Razones y oportunidades de los festivales cinematográficos

Razones y oportunidades de los festivales cinematográficos

  • Cartel promocional del festival del Nuevo Cine Latinoamericano
    Cartel promocional del festival del Nuevo Cine Latinoamericano

Los festivales son un escaparate del cine y contribuyen a la difusión de las películas. Crean públicos y conservan el patrimonio cinematográfico. Es decir, promocionan la cultura cinematográfica.

                          Mariana Cerrilla Noriega

 

Contextos de exhibiciones de audiovisuales y de interacción social; espacios para soñar con futuros proyectos de apoyo y coproducciones, los festivales de cine no solo en América Latina, sino en todo el orbe, han venido a ayudar con un intercambio cultural en consideración al reconocimiento de la diversidad artística que compite y aúna realizadores y público; también porque son, desde hace tiempo, plataformas donde se debaten maneras de hacer cine y cómo éste puede insertarse en los circuitos de distribución de otros eventos importantes del mundo.

Beneficiar la complejidad e intensidad por las ficciones narrativas y por los testimonios audiovisuales; saber que la dinámica social, los intercambios antropológicos son valederos desde otras zonas geográficas, son intenciones no siempre bien declaradas —no hace falta— de los festivales que acogen, de los premios que legitiman. Invenciones expresivas de  cuanto se fabula en un relato fruto de la imaginación de un guionista/director o registros de realidades a partir de documentales —género afortunado en los festivales de cine, ya que tal vez no encuentren luego otras oportunas plataformas de exhibición— son oportunidades acaso irrepetibles que algunas obras encuentran en estos certámenes. No en balde, tiene a bien reconocer el escritor y crítico mexicano Ricardo Pohlenz:

No quiero decir que la razón de los festivales de cine sea un “porque sí”. Tan grandes y pequeños como sean, tienen cierta injerencia política y cumplen una función social. El cine ha sido siempre un vehículo propicio para la desproporción: basta recordar el tamaño que pueden tener las cabezas de las estrellas —luminosas y en close-up— sobre las nuestras —mínimas y a oscuras— para justificar todo exceso dado y posible.[1]

Latinoamérica existe también por sus imágenes en movimiento. Pero, ¿basta con que nuestros festivales avalen con galardones obras que luego pueden ser pasadas por alto en el elitista camino de exhibición y promoción de Europa e incluso del mercado estadounidense? Latinoamérica selecciona con propiedad lo que con frecuencia no nomina luego el Premio Oscar y sí considera el Sundance Film Festival por ejemplo. Recordemos la película Violeta se fue a los cielos (Andrés Wood, 2011), coproducida por Chile, Argentina y Francia, la cual obtendría posteriormente reconocimientos en festivales de números países.

¿Cuál es el criterio o la razón de peso para rechazar por ejemplo una película que puede entrar en competencia con otras grandes producciones o al menos puede aspirar a ser promocionada en un festival? La distribución puede ser directa o a través de acuerdos con distribuidoras independientes, casos del Festival Internacional de Cine de Róterdam, el de Locarno y el de Berlín.

Con sus reconocimientos, los festivales más prestigiosos, ruidosos e históricos han venido, por tradición, a establecer un camino que muy pocas veces varía cuando de llegar a certámenes más “consagrados” se trata, como el criticado pero ambicionado Premio Oscar. Todo se ha vuelto una cadena casi dominante que llega antecedida por lo que se selecciona, lo que compite y por tanto se exhibe y puede ser distribuido. Muchos realizadores están en desventaja con respecto a los circuitos de exhibición, que de paso critican, aunque saben —y lo reconocen— que ser legitimados hoy y, desde hace mucho tiempo, supone ser considerados por esos mismos circuitos fílmicos de renombre. Sin embargo, los autores no se quedan con las manos cruzadas. Cuando el estado español —por recordar un caso importante— no pudo, por la crisis económica, ayudar a las producciones cinematográficas, los directores optaron por buscar fuentes alternativas de financiación en productoras independientes o crowdfounding. El cine de España no ha parado de exhibir cantidad y calidad de propuestas fílmicas, de participar en festivales de todo el orbe y de realizar los suyos. No se olvide que la nación ibérica posee dieciocho principales festivales, si bien la cifra por temática asombra: trecientos certámenes de y para el séptimo arte.

Por su parte, las alternativas de promoción y distribución en Latinoamérica han sido ingeniosas: desde la venta de una obra en cierne a una productora pudiente hasta la colocación de la misma en un sitio de internet conocidos como torrent, donde las entradas para ver el material en determinado espacio se vende de forma online, en el que existe la posibilidad de comprar el producto en formato DVDs. 

Antes los cineastas entregaban los derechos de sus películas a los distribuidores, quienes se encargaban de la difusión a través de afiches y publicidad en diferentes medios y organizaban un gran estreno que daba al cineasta la sensación de ya haber triunfado antes de que se comprara la primera entrada. Ahora los potenciales espectadores son antes amigos de Facebook o seguidores de Twitter, los realizadores mantienen el control sobre el destino de sus creaciones de principio a fin y el estreno en salas no es indispensable. Se generan nuevos lugares de exhibición y las estrategias para atraer público son muchas veces más creativas que la película en sí.[2]

 A propósito de lo online, existen posibilidades de distribución aún desconocidas por receptores y realizadores noveles, donde las obras cinematográficas pueden ser mostradas y hasta premiadas.

Se trata de una idea reciente detrás de la cual se encuentra un planteamiento bastante radical, por varias razones: en principio, son más inclusivos que un festival de cine real (de hecho está finalizando uno donde pueden participar internos de prisiones de todo el mundo); también porque replantean los mecanismos de exhibición/distribución y, sobre todo, porque revisan aspectos relacionados con la autoría y los derechos sobre la obra. De allí que los espectadores de todo el mundo puedan mirar películas que, de otra forma, nunca verían. Los cambios que vaticinan resultan tan interesantes que festivales tradicionales como el Tribeca Film Festival de Nueva York, o españoles como el de Málaga y el de Cine de Autor de Barcelona, también transmiten parte de su programación vía online mientras dura el evento.[3]

Quienes seleccionan las obras que se exhibirán en competencia a veces limitan mucho lo que el público pudiera ver; sin embargo lo determina a estimar cuando no a pasarla bien con un producto sugerido o impuesto. Pero el público tiende a olvidar sus derechos como consumidor y evita “inconscientemente” la libertad de su gusto. Sin embargo, festivales como el de Cannes, Toronto, el de Venecia o el de Berlín, por mencionar algunos de los más importantes, no menosprecian lo que considera el público y cierto sector de la crítica.

Los premios de audiencia son muy apreciados por cuanto representan si de recaudación y promoción se trata: los espectadores se concentran en qué ver y recomiendan. Así pueden reportar ganancias y, claro, estímulos para los hacedores de cine, los cuales están al tanto de que sus obras tienen que repensarse según los nuevos contextos de consumo. Es sabido por ejemplo que el Festival Internacional de Cine de Panamá (IFF Panamá) le ha reportado al país más de 11 millones de dólares en los últimos 4 años, cifra para nada despreciable.

Con la llegada de las tecnologías digitales, el panorama de recepción ha tenido que cambiar: las pantallas han variado de acuerdo a los nuevos privilegios de los espectadores. Ahora bien, el reto aún es el mismo, pues cuanto importa es realizar buen cine y lograr proyectarlo para la mayor cantidad de personas posibles.

Hay quienes piensan —con más de una razón— que el interés de los grandes festivales cinematográficos del mundo como el de Cannes, por ejemplo, se concentran en ser solo punto de partida para esas producciones que aspiran a figurar en la temporada de premios cinematográficos relevantes. No obstante, los festivales son sitios idóneos para producir películas a través del otorgamiento de becas o gracias a los fondos conseguidos para autores, realizaciones independientes y películas en preparación. El Festival de Sundance por su parte pretende, entre otras aspiraciones, que los estudios, los grandes estudios, se interesen en propuestas audiovisuales que tal vez pudieran convertirse en grandes éxitos de público porque estos eventos no se mantienen por cuenta de la prensa y acreditados. «A veces pareciera que los festivales están hechos solo para los críticos y los invitados pero a pesar de ello, el público sigue acudiendo a reclamar su parte, no importando las dificultades, con tal de ver cine», ha dicho con razón el crítico cultural Alejandro Alemán.

Muchos suponen que el propósito inalterable de los realizadores latinoamericanos congregados en un festival cinematográfico es encontrar distribuidores y compradores para que se interesen en ofertar un posible mercado en favor de producciones locales de artistas emergentes o tal vez, desde antes, financien proyectos (work in progress) premiados, los  cuales se han dado a conocer quizás mediante un tráiler efectivo. La suposición no es desacertada, ya que es un derecho buscar financiamiento para lo obtenido y para lo venidero.

¿Cómo sobrevive un festival? Antes de pronosticar resultados de audiencias, el mayor reto desde la fase preparatoria o de continuidad de un evento cultural de enorme presupuesto, seguirá siendo el compromiso de los patrocinadores del propio país en que se realice el festival y las ayudas foráneas, que nunca vienen mal. ¿Utilidades sin patrocinadores? Un fracaso económico que ninguna disposición cultural remediará.

Entre los festivales más importantes de Latinoamérica valga resaltar el Festival de Cine de Guadalajara y el de Morelia, de México, el Festival Internacional de cine de Cartagena (FICCI), de Colombia; Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente (BAFICI) y el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, ambos de Argentina; el Santiago Festival Internacional de Cine (SANFIC), de Chile; el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana, de Cuba; el Festival Internacional de Cine de Río de Janeiro, de Brasil; el Festival de cine de Bogotá de Colombia; el Festival de Cine de Lima PUCP, de Perú. Ellos y otros han contribuido al cambio en las maneras de consumir la cultura popular de los países latinoamericanos. Asimismo, han propiciado que se nos mire diferente, más allá de las fronteras, pues todos los festivales son importantes además para proyectar identidades y valores culturales enriquecedores, amén de favorecer investigaciones y acercar a los espectadores a plurales cinematografías. Lo reconoció muy bien Juan Villegas, cuando en Elogio de los festivales lo dejó en claro: «los festivales no son lugares de resistencia nacidos solo desde la utopía de un cine distinto pero imposible de ver, sino la posibilidad real de que una parte del cine del mundo siga existiendo y encuentre un público afín y entusiasta».[4]

Notas:

[1] Paloma Cabrera: Del glamour al elitismo. Los festivales y los críticos, en Cine Toma. Revista Mexicana de Cine,  Año 5, No 25, noviembre-diciembre 2012, p.50.

[2] Micaela Domínguez: Alternativas: Con la película a otra parte. Tercer Film, Departamento de Publicaciones de Cine Universitario del Uruguay, 2015, No 3, p. 60.

[3] Recomiendo de Eugenia Guevara: Sin estrellas ni alfombras rojas. la creciente opción der los festivales de cine online, en Cine Toma. Revista Mexicana de Cine,  Año 5, No 25, noviembre-diciembre 2012, pp.28-30.

[4] Consultar El Amante, Año 12, No 139, noviembre de 2003, Ediciones Tatanka SA., p.30.