Para describir otro autorretrato

Para describir otro autorretrato

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: Escritores, sala Villena, La Gaceta de Cuba
  • Durante la presentación del volumen en la sala Villena de la UNEAC. Foto: Aymara Vigil
    Durante la presentación del volumen en la sala Villena de la UNEAC. Foto: Aymara Vigil

Hace unos años, al presentar un libro de Norberto Codina, Caligrafía rápida, escribí que aquello no era tal, sino un autorretrato. Luces de situación es otra muestra de cómo no solo la poesía sirve para conocer a un poeta, uno que trabaja como incansable editor de La Gaceta de Cuba desde hace unas cuantas décadas —lo de incansable no es una figura de lenguaje: quienes lo conocen saben que en Norberto el editor no duerme; en medio de una conversación casual encuentra siempre algo de interés para su revista, esa empresa cultural colectiva. Digo “conocer”, porque a menudo un buen modo de enterarse de quién es alguien es leer lo que escribe. Por eso afloran aquí temas que han sido casi obsesivos en la trayectoria de este intelectual participante: la cultura como práctica vital; los mejores aportes de sus coterráneos venezolanos; la pelota vivida hasta el júbilo y la angustia; la emergencia narrativa de temas y autores; la cultura de la diáspora cubana y el eterno debate sobre cómo ejercer la cubanía, ese que suele involucrarnos continuamente.

Luces de situación compila la labor crítica, las entrevistas, las notas sobre la pelota, los testimonios del trabajo editorial, comentarios sobre arte y es, en fin, un compendio del desempeño de la persona pública, opinante y activa visible en estos “bocetos, itinerarios y demandantes fidelidades”, como bien dice este palabrero del Vedado habanero.

La buena memoria. Entrevista con Félix Pita Rodríguez revive con entrañable alegría experiencias del entrevistado en París, Valencia, Caracas, La Habana o Viet Nam, su desempeño vanguardista y lecturas de juventud, juicios y anécdotas sobre grandes nombres de la historia y la literatura que son parte de nuestro patrimonio más íntimo y real; la revuelta inevitable ante la Guerra de España, ese “camino de Damasco” definitivo para tantos que lo hizo convertirse de “revolucionario emocional en consciente” y su declarada admiración, veneración casi, por Marco Polo, François Villon u otros “malditos” . De Pita también se incluye un breve prólogo al poemario de Codina Árbol de la vida, de 1984.

Homenajes a otros poetas descollantes aparecen luego. Al referirse a “la voz venezolana de Nicolás Guillén” Norberto rescata otra dimensión del poeta nacional y su diálogo con lo que llama aquí “sus referentes venezolanos”: Arturo Uslar Pietri, Miguel Otero Silva, Andrés Eloy Blanco, Vicente Gerbasi, Aquiles Nazoa; una relación nunca abandonada. Otro autor de una “obra trascendente que se resiste al olvido”, Emilio Ballagas, aparece como pariente por vía materna en los testimonios de su correspondencia familiar y a Navarro Luna o Pablo Armando Fernández. Acude al recuerdo afectuoso de Luis Marré, a poco tiempo de su muerte, y con él al de las fidelidades comunes a la poesía, el ajedrez, la pelota o La Gaceta…

En ocasión del cumpleaños 85 de Roberto Fernández Retamar su hija Laidi compiló un libro-homenaje donde apareció el breve “El aficionado al béisbol, el editor y el poeta”, especie de declaración conjunta —aunque una de las partes solo aparezca citada— sobre pasiones compartidas, entre las cuales la pelota, la edición de revistas y la poesía son las más visibles y confesables. A Ledo Ivo, el gran poeta brasileño, dedica una breve remembranza poco después de su fallecimiento; y lo mismo al venezolano Ramón Palomares, cuya poesía y civismo recorre en pocas páginas como tributo. La labor del poeta Waldo Leyva en trance de entrevistador le merece una reflexión inevitablemente ligada a La Gaceta…, pues allí aparecieron la mayoría de las conversaciones incluidas en Al otro lado del catalejo, el libro que comenta. Lee a otro amigo entrañable, Enrique Sacerio-Garí, cuya avidez humanista y afán de cercanía registra no únicamente en la poesía, sino también en la biografía y las charlas donde halla Norberto el origen de ese su ir y venir entre el mundo y Cuba, entre los desvaríos de la política imperial y otros “testimonios de sus agonías, recuerdos y esperanzas”, como cabe a un poeta de “tesonera cubanía”.

La segunda muerte de Pancho Villa está dedicado a Eraclio Zepeda, fortuito doble chiapaneco del Centauro del Norte y profesor en Cuba, siempre cercanamente solidario, cuya obra y vida le son hondamente entrañables a Norberto Codina, lo mismo que sus recuerdos de juventud sobre aquellos días compartidos en la casa habanera de Margaret Randall, donde, entre gente de todas partes, halló un sitio amable y combativo en que forjar lecturas y fidelidades aún sobrevivientes a la lejanía temporal y geográfica. Otro vecino suyo, Ambrosio Fornet, concita el homenaje a raíz de la recepción de un premio académico, pretexto para recordar su magisterio editorial y crítico y su complicidad irrenunciable con quienes hacen La Gaceta…, uno de cuyos hitos editoriales fue la publicación de los dossiers referentes a la literatura de la diáspora, señal de arrancada para otras excursiones a esa producción intelectual.

A dos títulos de Rafael Acosta de Arriba dedica sendos textos, si bien que breves, sumamente cercanos a los hallazgos y asertos del trabajo de ese autor, cuyo rigor investigativo y sensibilidad probada alaba. También el catálogo de la exposición colectiva Cartografías disidentes acaparará su atención y otra exposición, Cuba mía, del fotógrafo Rodrigo Moya, será pretexto para pensar una obra transida de solidaridad y arrojo, belleza plástica y preocupaciones políticas. “Elogio de Pedro Pablo (en papel amarillo)” atestigua su cercanía cordial a las opiniones de Pedro Pablo Rodríguez sobre las “crónicas de la guerra” de independencia, la trayectoria cívica del negro en Cuba, las relaciones entre periodismo, literatura y mercado en el siglo XIX, la labor historiográfica y, en fin, la decisión de asumir lo nacional como modo de refrendar no solo la pertenencia, sino la participación en el presente. Los prólogos correspondientes a Los ojos del lagarto, de José Eduardo Vázquez, y La callada molienda, de Maylan Álvarez, dan fe de su pasión por la poesía (no solo como creador y editor, sino también como promotor y crítico) y por la historia—incluso la casi subterránea de la frustración de la industria azucarera— en el imaginario nacional. En trance de reseñista, lee El viejo loco y Diálogo con mi sombra, títulos de Pedro Juan Gutiérrez que le merecen, además de reflexiones varias sobre deudas, estilos y escritura del yo, la declaración de un valor incuestionable, el de la recurrencia de “la rebeldía y la ternura” aun entre “personajes sumidos en la miseria material y moral”.

Unas “Notas sobre la diáspora cultural cubana” honran la vocación, de Codina y de su revista, por ampliar las fronteras de la isla. Aquí comenta los cambios en la política migratoria, la pervivencia de una identidad en trance permanente de renacimiento, las relaciones políticas entre Cuba y los Estados Unidos, los usos del término cubano-americano y la tarea de difusión de esos componentes dispersos de nuestra cultura en La Gaceta…, con estadísticas y todo. El libro cierra con un ambicioso recorrido sobre la presencia irrenunciable del ciclón en la cultura caribeña.

Sé que dije “el libro cierra”; cualquiera pensaría que esta presentación debe cerrar también. Pues no. Todavía. Debo hablarles de un componente fundamental en la vida y los afectos de Norberto, que, claro está, completa el autorretrato. Ya había mencionado la pelota como uno de los temas recurrentes de esta colección. A recordarnos esa pasión se dedican “El hombre que enseñaba el número”, remembranza de Manuel Alarcón y su peculiar modo de pichear; “Minnie Miñoso personal”, el relato de cómo una admirada leyenda pasó a la categoría de asere sin mucho trámite, gracias a la mediación de otro ídem, Félix Masud; “Eliseo y el deporte de las bolas y los strikes”, para descubrir insospechadas cercanías entre el poeta Diego y la pelota, además de dos puntuales y extendidas (“ambamente”, como le gustaría decir al autor) reflexiones sobre el beisbol en tanto eficaz allanador de escollos políticos en el ámbito diplomático y tan “patrimonio inmaterial” de Cuba como la rumba o la tumba francesa, profunda razón de identidad y reservorio histórico de antirracismo e independencia. La pasión, vale decirlo, no es solo sentimiento; Norberto se declara además un “intelectual beisbolero”, porque cita y reconoce múltiples títulos dedicados a la historia de ese deporte, comenta informaciones actuales, da opiniones con todo derecho, en virtud de su pasión, de apegarse al destino de la pelota en Cuba. Aunque no sé casi nada de pelota, disfruto leyéndolo y compartiendo, a través suyo, el entusiasmo imbatible de los fanáticos que, pese a todos los sinsabores cotidianos, siguen amando el deporte nacional contra viento y marea.

Este es el fin, ahora sí, de esta reseña apresurada de unas Luces de situación que recomiendo, no solo porque, como ya les dije, se trata de un acopio de las preferencias de su autor, una colecta de sus afectos de pensamiento y vitales, sino y sobre todo porque al entregarnos parte de la trayectoria de Norberto Codina nos ofrece, al mismo tiempo, por su alegría de vivir la vida sin complejos, por su avidez de saberes y ejemplar lealtad, un retrato colectivo, el de una generación ya madura que nos provoca el deseo de emularla.

Por: Zaida Capote Cruz