Una crítica saludable a un cuento saludable

Una crítica saludable a un cuento saludable

Etiquetas: 
títeres, Ciego de Ávila
  • "Un cuento saludable", obra del grupo de teatro Polichinela
    "Un cuento saludable", obra del grupo de teatro Polichinela

Al estreno de Un cuento saludable, del guiñol Polichinela de Ciego de Ávila, me fui, el pasado 29 de julio, con mis dos niños de la mano. Yosvany Abril, el director de tan premiado grupo, me había invitado ya en par de ocasiones. Era, más que un compromiso, un deber asistir. Y redactar esta crítica, después.

Confieso que la puesta en escena me dejó «algo» no tan sabroso en el paladar, quizás, porque mis expectativas eran altas y porque, de alguna manera, siento que a la obra, como montaje, se le puede sacar más partido. Ingenio y talento hay, para mucho, en esa agrupación.

Me sigue asistiendo el deseo de desarrollar y fomentar un ambiente cultural desde la crítica a las obras de artes producidas o presentadas en esta ciudad de los portales. Y trato, al menos, de que cada persona que me lea saque sus propias conclusiones, en concordancia o no, con las mías. Prefiero la polisemia, claro, la polémica sobre el contenido de mis críticas. Aplaudo a aquel que sabe sacar algún valor de ellas.

Pretendía pasar un rato divertido. Aunque con dos niños, uno nunca sabe a qué atenerse. Y ellos, de alguna forma, me ayudaron a ir midiendo la temperatura del espectáculo. Desde que la obra arrancó, los vi alegres, a la expectativa. Así también estaba yo. Y recordé mis años de pararme frente al público, haciendo piruetas, canciones, con muñecos parlantes en las manos y trasmitiendo ideas, sueños, mensajes...

Recordé al propio Yosvany Abril (Ciego de Ávila, 1975) actuando en aquel Guiñol de comienzos de los años noventa, haciendo personajes en obras que apenas recuerdo. Quizás, hasta lo vi en aquellas versiones que se hicieron de esta misma obra durante ese tiempo, pero con nombres distintos.

En esta ocasión, Yosvany se toma la libertad de hacer algunos «ajustes» a la obra, en aras de modernizarla y convertirla en una pieza más parecida a su tiempo. Se concentra más en el divertimento, en los movimientos escénicos de sus actores, que en la reactualización de algunos elementos imprescindibles, como la música -compuesta por el maestro Oscar Solís-.

Música, esta, que surge poderosa desde la propia dramatización de escenas y caracterización de personajes, dando un  ambiente saludable, adecuado, y muy a tono con  la nueva puesta.

Pero, ojo, estamos ante la presencia de un teatro musical. Los actores cantan en escena. Y no estamos en Europa, con sus grandes y actualizados teatros. Se hace necesario que sus voces reluzcan por encima del background, no que este, se trague letra, melodía e intención, obligando a los actores a forzar la voz, hasta llegar a desafinar en algunos compases.

Para solucionar esto, diría yo, se podría bajar un tanto el volumen del background, o hacer playback que podrían ser doblados en vivo. Claro, soluciones hay muchas. Se notaba, desde la segunda canción hasta el final de la obra, el esfuerzo de los actores por cantar más alto que unos cuantos watts de potencia, y por cantar bien, con matices, resonadores, etc.

Y en este sentido musical, me pareció apropiado el ejercicio crítico que el propio Yosvany parece asumir al espectacular programa de la RT comercial Sonando en Cuba. En esencia, el teatro es un reflejo de la realidad, y no se podría hablar de realidad cubana sin mencionar su televisión o su radio. Por eso aplaudo que alguna de las inclusiones osadas de este joven director, estén dirigidas a criticar, u homenajear, el cine cubano y universal.

También presencié, con satisfacción, alusiones a Walt Disney y a los clásicos más clásicos de la música cubana, como Bola de Nieve y las D’Aida. Reverencias lúdicas que trasmiten un mensaje eficaz no solo a los niños, sino también a los padres: esos gigantes responsables de la cultura que beben los niños.

De esta forma, entonces, se coloca en un lugar importante -donde debe estar por siempre-, al arte cubano y al universal. Se transmiten mensajes consumistas, sí, pero de consumo del arte, que es el más sano de los consumos. Como mismo consuela, abre espacios para la comprensión del mundo y permite la entrada a un universo de posibilidades.

Sigue siendo, el guiñol Polichinela, una verdadera escuela para la sociedad avileña. Y ahora, bajo la mirada y las directrices de Yosvany Abril, se duplican las potencialidades de esta manifestación de las artes escénicas. Este aún joven director, miembro de la UNEAC desde el 2010, sigue a cabalidad los presupuestos de vanguardia de esta organización y asume, con total valentía su rol de crítico social.

Esa crítica adecuada, feliz, a algunos problemas de nuestra sociedad es un suceso agradecido. Así el cepillo, en una discusión con el tubo de pasta, le reclama que dura solo tres días, cuando ella le encara que a él hay que cambiarlo cada tres meses. Así, numerosos detalles de la vida cotidiana avileña, son «evaluados» por el ojo certero de un Yosvany Abril que no pierde los bríos y piensa, muy bien, lo que dice.

En cuanto a uno de los elementos más importantes del teatro, la actuación, me atrevo a pensar que es el talón de Aquiles de esta puesta. Pero no porque no haya buenas actuaciones, sino porque se mantienen todas a un mismo nivel y no existe ni la actriz sobresaliente, ni el actor que rompe grupo o marca pautas para la manipulación de los muñecos o la propia actuación.

Si bien es cierto que hay nuevos talentos, que tienen muchas posibilidades y son excelentes para moldearlos, especializarlos, darles todas o casi todas las herramientas para el buen ejercicio de este arte, también se hace necesario que los más experimentados sobresalgan. Eso crea un equilibrio solo comparable con el ying y el yang.

Vale la pena mencionar a Laritza López, quien asume un protagónico como la propia Salud, entre otros personajes, y que podría ser insuperable si la voz, ya maltratada, no le fallara en algunos bocadillos, o su proyección no se viese por momentos, anulada, y tuviera que gritar para llegar al último de los espectadores.

Asume su personaje con valentía y atino, no sobresale, pero tampoco se queda por debajo. Su cuerpo se expresa a la altura de cada movimiento previsto y ensayado. En las coreografías y juegos escénicos se le ve magistral y con aires de grandeza. Por momentos, solo en lapsus línguae, parece olvidársele alguna palabra y pareciera trastabillar. Pero sale airosa, como la gran artista que es.

Los ya conocidos Rafael González y Liubin Lima, que reúnen años de experiencia, por ser  fundadores de aquel proyecto insigne La Nada, y luego, de los aires renovadores del Polichinela, manipulan bien y enchufan a sus personajes de una vida que más parece magia que algo artificial.

La manipulación de muñecos es un don que primero es arte, cuando se aprende sus técnicas, pero luego se queda el don, cuando vemos a esos personajes de papel maché y  telas, vivir sus propias vidas.

Eso precisamente consiguen estos dos experimentados actores que, a mi juicio, adentrados profundamente en la dinámica del grupo, todavía no sobresalen o no han terminado de sacarle toda la magia a sus personajes y al propio ingenio de ambos.

Supongo que, con muchas más puestas, y ensayo tras ensayo, las actuaciones empiecen a tomar un nivel de perfección que dispare al estrellato, y  surjan competencias entre los mismos actores. No hay que olvidar que este montaje tiene, al menos, tres elencos. En esta oportunidad, solo presencié uno. De ver los otros dos, otro texto escribiría.

De la escenografía, muy poco que decir. Inteligente la utilización de la estética minimalista donde un solo objeto asume diferente funciones. Una especie de escudo de tela negra que tiene las veces de paraban, como de retablo, pared, tribuna. Los actores, vestidos de negro, ayudan a que los muñecos parlantes destaquen entre tanta sobriedad. Aplaudo este tipo de solución escénica. Pero me queda la duda, ¿para los niños, está bien tanto minimalismo?

El diseño general de los muñecos, a cargo del ya experimentado Rafael González, es bastante feliz y llega a comunicarse con los infantes. Pero, ojo, tal vez en el afán de hacer muñecos, olvidamos que a través de ellos transmitimos mensajes, así como identidad. Y si no conseguimos la esencia de los objetos en esas caricaturas, pues no estamos propiciando la completa identificación del niño con el personaje.

Digo esto, porque algunos niños no sabían qué objeto casero era, por ejemplo, lo que después el propio actor identificó como una cajita de toallitas húmedas, entre otros. Claro, estos detalles no echan por tierra la labor de Rafael, solo le sugeriría un poco más de estudio a la hora de elaborar los diseños para conseguir una mejor comunicación con el público.

En general, la obra es dinámica, ágil. Entretiene y enseña. Promete grandes cosas que se irán cumpliendo, a mi juicio, con la madurez y el tiempo. Trabajar con más ahínco y creatividad en la introducción, para que no sea más de lo mismo; superar los escollos de la música en vivo; perfeccionar las actuaciones, son algunos de los detalles que, a mi juicio, se podrían perfeccionar.

Mis niños se divirtieron en extremo. Vi sus caritas emocionadas y, para mí, el tiempo se fue volando. Solo lamento que el teatro Abdala, en su renovación estructural, haya perdido la visualidad desde el lunetario. Un niño de siete años, de altura promedio, tendría que ponerse de pie a cada rato para poder ver con la claridad necesaria. Tuve que colocar a mis dos angelitos en cada pierna, para que pudieran presenciar cada detalle de la puesta. A mi alrededor, por momentos, más que risas y exclamaciones, se escuchaban las quejas de padres e hijos porque apenas alcanzaban a ver. Sé que la solución puede estar lejos de la realidad, pero lo cierto es que hay que buscarla y encontrarla.

Aplaudo, con ahínco, el trabajo que está haciendo el guiñol Polichinela en la ciudad de los portales. Agradezco el tesón de Yosvany Abril, que ha sabido hacer escuela y transmitir valores a la comunidad desde la creación artística. Le agradecería también, en lo personal, que extendiera aún más la disciplina en su grupo, para que los malos hábitos no destruyan lo que por naturaleza, hace de un ser humano, un excelente actor.

Este no será un cuento saludable, el mío, pero al menos sí es un consejo que intenta colaborar en la construcción de una mejor vida. El destino del guiñol Polichinela, aún, está en buenas manos.