres africanos, pues lo africano tienen una mayor importancia étnica que lo indio en nuestra historia”. Hice una pausa, sonreí y remaché la respuesta de esta forma: “Así, por ejemplo, al preguntar su dirección a un latifundista reaccionario, no tendría más remedio que responder: En la calle Mandinga 53, entre Solongo y Yelofe, tiene usted su casa…”

ME APASIONA EL BÉISBOL

—En su obra se encuentran muchas referencias al deporte. ¿Podemos considerarlo un fanático? Siendo su poesía eminentemente popular, ¿son expresión del interés que motiva en el cubano?

—Desde niño –como a todo cubano— me apasiona el béisbol, y más tarde, de joven, lo practiqué con los amigos de mi edad y de mi barrio.

Siempre quise ser pitcher, pero jamás logré estrucar a un solo bateador.

El boxeo no me gusta, y comprendo muy bien la repugnancia que inspiró a Martí. Sin embargo, no ignoro ni menosprecio el crédito que dieron a Cuba hombres como Kid Chocolate o Kid Charol.

Estimo que el deporte es un instrumento maravilloso de conocimiento y cercanía entre los pueblos, de tal manera que a veces más hace en este sentido un buen club de béisbol, una buena cuadra de boxeadores, un buen equipo de tenis, y hasta de ping-pong, que un ministro o un embajador.

Volviendo al béisbol, le diré que recuerdo siempre a peloteros y clubes que eran famosos hace sesenta años: el Almendares (yo siempre fui almendarista) el Habana, el Fe… y a hombres como Marsans, Almeida, a quien Víctor Muñoz puso “El Marqués”, Romañach, el Gran Méndez, Pedroso, los hermanos Calvo, Cueto, Palmero, Violá, el Pájaro Cabrera, Hungo Strike González, Joseíto y Merito Acosta, Jabuco y muchísimos más.

Esto era el béisbol y en general el deporte convertido en comercio o en industria, en que los jugadores se vendían o se compraban como caballos y se estaba pendiente de lo que ocurría en las llamadas Grandes Ligas Americanas, donde por otra parte no se admitieron durante tiempo jugadores negros ni siquiera tan importantes como El Diamante Negro, José de la Caridad Méndez, que ya mencioné, que alcanzó la gloria inútil de dejar en blanco al Filadelfia dirigido por Connie Mack.

El auge del béisbol, el hecho de que en este y en todos los demás deportes Cuba haya alcanzado marcas extraordinarias, se debe precisamente a que la Revolución cubana dinamitó la barrera del color, lo que dio ocasión a que grandes atletas antes discriminados, pusieran sus valiosas cualidades al servicio del deporte que practicaban y por ende de Cuba…

No sabe usted la gracia que me hizo, en los días iniciales de la Revolución, un niño negro practicando el golf en una de las viejas sociedades aristocráticas cubanas –no sé si en el Biltmore Yacht Club, el Miramar Yacht Club, el Vedado Tennis Club o cuál-.

El hecho fue que me acerqué al fiñe y le pregunté si le gustaba aquel deporte. El niño me miró, con el rostro iluminado de alegría,  y me respondió: “¿A mí? ¿Qué si me gusta? ¡Estoy hecho un Eisenhower!”

—¿Y la reacción, Nicolás? ¿No intentó comprarlo nunca?

—Sí, por lo menos una vez en forma directa, y, desde luego, siempre en lo que supone el desempleo crónico en que viví antes de la Revolución.

No deseo mencionar el nombre de la persona que intentó unirme a su carro político, pero sí diré que era una persona destacada del Partido Liberal, una de cuyas jefaturas provinciales ocupaba. Era hombre inteligente y cultivado, gran periodista y, a pesar de las divergencias de nuestras opiniones, muy amigo mío. Esa persona me invitó a almorzar una tarde a su casa, y a la hora del café me planteó la necesidad que él tenía, entregado como se hallaba en lo que consideraba una renovación de su partido, de encontrar a un hombre joven que tuviera alguna representación pública, aunque fuera literaria y con el gancho de que su padre había sido muerto durante La Chambelona, para presentarle como candidato a representante a la Cámara por la provincia de La Habana. Me ofreció todas las seguridades de triunfo, y sin duda tenía razón, pues su prestigio e influencia en el Partido Liberal eran enormes.

La verdad es que a mí me cogió de sorpresa esa proposición, pues creía el almuerzo completamente desinteresado, aunque no podía dejar de preguntarme cuál sería la causa del mismo, dada la importancia del anfitrión. Sin embargo, reaccioné enseguida. Le dije lo que era cierto: “Mira, en estos momentos no tengo más que el níquel de regreso para la guagua, y te advierto que conseguir los dos, es decir, también el de venida para acá, me costó bastante trabajo. No tengo empleo, como tú sabes, ni esperanza de hallarlo a causa de mi ubicación política. Sin embargo, no aceptaría ni por todo el oro del mundo lo que tú me propones, que va contra mis principios y contra el camino que he decidido andar el resto de mi vida”.

Debo decir, en honor a la verdad, que mi interlocutor no se enojó, antes bien me felicitó y me dijo que él comprendía mis razones; más aún, que si hubiera tenido menos edad y no viviera preso por una serie de compromisos, estaría a mi lado. Yo a mi vez no le guardé ningún rencor y nuestra amistad siguió inalterable. Tanto, que muchos años después, en ocasión de distintas publicaciones mías, me expresó públicamente su respeto.

—¿Qué hechos históricos –nacionales o internacionales— ocurridos durante su existencia, han tenido una mayor repercusión en usted?

—El hecho que más profundamente ha influido en mi vida ha sido nuestra Revolución. Perdóneme esta pequeña inmodestia, pero el hecho cierto es que la Revolución cubana está prefigurada en mi libro Cantos para soldados y sones para turistas desde hace treinta y cinco años.

1972