POR PADRONCITO UN HURRA…

POR PADRONCITO UN HURRA…

Conocí a Juan Padrón a través de su hermano, no Ernesto que también es mi amigo, sino de Jorge Oliver Medina, con el que compartió el amor por las historietas, el dibujo animado y sobre todo por los niños.

Entonces Oli dirigía la revista Zunzún y Padroncito era uno de sus historietistas estrellas. Ser testigo de una conversación entre ellos era estar preparado para salir corriendo al baño, antes de que el orine aflorara, porque el cruce de frases era igual que espadas batiéndose.

Claro, esto sucedía si el creador de Elpidio se sentía en confianza, porque sin poses, habitualmente se mostraba  tímido. Todo cambiaba si tenía dos o tres tragos de ron arriba;  había que prepararse para la actuación. Su amigo italiano Dario Mogno, mi amigo también, enrojecía  tanto y disfrutaba como un niño, con los personajes que montaba el inventor del vampisol.

No sé dónde fue la primera vez que vi a Padrón haciendo un cuento en el que imitaba a militares de diferentes latitudes  dando órdenes. Cuando llegaba al HURRRRAAAAAAA de los rusos, ya yo no podía seguir viéndolo, luego de reír a carcajada pura.

Es que Padroncito incorporaba cuentos populares de Pepito que él recreaba. En eso competía con Oliver, porque no se trataba solo de realizar el cuento sino de montarlo de la mejor manera.

Cuando se tenía el privilegio de advertirlo en ese trance se entendía el humor que atravesaba toda su obra, desde aquella viñeta  de “El hueco”, en la revista Mella, que luego siguió dibujando Silvio Rodríguez, el trovador.

Su Elpidio Valdés devino símbolo de cubanía no sólo por su bien pensado y acucioso diseño histórico, tanto en los trajes, grados, bohíos, fuertes españoles como en la forma de hablar de sus personajes. A esa innegable virtud une el uso del humor que zarandea a los españoles, perdón rectifico, porque una vez le pregunté si desde la madre patria le iban a costear unos dibujos y me dijo “Estoy en familia porque en España cuando se estrenó Elpidio la gente veía que a quienes yo zarandeaba más es a los camajanes del ejército, no a los soldados”.

Para los niños cubanos estar en presencia del creador de su dibujo animado era un acontecimiento. Víctor Fowler me contó, aun emocionado, que no hace tanto tiempo realizó un viaje a Santiago de Cuba con Padroncito. En el teatro Heredia escenificaron escenas relacionadas con el mambisito y en un momento, el conductor dijo que su creador estaba allí en el público. Me cuenta Víctor que fue un grito unánime como suelen hacer los niños y Padroncito enrojeció, quiso perderse en  el asiento mientras una humedad rodeaba sus ojos verdes. Unos cuantos lustros atrás me dijo “En cualquier lugar a mí me ofrecen una bola de pesos para que me quede, pero ¿dónde voy a encontrar miles de niños que han hecho suyo a Elpidio?”

Al inicio de su carrera paralelamente al mambí, Padrón trabajaba otros personajes: los Vampiros, los Verdugos, los Piojos y Cachibache. Pero Elpidio se le fue haciendo grande, no en el sentido de “viejo” que le dan los argentinos, sino grande como cómic; y en 1974 nace su primer animado, de casi siete minutos, Una aventura de Elpidio Valdés. A ese le siguieron varios cortos, hasta que en 1979 se hace el largometraje Elpidio Valdés, con 70 minutos. En 1983 se proyecta otro largo: Elpidio Valdés contra dólar y cañón; y dos años después concibe Vampiros en La Habana.

Cuanto le comenté, hace mucho tiempo, que el reconocido critico japonés Kosei Ono consideraba a Vampiros… todo un clásico, me dijo “Hay filmes que tú no puedes dejar de nombrar si quieres escribir sobre la historia del cine. Es el llamado cult-movies. Para los ingleses en dibujos animados, entre otras películas, están Blanca Nieves y los siete enanitos, Fantasía, YelIow, El submarino y Vampiros en La Habana. Quien ve ese dibujo animado dice "el que lo hizo sabe de cine", por el montaje que se da en la puesta en escena con todos los códigos internacionales. A propósito su animación es limitada y el argumento podría ser filmado en vivo, mucho más porque la banda sonora es realista. Y si a eso le añades el tema –los vampiros—puede ser entendido por un guatemalteco, un británico o un japonés”.

Es uno de de mis filmes preferidos. Y de muchos cinéfilos más.

Al preguntarle por sus reconocimientos para otra entrevista me dijo “la orden Félix Varela de primer grado, Medallas Alejo Carpentier y Por la Cultura Nacional, Premio El Diablo Cojuelo, ocho Premios Coral, etc”. El etcétera es tan largo como su obra lo merece, pero añado el Premio Nacional de Cine.

La gallega, su mujer, sus hijos Ian y Silvia, sus nietos, su hermano Ernesto, un gran número de amigos, compañeros, que lo conocieron sienten la pérdida de alguien que tocaron, con quien han comido y bebido, pero para millones de  personas, hombres y mujeres adultos hoy, sienten que han perdido a su padre, el progenitor de Elpidio y María Silvia, el inventor del vampisol. Yo tengo un privilegio, le vi actuar, entonces un ¡¡¡HURRAAAAAA!!!! digno de  Alexis Batalov, el protagonista de Moscú no cree en lágrimas. Con ese recuerdo, y una sonrisa cada vez que lo pienso,  me despido del matancero que hoy vive en Cuba y más allá.