Paulina Álvarez: la Emperatriz del Danzonete

Música

Paulina Álvarez: la Emperatriz del Danzonete

  • Paulina Álvarez. Foto: Ecured
    Paulina Álvarez. Foto: Ecured

Paulina Álvarez (1912-1965) era una vocalista excepcional, que podía interpretar —con la excelencia artístico-profesional que la identificara en los medios de comunicación donde se presentó— todos y cada uno de los géneros auténticamente criollos.

Nació en la ciudad de Cienfuegos, la Perla del Sur. Desde niña, dio tempranas muestras de sus prodigiosas facultades vocales y musicales. Ya adolescente, entonces radicada con su familia en La Habana, daba a conocer en la radio una versión muy personal del popular tema “El manisero”, del maestro Moisés Simons.

Los primeros éxitos le llegarían con la Orquesta Elegante, del maestro Edelmiro Pérez, al interpretar como cantante solista el bolero “Lágrimas negras”, del ya conocido compositor cubano, Miguel Matamoros, así como la canción “Mujer divina”, del ilustre músico y compositor mexicano, Agustín Lara.

Corría el año 1929 y una nueva sonoridad rompía el éter tropical. En el Casino Español de Matanzas irrumpían los acordes del primer danzonete en la historia de la música cubana: “Rompiendo la rutina”. Gestado por el creador yumurino, José Manuel Aniceto Díaz, en su nacimiento combinó elementos del son y el danzón; y decidió seleccionar a la singular cantante para que interpretara la nueva modalidad en la urbe capitalina. 

Fue tan sonado el éxito que, desde entonces, el género y el tema interpretado por ella sirvieron de identidad para la joven vocalista. Era, además, destacado el mérito, ya que en una época en que prevalecían los cantantes masculinos en las grandes orquestas cubanas, una mujer como Paulina sentaba cátedra en el seno de agrupaciones como la de Castillito, Ernesto Muñoz, Cheo Belén Puig, Hermanos Martínez y la de Neno González.

Por aquella etapa, rumbas, boleros y guarachas contaban con la voz única e irrepetible de Paulina Álvarez. Sin embargo, fue el danzonete quien la consagró para la posteridad.

Sin embargo, la inquieta cienfueguera aspiraba a más, y la aspiración se concretó con la fundación de su propia orquesta, compuesta por excelentes músicos, quienes la seguían, y además, la respetaban por los sólidos conocimientos musicales, adquiridos en los estudios de teoría y solfeo, piano, guitarra y canto, que cursara en la Academia Municipal de La Habana, hoy Conservatorio Amadeo Roldán.

Su popularidad fue enorme. Grabó discos con las principales firmas mundiales. Llenaba los escenarios más importantes en el ámbito nacional. Su voz se radiaba diariamente. Hoy es posible disfrutarla gracias a la magia de las grabaciones.

Es indudable su magnífica afinación, el timbre hermoso y su amplia extensión. Los críticos y musicólogos hablan de que su «excelente cuadratura le permitían un gran dominio de la expresión y el fraseo». Por ello, no era nada raro que tuviera que demostrar sus cualidades, cuando cantaba al aire libre y sin micrófono, en muchas verbenas celebradas en tiempos pretéritos.

La bien fundamentada preparación musical y la gran versatilidad interpretativa que la caracterizaran, la hicieron capaz de incursionar en diversas modalidades y ritmos cubanos; por ello, transitó con éxito por las agrupaciones más importantes de buena parte de la anterior centuria. 

De selectiva se podría calificar a la artista sureña por el cuidado que ponía en la elección de su repertorio, el cual se componía también de algunos géneros extranjeros mucho más difíciles, como —por ejemplo— el tango argentino.

Todo ello le sirvió para la buena interpretación del danzonete, ya que se necesitaba un poco más que un nuevo sonido o cambios en la instrumentación de las otrora orquestas danzoneras, las cuales requerían músicos y vocalistas que sintieran en lo más hondo de su ser letra y melodía. Tal vez por esa razón, Paulina Álvarez se adaptó —de manera tan original— a la novedosa sonoridad.

La altivez y la elegancia que imponía a cada interpretación le granjearon la simpatía del público y el sobrenombre de Emperatriz del Danzonete. Aún se puede escuchar en algún archivo musical aquella voz que, no obstante los años transcurridos, conserva la singularidad y majestuosidad de una de las más versátiles voces cubanas.

Por ello, si se escucha la voz de una mujer, con el matiz inconfundible de los años 30 o 40 del pasado siglo, que canta algo como «allá en Matanzas se ha creado […], un nuevo baile de salón, con un compás muy bien marcado, y con una buena armonización […]» sin duda alguna se está en presencia de la Emperatriz del Danzonete.

Paulina Álvarez decidió —a mediados de los años 50— retirarse de los medios de manera temporal. No obstante, en 1956, volvía —con éxito de público y de crítica— a los escenarios nacionales, a las orquestas, a las actuaciones solistas, a la radio y la televisión cubanas, como si nunca hubiera estado ausente.

Volvía a interpretar temas famosos y nacían otros nuevos. Queda en la memoria de los años una lista representativa: “Rompiendo la rutina”, “La violetera”, “Mimosa”, “Campanitas de cristal”, “El verdulero”, “Obsesión”, “Aprietas más”, “Vagando”, “Échale solfeando”, “No vale la pena”, y “Ritmo pa'mí”.

Recuerdo con nitidez y cierta nostalgia su última presentación en público: acaeció en el espacio televisivo Música y Estrellas. En ese contexto audiovisual, cantó y bailó con otra gloria de la música cubana, el gran Barbarito Diez, y con la emblemática Orquesta Aragón, la reina de las charangas cubanas. Fue una actuación inolvidable.

¡Gloria eterna a la memoria de Paulina Álvarez, la Emperatriz del Danzonete en la mayor isla de las Antillas!