Rosita Fornés: La vedette de Cuba

Rosita Fornés: La vedette de Cuba

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Músicos, cultura cubana
  • Rosita Fornés es considerada una leyenda viva dentro del arte y la cultura cubana.
    Rosita Fornés es considerada una leyenda viva dentro del arte y la cultura cubana.

Rosita Fornés es el mito de la belleza de la mujer cubana, una de sus mejores representaciones, es la máxima figura del vedettismo, del espectáculo cubano. Responde a lo que en EE.UU. es Marilyn Monroe, en Brasil Carmen Miranda, en México María Félix.

La vida de la Fornés ha estado tejida de leyendas, sin embargo –diferente a otras divas como la Lupe o Celeste Mendoza–, es una mujer bastante natural, ordenada, meticulosa y tímida. Una educación a toda prueba, respetuosa al máximo. Así y todo, siempre aparece en forma de leyenda en las conversaciones de la gente, en el momento en que se habla de la farándula, porque ella es parte de nuestra mitología tropical.

Rosa hereda cierta vocación artística de sus abuelos, uno de ellos era un buen diletante musical. Su sangre tiene genes de Cataluña, Italia y Alemania. Nace casualmente en Nueva York, pero, el frío y la incomunicación obligan a la madre a regresar a la patria. El padre de apellido Palet nunca regresó a La Habana y Rosita adopta el apellido Fornés de su padrastro.

Arriba a la gran Habana en 1926, estaba de moda el son y los septetos; residen en la calle Cárdenas, en la zona vieja de la ciudad, y ruedan de casa en casa. Un buen Día de Reyes le regalan un piano de juguete, ella jugaba a ser actriz y cantante, interpretando pasajes de óperas. Su madre rápidamente se convence de que el canto sería su camino en la vida.

La jovencita Fornés atraviesa etapas sociales turbulentas, en 1933 cae el dictador Machado, bancarrota en el país. La familia marcha hacia España enredada con la guerra civil. En el azaroso viaje en barco acontece el debut de la niña en una fiesta privada donde canta el tango Silencio en la noche, de Gardel-Lepera y Pracánico.

Ya de vuelta a La Habana, en 1938, con solo 15 años se prueba fortuna en La Corte Suprema del Arte de CMQ, en Monte y Prado. Canta la milonga, La hija de Juan Simón, que después popularizó Abelardo Barroso con la orquesta Sensación.

“Yo tenía mucha seguridad –me contó una vez en su residencia de Nuevo Vedado –ahora vive en Siboney, el antiguo Country Club–, y terminé llevándome el primer premio, el día 12 de septiembre de 1938, nace Rosita Fornés. Eso me propicia giras por el país junto al animador Germán Pinelli, amigo y guía. Las oportunidades me fueron llevando a la preparación para el desarrollo artístico. Decido tomar clases de música, baile y actuación”.

En los estudios de CMQ Rosita conoce a Gonzalo Roig, músico de gran poderío que se entusiasma con la nueva artista. “A usted le auguro un futuro de gloria en el medio artístico”, dijo el director de orquesta a la nueva estrella”.

Palabras que me calaron muy hondo por venir de una autoridad indiscutible. Con Roig trabajé mucho en tablaos de la obra Cecilia Valdés.

Rosita participa en más de diez películas, la lista es amplia. En el campo de la zarzuela y la opereta su ascenso definitivo llega en 1941, alterna en múltiples eventos, en momentos en que las carteleras estaban llenas de figuras de primera línea: Rita Montaner, Esther Borja, Marta Pérez, Maruja González y otras. Rosa quiere ir más allá del mundo lírico, aprende a sacar los graves, dominar los tonos centrales, para cantar canciones tradicionales, boleros, melodías foráneas y en varios idiomas.

En 1941 conoce a Ernesto Lecuona, monstruo de la música, “mucho gusto en conocerla... Ernesto Lecuona, para servirle”. “Lecuona era muy dulce y educado –certifica la Fornés– un maestro completo y pianista excepcional”.

El título de Primera Vedette de América lo alcanza en 1947, condición que ostenta durante siete años consecutivos y de manera vitalicia. La consagración definitiva es en 1953 al ser elegida Mrs. Televisión, la TV, siempre fue su fuerte. La recordamos triunfante en programas como La comedia del domingo, Cabaret Regalías, Jueves de Partagás, Mi esposo favorito, concebido por Joaquín M. Condall en versión de I love Lucy protagonizada por el cubano Desi Arnaz y la estadounidense Lucille Ball).

En 1955 se organiza el “palo publicitario” del siglo, al aparecer en el platillo volador en el área de lo que hoy es la Ciudad Deportiva.

Rosa era el foco de todas las miradas de su tiempo. Departió  con estrellas fulgurantes de su tiempo: Cantinflas –su enamorado– Tito Guizar, Jorge Negrete, Dolores del Río, Carmen Miranda, Libertad Lamarque, Lola Flores, Paquita Rico, Carmen Sevilla, María Félix, Miguel A. Mejías, Pedro Armendáriz, Luis Arcaráz, Josephine Baker, Buster Kenton y algunos otros que llegaron a alternar con ella en el cabaret Tropicana, donde participó en las producciones de 1952, en Las viudas alegres y Las Gemas.

En 1988 Rosa le revela con mucha sinceridad al periodista y productor de Televisa, Federico Wilkins –en aquel entonces periodista de la revista Opina– “Hice cosas malas, regulares y buenas; quizás el polifacetismo me haya perjudicado en ciertos momentos”.

En 1995 le ratifica a la periodista Magda Resik: “He trabajado tanto, me prodigué tanto que por supuesto, hice cosas regulares, malas y malísimas, pero también muy buenas. Los artistas somos seres humanos, tenemos días malos, sin embargo a unos nos va mejor que a otros. El secreto está en encantar al público”.

Lógicamente, el vedettismo no puede evadir la frivolidad y la vida está llena de frivolidades; “el espectáculo exige sencilleces, a veces imperceptibles, pero no menos complejas. Todo lo que parece natural, como salido de la respiración conlleva oficio; así le dijo Jerry Lewis a Robert de Niro, en la película El rey de la comedia”.

La Fornés tiene el don de dominar la escena con su sola presencia; ese arte de acaparar la pista, de absorberla, solamente lo logran las grandes estrellas, las que tienen luz propia. Ella no pasa inadvertida, suena y truena, es una artista de “buena época”, como definían los griegos de la antigüedad.

 

Fuentes:

Rosita Fornés, de Evelio R. Mora, Letras Cubanas, La Habana, 2001.

Rafael Lam: Tropicana, un paraíso bajo las estrellas, Ed. José Martí, La Habana, 1997, p.74.

Rafael Lam: Polvo de Estrellas, Adagio, 2008

Federico Wilkins: A 50 años de su debut, sin conflicto generacional”, Nosotros, no. 3 de 1988, p. 16 y 17.

Magda Resik: “Le conocen en todas partes”,Periódico Juventud Rebelde, 13 de agosto 1995, p. 6.